Soy consciente de que muchas personas no me entienden y se escandalizan cuando digo que el hombre que me dio la vida nunca ha sido un buen padre, ni un buen marido, ni una buena persona. Hace muchos años que decidí romper lazos con él y, aunque mucha gente de mi círculo pretenda hacerme sentir mal por ello —porque «un padre es un padre»—, os aseguro que vivo muy tranquila sabiendo que he sacado a este ser egoísta y dañino de mi vida para siempre.

La forma de ser de mi padre estaba anclada en el medievo. Creo sinceramente que el hombre de Atapuerca tenía un concepto más progresista y moderno de lo que viene siendo el matrimonio. Para que os hagáis una idea, mi padre era el típico machirulo que llegaba a casa amargado después del trabajo, exigiéndole a mi madre que le quitara los zapatos, le pusiera las zapatillas y le trajera una cerveza, para después mandarla a callar de malas formas porque no oía la televisión.

Mi padre trabajaba y mi madre se quedaba al cargo de la casa y de sus hijos. Esto sería estupendo si hubiese sido su elección, pero como os imaginaréis, no era el caso. Mi madre era modista y le encantaba su profesión; después de ser madre siempre tuvo la idea de volver a trabajar, pero mi padre se lo prohibió. Sospecho que, detrás de la excusa de que alguien tenía que atender a los niños y la casa, se escondía su intención de hacer de mi madre una persona totalmente dependiente de él. Ella se resignó y fingió que también así era feliz, aunque su marido cada día la tratase con más indiferencia e incluso asco, me atrevería a decir.

Por suerte, mi padre viajaba mucho por trabajo. Y digo por suerte porque, cuando mi madre, mis hermanos y yo nos quedábamos solos, yo era muy feliz. No me malinterpretéis: aunque en cierto modo temía a mi padre y a su forma brusca, yo le quería; era una niña incapaz de darse cuenta de que el trato que mi madre recibía no era normal. Sin embargo, no comprendía por qué ella lloraba tanto cuando él se ausentaba por largos períodos. Mi mente infantil asumía que simplemente le echaba de menos… pero ahora sé que se deshacía en lágrimas porque sabía que había otra mujer.

Mi padre intentaba compensar ese dolor con regalos y una vida acomodada, como si así no hubiera motivos para quejarse. Lo cierto es que económicamente no nos faltaba nada. Hasta que un día empezó a mostrarse más nervioso, irascible y desagradable de lo habitual, a vigilar los gastos y recortar de aquí y de allá. Cuando mi madre le preguntó si pasaba algo, él se puso a la defensiva.

Un par de meses después, nuestra vida cambió por completo: nos embargaban la casa. Allí, rodeados de policías y desconocidos, nos enteramos de que mi padre llevaba tiempo sin pagar la hipoteca y que tenía tantas deudas que no podía cubrirlas con el embargo parcial de la nómina; tenía que entregar la vivienda al banco.

Y eso era solo la punta del iceberg: no era ningún secreto que mi padre tuviera una amante, pero lo que no sabíamos era que tenía un hijo con ella, que le había comprado una casa en su país y le había montado una peluquería. No es de extrañar que no le salieran las cuentas: se había endeudado hasta las cejas.

Meses después, le confesó a mi madre la realidad, se disculpó por haberse enamorado de otra y se marchó, dejándonos con una mano delante y otra detrás, acogidos en casa de mis abuelos. Prometió enviar dinero, pero aquello llegó en forma de una pensión irrisoria y a cuentagotas.

Mi madre cayó en una grave depresión, de la que salió con un esfuerzo sobrehumano. Gracias a mis abuelos, que nos salvaron la vida, pudo recuperarse y volver a trabajar. Tres años después, la vida —que a veces es justa— le devolvió la jugada a mi padre: su negocio fracasó, su relación se rompió y volvió a España sin novia, sin hijo y sin dinero, intentando retomar el contacto con nosotros.

Sé que mis hermanos lo vieron alguna vez y que, ni corto ni perezoso, les pidió dinero para “empezar de cero”. Ni mi madre ni yo tuvimos la más mínima intención de cruzar palabra con él. Quien siembra vientos, recoge tempestades.

Escrito por Mar Martín basado en un testimonio real.