Me besas y es como correr con los ojos cerrados a doscientos kilómetros por hora sobre el asfalto. Y veo nuestros cuerpos desdibujarse y a tu lengua clavarse en lugares que joder, deberían estar prohibidos.

Voy a ser directa, porque la última vez que te corriste me dijiste que era como una loba salvaje y hambrienta y que si pudieras proteger una sola cosa en el mundo, sería mi libertad.

Así que rómpeme las bragas, los esquemas, la rutina…rómpeme lo que quieras, pero no te atrevas jamás a romperme el corazón.

Machácame en tantos pedazos como quieras, juega con mi cuerpo como si de una marioneta se tratara, pero no te atrevas a hacerme daño. Porque si confío en ti, si te doy lo único que guardo para mí, no habrá marcha atrás. Y seré vulnerable.

Si te dejo pasar verás mis aristas, mis filos cortantes, los parches que he ido poniendo a base de orgullo y cabezonería y que tan fácilmente puedes desmontar. Serás consciente de todos mis miedos antes de ir a dormir y si te soy sincera, me da pánico pensar que me verás tal y como soy.

Y quizás tú no lo sepas, pero ya me han hecho daño antes. Tanto, que dudo que alguna vez llegues a imaginar cuanto me dolió. Lo irracional, insegura y loca que me volví. O lo mucho que me costó volverme a encontrar en el espejo por más que intentaba buscarme.

Así que de verdad, no te quedes si no quieres, no me prometas cosas que ambos sabemos que no quieres cumplir, pero no me mientas. No me utilices porque he tenido que aprender a abrirme para dejarte pasar y si me haces daño, quizás ya no sepa como cerrarme.

Así que ya sabes: las bragas, lo que quieras. El corazón ni tocarlo.