LUNES – ADRIÁN
“No hay nada más patético que un hombre enamorado de su propia humillación.”
Los lunes me caen como una piedra en el estómago. No por Adrián en sí, sino por la repetición. Por la certeza de que va a llegar, a la misma hora, con la misma cara de perro atropellado, a pedirme que lo haga sentir que no vale una mierda.
Llega siempre puntual. Camisa arrugada, ojos de haber dormido mal, y una bolsa de papel con una cerveza que nunca se atreve a abrir.
—Hola, Nina.
No respondo. Extiendo la mano. Me deja el sobre, lo justo, contado. Ni un peso más.
—¿Lo de siempre?
Asiente, sin mirarme. Ya sabe el protocolo: se quita los zapatos, la camisa, y se arrodilla al centro de la habitación. La alfombra ya tiene la forma de sus rodillas.
Le coloco el collar. El grueso. El que aprieta lo justo para que sepa que no tiene escapatoria, pero que no le corta la respiración. Le amarro las muñecas con cinta negra. Me aseguro de que no tenga anillos. Ni alergias. Me gusta que lloren de verdad, no por reacción alérgica.
—Eres patético —le digo mientras camino a su alrededor—. No vales ni el aire que respiras. Tu mujer debería haberte dejado hace años. Tu jefe sabe que eres un idiota, por eso nunca te ascienden. Ni siquiera eres bueno para masturbarte, ¿cierto?
Asiente.
Lo pateo con la bota. No muy fuerte, sólo para que entienda que está debajo de mí. Le doy una cachetada. Otra. La tercera le hace sangrar la comisura del labio.
—Di “gracias, señora”.
—Gracias, señora.
Se le llenan los ojos de lágrimas. Pero no por el golpe. Por lo que representa. Porque soy la única que le habla sin filtros. Porque yo no finjo quererlo. Y eso, para él, es amor.
Le hago lamer el piso. Le orino encima, si tomé suficiente agua. Él lo agradece como si le hubiera dado la hostia consagrada.
Cuando terminamos, me quito las botas. Me sirvo un whisky. Él se queda arrodillado, desnudo, como esperando una bendición.
—¿Te puedo preguntar algo? —dice, apenas un murmullo.
Levanto la ceja.
—¿Alguna vez lloraste en medio de una sesión?
Lo miro un rato. Largo. Trato de adivinar si está siendo sincero o solo quiere excusas para tocar lo que no le corresponde.
—Las preguntas cuestan más —respondo, seca.
Se va sin insistir.
MARTES – GERMÁN
“Hay hombres que no vienen por placer. Vienen por castigo. Y yo soy buena castigando.”
Germán tiene cuarenta y ocho. Y cara de no saber en qué momento se le cayó la vida encima. Trabaja en ventas o algo así. Tiene la piel seca, los labios partidos, el pelo en retroceso. Una vez me dijo que su mujer lo dejó porque respiraba muy fuerte.
—¿En serio? —le pregunté.
—Sí. Eso dijo. Que le daba asco cómo respiraba dormido.
Desde entonces me pide cosas más duras. Que lo patee. Que lo escupa. Que lo castigue por todo lo que no sabe decir.
Llega los martes. Puntual. Con los hombros caídos como un perro viejo. A veces viene con olor a vino tinto barato. Otras veces simplemente no huele a nada, y eso es peor.
Hoy me trae un ramo de flores secas. Las deja sobre la mesa como si fueran una ofrenda.
—¿Qué mierda es esto? —le digo sin mirarlo.
—Pensé que te podían gustar.
Tomo las flores, las dejo caer al basurero. Me siento frente a él, con el látigo sobre las piernas.
—Sácate la ropa.
Lo hace. Despacio. Como si cada prenda pesara más que la anterior.
—Quiero que me pises la cara —dice.
—Y yo quiero vacaciones en Grecia, Germán.
—Por favor.
Me pongo de pie. Camino alrededor de él como una bestia. Me encanta esa parte. El momento en que sienten que ya no son ellos, sino algo que está por debajo del lenguaje. Un cuerpo esperando órdenes. Un alma sin escudo.
Le pateo el pecho. Se le escapa el aire. Le piso la cara con el taco, con el borde justo en la mandíbula. Gime. No de placer, no exactamente. Es un lamento. Como cuando alguien se acuerda de todo lo que perdió.
—¿Qué soy? —le pregunto.
—Una diosa.
—¿Y tú?
—Una mierda.
Le pego con el látigo. Cinco veces. No más. No es masoquista, es arrepentido. Lo hace por culpa, no por morbo.
Me arrodillo frente a él. Lo obligo a mirarme.
—¿Sabes qué me gusta de ti?
—¿Qué?
—Que no vas a cambiar nunca. Eres basura, Germán. Pero lo asumes. Y eso, al menos, es honesto.
Llora. Como un niño. El moco le cae por el mentón. Intenta abrazarme. Sus brazos tiemblan. Lo detengo con una mano firme en el pecho.
—No pagaste por eso.
—Solo un momento —dice—. Solo un rato.
—No.
—Estoy tan solo, Nina…
Le doy una bofetada seca. No con rabia, con método.
—Sal.
Se viste sin decir palabra. Deja los zapatos mal puestos. Las flores, las pisoteo. Enciendo un cigarro. Lo fumo lento.
En mi libreta, escribo:
“No hay peor castigo que querer que alguien te abrace, y que sólo sepa golpearte.”
Esa noche, sueño con un pozo. Y una voz abajo que grita que quiere ser visto. Me despierto con los nudillos entumidos.
MIÉRCOLES – CLAUDIO
“Hay hombres que no vienen a entregarse. Vienen a desafiarte. Hasta que les haces ver que no tienen con qué ganar.”
Claudio es de esos que creen que el dolor es un deporte. Veintisiete años, cuerpo inflado de gimnasio, bíceps marcados, tatuajes que no significan nada. El tipo se ve bien. Casi demasiado. Pero le falta algo en la mirada. No hay nadie ahí adentro.
Siempre llega nervioso. Pero lo disimula con frases sueltas, como si esto fuera una cita Tinder con una vuelta extrema.
—¿Hoy sí me vas a destruir, señora? —dice, levantando las cejas.
No respondo. Lo dejo hablar. Los bocones siempre lloran antes.
Le gusta el bambú. La cera caliente. El insulto en inglés. Quiere una mezcla de porno agresivo y terapia de choque. No entiende que esto no es para jugar a ser “el que aguanta más”. Esto es para desarmarse. Y él, cada semana, viene con la armadura más pulida.
—Desnúdate. Boca abajo. Cinta en la boca. Hoy vas a ver hasta dónde llegas de verdad.
Lo hace. Obedece. Siempre obedece, pero con ese aire de macho que cree que puede manipular hasta a su propia humillación.
Le vierto cera en la espalda. Cada gota lo hace temblar. Después le doy con la vara de bambú: seca, sonora, con ritmo. No hay improvisación. Golpear bien es como escribir poesía: tienes que conocer el tempo, la intensidad, el silencio entre las frases.
Claudio jadea. Aprieta los dientes. Se sacude, pero no dice palabra. Hay algo heroico en su resistencia, pero también patético. No quiere rendirse. Porque rendirse es dejar de ser ese tipo que levanta 120 kilos en press banca y que se tira minas en los baños de los boliches.
—Say it —le digo.
—What?
—Say you’re nothing.
—I’m not…
—Say it.
—I’m nothing.
—Louder.
—I’M NOTHING!
Y ahí, por fin, empieza a llorar. No es un llanto ruidoso. Es como si su cuerpo, al fin, hubiera encontrado una grieta. Gime con la boca tapada por la cinta, las lágrimas le bajan por la cara roja. Le quito la cinta para que respire mejor.
—¿Querías eso? —le digo, suave ahora—. ¿Eso viniste a buscar?
—No sé —murmura—. No sé nada, Nina.
—Bien. Es un comienzo.
Después de la sesión, me pide quedarse un rato más. Le digo que no.
—Estoy mareado. No estoy bien.
—Tampoco lo estabas cuando llegaste.
—¿Puedes solo… quedarte cinco minutos conmigo?
Lo miro. Y por un segundo, solo uno, siento una punzada en el pecho. No compasión. Es más bien rabia. Rabia de que estos hombres me usen como muro para chocar, como madre, como redención, como puta mística.
—Cinco minutos cuestan mil pesos más por minuto —le digo.
Se pone de pie. Todavía le tiembla la espalda.
—Nos vemos el próximo miércoles —me dice, sin mirarme.
Cuando se va, enciendo el ventilador. Abro las ventanas. El lugar huele a miedo seco, a testosterona podrida.
Me siento en el piso con una copa de vino. En la libreta, anoto:
“Algunos no quieren ser castigados. Quieren que los destruyas para tener excusa de no volver a armarse.”
JUEVES – DON OMAR, EL MILLONARIO
“Hay quienes pagan por desaparecer. Por ser nada. Aunque solo sea por una hora.”
Los jueves llegaba Don Omar. No se llamaba así, por supuesto, pero se hacía llamar así. Le gustaba vestirse de traje blanco, camisa de seda abierta hasta el pecho y unas cadenas de oro que le colgaban como si fueran testigos de un pasado narco que nunca fue real. Le decían Don Omar en el club donde jugaba al póker con otros tipos como él: adinerados, aburridos, medio perdidos.
Pagaba el doble de la tarifa habitual, pero quería que lo tratara como si fuera un perro callejero. A veces traía una correa de cuero con un dije en forma de hueso que decía: “perrito del placer”. Era grotesco y conmovedor al mismo tiempo. Me lo entregaba con solemnidad, como si estuviera ofrendándome algo sagrado, y luego se arrodillaba, bajando la cabeza como un animal domesticado.
—Hoy fui un niño malo, ama —me decía con voz pastosa, el aliento a whisky caro y dentadura perfecta—. Necesito que me enseñes a comportarme.
Yo lo miraba desde arriba, con mis botas negras relucientes, el corsé apretado y los guantes de encaje. Le decía que era un asco de hombre, un sucio animal que debía lamer el suelo por el privilegio de estar frente a mí. Y él lo hacía. Se arrastraba. Lamía. Gemía. A veces lloraba.
Nunca me pidió sexo. Nunca quiso que lo tocara más allá de lo pactado. Lo que buscaba era que lo humillaran hasta que desapareciera ese tipo millonario que salía en las portadas de las revistas financieras.
—¿Me ves ahora? —me preguntaba a veces, desde el suelo, con la cara pegada al taco de mis botas—. ¿Ves lo miserable que soy?
—No. No lo suficiente —le respondía.
Tenía un talento especial para hacerse invisible cuando se desnudaba del ego. Me daba pena a veces. Porque debajo de todo ese oro y esa fachada de “Don Omar”, había un hombre completamente solo, que necesitaba que alguien le dijera qué hacer, cómo caminar, cómo obedecer.
Al final de cada sesión, me pedía un cigarro. Uno solo. Yo le encendía el cigarro mientras él seguía arrodillado, y se quedaba ahí, fumando en silencio.
—Nunca me mires como si me tuvieras lástima —me dijo una vez—. La lástima me recuerda a mi madre.
Desde ese día, nunca más lo miré a los ojos.
Los jueves se volvieron casi litúrgicos con él. Yo sabía que a las nueve en punto, Don Omar iba a golpear la puerta tres veces, y que me iba a pagar por desaparecer. Por matarlo durante una hora. Y luego resucitarlo lo justo para que pudiera volver a ser Don Omar.
Nunca me preguntó por mi vida. Nunca me ofreció llevarme a otro lugar. Pero siempre dejaba una rosa blanca sobre la mesa de la entrada.
Una vez me escribió en un papel:
“Yo podría haber sido un perro de verdad, si me hubieras encontrado antes.”
Lo guardé en la caja donde colecciono las cartas que no deberían haber sido escritas.
VIERNES – MAURICIO, EL CLIENTE DEL VINO TINTO
“Algunos cuerpos buscan castigo para sentir que están vivos. Otros, solo para dejar de sentirse.”
Los viernes llegan como un suspiro ahogado en humo y vino tinto derramado.
Mauricio aparece tambaleándose, con la ropa arrugada, el aliento a alcohol barato y una desesperación que se le desborda por los poros.
Es un hombre roto. Ni guapo, ni fuerte, ni joven; un cuerpo que el tiempo y la autodestrucción han dejado sin concesiones. Su barba mal recortada y sus ojos inyectados le dan un aire de animal herido que se sabe perdido.
Entro al cuarto y lo veo sentado en la esquina, la mirada perdida, los dedos jugando con la correa de cuero que me trajo como ofrenda. Me la pone sobre la mesa, sin hablar.
—Hoy no quiero juegos —dice con voz quebrada—. Haz lo que tengas que hacer.
Lo desnudé despacio, sin prisa. Su piel era fría, cubierta de sudor seco y una fina capa de suciedad. Se dejó caer en la cama, agotado, como si el simple acto de desvestirse fuera un esfuerzo titánico.
Le até las muñecas con cinta negra, ajustada pero sin cortar. Él cerró los ojos y dejó que el silencio llenara la habitación.
Le acerqué la fusta, la acaricié contra su espalda, suave, lenta, como un preludio. Su respiración se aceleró.
El primer golpe fue leve, un golpeteo seco y preciso. Su cuerpo se tensó, un reflejo instintivo. Le di otro, un poco más fuerte. Y otro. El sonido del bambú contra su piel marcaba el ritmo de su descenso.
Mauricio gimió, ahogado en la almohada, mientras el sudor mezclado con lágrimas corría por su espalda. Los golpes dejaron marcas enrojecidas que iban tomando forma de pequeños mapas del dolor.
Se movía a medias, como si no quisiera aceptar que el castigo era para él, que lo merecía. Su cuerpo vibraba entre la agonía y una especie de alivio enfermo.
Le besé la nuca, el cabello enredado, y le susurré:
—Esto no es amor. Es lo que mereces.
De repente, sin aviso, se orinó encima. El olor a humedad y derrota se mezcló con el perfume barato de su piel.
No se disculpó. No pidió perdón. Solo dejó que el líquido corriera, sin vergüenza ni pudor. En ese momento no era un hombre, era un cuerpo que necesitaba ser cuidado y destruido al mismo tiempo.
Le ataqué con la fusta una última vez, con más fuerza, dejando un rastro punzante. Luego me acerqué, y con el dorso de la mano le limpié la cara, recogiendo una lágrima que se había escapado.
—Te vas a levantar de esto, Mauricio. O te vas a hundir del todo. Pero vas a hacer algo.
Él solo me miró, con los ojos vidriosos.
Lo desaté, lo cubrí con una manta sucia que guardo para estos casos, y me encendí un cigarro mientras él se quedaba dormido, exhalando un suspiro profundo, como si el peso del mundo por fin le hubiera dado un descanso.
Por la mañana, cuando abrió los ojos, ya no estaba. Solo el aroma de vino rancio y tabaco quedaba suspendido en el aire.
Escribí en mi libreta:
“Algunos cuerpos buscan castigo para sentir que están vivos. Otros, solo para dejar de sentirse.”
VIERNES EN LA TARDE – LA CONFESIÓN
“A veces, el amor duele más que un latigazo.”
La puerta se cerró tras él con un golpe seco que retumbó en el departamento casi vacío. Adrián apareció con la camisa arrugada, los ojos vidriosos y el aire cargado de algo que no era solo sudor o miedo.
—No me esperaba verte hoy —le dije sin mirarlo. Estaba encendiendo un cigarro, sin ganas.
—Yo… —vaciló—. Necesito decirte algo.
Lo observé con la misma indiferencia que le pongo a todos los clientes que creen que la dominación es solo un juego.
—¿Qué querés? —le pregunté.
Él tragó saliva, dio un paso hacia mí y se detuvo. Como si estuviera luchando contra algo que no podía controlar.
—No quiero ser solo un cliente más —dijo en voz baja, casi temblando—. Estoy enamorado de ti.
Me reí, una risa amarga que quemó mis labios secos.
—¿Enamorado? ¿Vos? —le escupí las palabras—. ¿De la mujer que te pisó la cara? ¿La que te hizo llorar y suplicar? ¿De la puta que te desnudó la dignidad para después mandarte a la mierda?
Él bajó la cabeza, sin defenderse. Pero yo vi la sinceridad en sus ojos: no era un capricho, ni un deseo pasajero. Era un grito en medio de la tormenta que había construido alrededor de su alma rota.
—No sé qué eres tú —confesó—. Ni siquiera sé quién soy yo sin vos. Pero no puedo seguir fingiendo que esto es solo un servicio. No eres solo la dominatrix, eres… eres tú.
Me quedé callada. No porque no supiera qué decir, sino porque no quería regalarle más. No quería que me viera así, como alguien vulnerable.
—Mirá, Adrián —dije al fin—, lo que hacemos acá no es amor. Es un negocio. Un pacto oscuro donde vos pagás para que te destruya un rato y después te vayas a tu casa con un poco menos de mierda adentro. No hay más.
Él se acercó, y esta vez no se arrodilló. Me miró directo a los ojos, sin miedo.
—¿Y si quiero más? —preguntó.
Me acerqué, lo suficientemente cerca para que sintiera mi aliento frío en su cara.
—Entonces estás jodido.
La verdad es que en ese momento algo se rompió en mí. No era amor. Nunca fue amor. Pero por primera vez, sentí que podía ser algo parecido a la necesidad.
Me aparté. Di una calada larga al cigarro. Lo apagué contra el cenicero.
—Vos sos un puto masoquista emocional, Adrián. Y yo, una mujer que no sabe amar. Eso no va a funcionar.
Él solo asintió.
—Entonces, ¿qué hacemos? —me preguntó.
—Seguimos jugando. Hasta que uno se canse o se rompa.
Se fue sin mirar atrás.
Me quedé sola con el eco de sus palabras, el sabor amargo del cigarro y la certeza de que, a veces, el amor duele más que un latigazo.
DOMINGO EN LA MAÑANA
“Algunas historias no se cierran: se desangran.”
El departamento olía a silencio y a tabaco frío.
A nadie le importaba ya el cigarro consumido en la mesa, ni el vaso medio vacío, ni la luz gris que se colaba por la ventana.
Nina estaba allí, tendida en su cama, con el cabello desparramado como un río oscuro. La sangre se había abierto paso lento, inevitable, desde el corte profundo en su garganta. Un tajo limpio, brutal, como el cierre final de una historia que nadie quiso entender.
No hubo gritos. No hubo llantos que la ciudad escuchara.
Sólo el goteo constante y perezoso, una gota tras otra, marcando el tiempo muerto.
Sus manos descansaban inertes, como si la vida se hubiera olvidado de ellas antes que del cuerpo.
En la mesa, la libreta con anotaciones dispersas: confesiones, castigos, silencios.
Una crónica amarga de cuerpos y almas rotas.
El policía que entró la miró sin expresión.
Los vecinos, curiosos pero temerosos, se mantenían a distancia.
En la habitación, el aire denso, pesado, lleno de promesas rotas y de deseos malditos.
Nadie sabía quién había sido el culpable.
O quizá todos lo sabían, y ese silencio era la complicidad más oscura.
En algún lugar, en la lejanía, una puerta se cerró.
Otra historia había terminado.
Pero las heridas quedaban abiertas, como tatuajes imborrables en la piel de la ciudad.
Por Mae Keller
