Hay detalles de nuestra infancia que nos marcan para siempre.

En mi caso, fue repetir el primer curso de infantil o lo que viene siendo parvulitos. Este oscuro secreto que a veces cuento, es una mancha negra en mi expediente.  No sé si el asombro es porque piensan que no llegué a diferenciar lo que es un círculo de un cuadrado o porque no entienden que eso pueda pasar.

Mi caso fue simple, yo era nerviosa y difícil de llevar, era más grande de lo normal y a mi madre se hizo la loca con las fechas. Me apuntó al curso de tres años cuando no los tendría hasta el año siguiente.

Esta fue la estrategia de una madre desesperada que no tenía más recursos que su ingenio para poder conciliarlo todo. Meterme antes al cole suponía volver a trabajar antes y poder descansar un poco de mí.

A pesar de que argumente bien esta historia y haga chistes fáciles de lo aburrido que fue para mí repetir ese curso cuando yo ya pintaba sin salirme de los bordes, los comentarios que me encuentro me afectan mucho más conforme pasa el tiempo.

Los hay que critican a mi madre por no haber seguido el itinerario correcto de estudios, los que dicen que, al haber sido una niña gorda, hizo que no se notara mi verdadera edad y quienes comentan que es una inventiva para llamar la atención. 

Lo cierto es que, a pesar de que es una anécdota más en mi vida, me hace dudar de mi inteligencia. Sí, triste pero cierto. Creo que hay una conexión ahí que falla y a veces me lleva a tomar decisiones o caminos que hubiera valido la pena no explorar.

También admito que es muy fácil echarle la culpa a agentes externos y no valorar que fui una niña feliz que disfrutó el doble que el resto de mortales de una de las etapas más bonitas de la vida.