¿Os acordáis cuando, en plena pandemia, decíamos aquello de “saldremos mejores”? Siento decir que las palabras se las ha llevado el viento. No solamente es que se nos ha olvidado cuidarnos y cuidar a los demás. Sino que cada día parece que sentimos menos empatía hacia quienes nos rodean a todos los niveles, no solamente en salud.
Además de que los discursos egoístas y de odio parecen multiplicarse, empieza a sentirse en el día a día, a pie de calle. En mi caso, lo vivo desde una silla de ruedas. Y he aquí algunas situaciones que me hacen pensar lo que pienso.
He dejado de acudir a ciertos sitios solo por evitar discusiones. Ya no me apetece tener razón o dejar de tenerla. Por ejemplo, hay centros comerciales que he decidido evitar, aunque sean los que tengo más cerca de casa y siempre hayan sido mi lugar de desconexión. Y todo por el asunto del uso de los ascensores.
Que tú dirás: “pues chica, haz cola y te esperas como todo el mundo”. Te lo compro. Lo que ya no te compro es haberme encontrado con gente bloqueando el paso habiendo espacio para subir. No te compro haberme encontrado con un pobre padre pidiendo perdón por no haber podido subir yo cuando a él se le han colado descaradamente cuando iba con el carrito de su bebé. No te compro que tengan que venir los de seguridad a poner orden. Y por desgracia y aunque no lo creas, he vivido todo eso en el último año.
Esto ya no es como antes, que veías una cierta falta de sensibilidad con quienes de verdad tienen ciertas necesidades. Ahora impera la ley del más fuerte. Ahora, si argumentas, lo mínimo que recibes es chulería y malos modos.
Hace poco, me salió un vídeo sobre el problema de las rampas en los autobuses. Lo que exponía el vídeo es muy simple: si pisas la rampa cuando aún la están colocando, se joroba. Nos guste o no, son mecanismos muy sensibles y al pisar, si no están colocadas correctamente, se estropean. Fui a los comentarios. Quien no decía “dejar salir antes que entrar, ¡de toda la vida!” decía “pues yo voy a salir por ahí, que me digan lo que quieran”. En ningún momento se ponía en cuestión que saliese la gente antes de entrar la silla de ruedas o el carrito de bebé. En ningún momento se prohibía entrar o salir por ninguna de las puertas. Solo se estaba diciendo: por favor, espera un segundo y luego pasas para evitar que la rampa se estropee. Ni más ni menos.
Estamos cayendo en la trampa de creer que ponerse en la piel de los demás nos pone en riesgo. ¿Qué riesgo supone tener paciencia con una rampa de un autobús? ¿Qué riesgo supone tener miramiento con quienes solo pueden usar el ascensor en un centro comercial? ¿Qué derecho pierdes por esperar para evitar perjudicar a otra persona? ¿Qué derecho te quitan si cedes el paso?
Queremos llevar la palabra “igualdad” hasta el límite. Todos iguales usando rampas de autobús. Todos igual usando ascensores. En lo que no caemos es en que, si esa rampa se rompe o no me dejas subir al ascensor, algunas personas volvemos a estar en desigualdad.
Señoras y señores, que tener sensibilidad hacia otras personas con necesidades especiales no nos quita nada. Sigues pudiendo usar el transporte público. Sigues pudiendo subir a la segunda planta a comprar. La diferencia es que, con un mínimo de empatía, lo harás tú y lo podremos hacer los demás.
Aunque son solo dos ejemplos, para mí ya dicen mucho. Evito situaciones que me llevan a la confrontación. Y cuando decíamos aquello de “saldremos mejores” esto es lo último que esperaba años después.
Marta Ramón Galindo