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Amor & Polvos

Relato erótico: a través de una pared

Me desperté algo confusa y miré el reloj de la mesita de noche. Las 03:00. ¿Por qué me había despertado a estas horas? Me giré dispuesta a seguir durmiendo cuando comenzaron a sonar unos golpes desde la habitación de al lado. Que el hotel no era de lo mejorcito ya lo sabíamos, pero que íbamos a tener que escuchar todo lo que hacían los vecinos era demasiado. ¿Pero qué hacían dando golpes a estas horas de la mañana?

Y no paraban. Me preparé para darle yo unos golpes en la pared con la mala uva que me estaba entrando, cuando comenzaron los gemidos. Ahora ya sabía qué estaban haciendo a estas horas.

Decidí esperar a que terminasen. Al fin y al cabo ya llevaban un rato dándole al tema, así que no les debía de quedar mucho. Pero los gemidos seguían, interrumpidos rítmicamente por los golpes del cabezal de su cama contra nuestra pared.

Me estaba impacientando y escuchar a los de la habitación de al lado había despertado mi libido. Pensé que si me tocaba, me calmaría y así luego me dormiría más rápido. Cerré los ojos y me concentré en los gemidos. Cuando bajé la mano hasta mis zonas íntimas ya podía notar mi humedad. No sabía que me estaba excitando tanto oír a otros devorándose. Aun con los ojos cerrados empecé a acariciarme, suave. No quería moverme mucho para no despertar a mi novio, que dormía impasible a mi lado. Pero no dejaba de pensar lo estupendo que sería si se despertase y me ayudase con lo mío.

Pensando en sus labios sobre mi cuello y en lo deliciosas que se sentían sus manos sobre mi culo cuando le montaba, aceleré el ritmo de mis dedos. Me sentía cerca del clímax, pero por mucho que me tocaba ahí abajo, no conseguía llegar. Necesitaba un poquito de ayuda.

Con mucho cuidado, intentando no despertarle, metí mi mano por sus pantalones y noté el bulto de su miembro, que ya había despertado. Notarle ya erecto, sin necesidad de más que sus sueños, me excitó más, y sabía que iba por el buen camino para poder terminar lo que había empezado.

Sin embargo, mis caricias habían sido quizá demasiado bruscas y él despertó. Aun grogui, llevó su mano hasta la mía, un poco confuso por lo que estaba pasando. Cuando me alcanzó, sus ojos se abrieron de golpe, y una sonrisa picarona se insinuó en sus labios. Se inclinó hacia mi mientras apretaba mi mano más contra su pene. Yo le seguí el rollo y le besé, largo y profundo. De un tirón me colocó encima de él y me agarró fuerte del trasero mientras seguíamos besándonos. Estaba claro que nos lo íbamos a pasar tan bien como los de la habitación de al lado.

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Los pijamas desaparecieron bien rápido, y nos quedamos frotándonos con la ropa interior. Mis braguitas eran tan suaves que era como pasarse un pañuelo de seda entre las piernas. Sus calzones no debían de ser tan cómodos porque rápidamente acabaron en el montón de los pijamas al pie de la cama. Me apartó las bragas a un lado y comenzó a tocarme los labios que no se resistieron a abrirse lo más mínimo. Subió hasta mi clítoris mientras yo seguía frotándome, cada vez más agitada, contra su miembro que había quedado empapado. Para mejor agarre me sostenía en sus pectorales, perfectamente definidos y que me volvían loca cada vez que le veía sin camiseta.

No aguantaba más así que le agarré y le metí dentro de mi. Entró sin problema y se lo esperaba tan poco que no pudo reprimir un gemido bastante alto. De repente, se dejaron de oír ruidos en la habitación de al lado. Ya no había cabezal dando golpes contra la pared, ni gemidos agudos que nos indicasen cuán cerca del clímax se encontraba nuestra vecina. Nosotros nos miramos y reímos, seguros de que se habían sorprendido de que se pudiese oír todo tan bien. Quizá les daba más corte del que nos daba a nosotros que alguien siguiese nuestras aventuras sexuales a través de una pared.

Tras este pequeño lapsus, comencé a moverme, arriba y abajo, despacito, para disfrutar del momento lo máximo posible. Mi novio se mordía los labios, intentando no gemir para no cortarles más el rollo a los de la habitación de al lado. Pero yo no tengo tantos miramientos por lo general, así que cuando cambié de movimiento – de delante hacia atrás, con su pene bien pegado mi pared delantera y me empecé a ver en la necesidad de gemir por el roce de mi clítoris contra su abdomen, lo hice. Entonces ya no pudo más, y empezó a gemir él también. Cuál no fue nuestra sorpresa al escuchar de nuevo el golpeteo de los vecinos, y sus gemidos, más altos que antes.

Y entonces se desató la locura. Los golpes de las camas se sincronizaron y se volvieron más duros según íbamos incrementando el ritmo, ambas parejas a la vez. Parecía que nos hablábamos con nuestros gemidos; cuando ellos gemían nosotros respondíamos y vice versa. No iba a poder aguantar mucho más, y por los gemidos de la otra mujer, sabía que ella tampoco. Al cabo de unos cuantos golpes más, escuché su último gemido, más agudo que el resto, y esto me desbocó de tal forma, que acabé llegando yo también. En consecuencia se desencadenó la serie de corridas: primero mi novio y luego el otro muchacho.

Me tumbé encima de mi novio. Nos miramos y nos empezamos a reír sin poder parar. Menuda historia más bizarra que contarle a mis amigas cuando volviésemos de las vacaciones. Sexperiencia de 10 ;)

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