Cuando entré a trabajar en mi actual curro, me advirtieron que me andara con ojo con  ella, porque Luciana no era trigo limpio; era de esa clase de personas que sólo se acercan a ti si pueden sacar algún tipo de beneficio. Me dijeron que no me fiara de ella y de sus  formas amables y cariñosas, porque a la mínima me iba a dar la puñalada trapera.

Sin  embargo, yo siempre he preferido formarme una opinión de los demás en base a mi  propia experiencia, así que decidí darle el beneficio de la duda y conocerla un poco mejor. La verdad es que me daba pena, porque muy pocas personas le dirigían la palabra y yo la veía muy sola, así que pensé que igual era una persona incomprendida o que las demás  simplemente exageraban y le tenían manía.

En mi trabajo las horas muertas dan para mucho. Horas y horas de brazos cruzados que  dedicamos, obviamente y como no podía ser de otra forma, al maravilloso arte del chisme. El caso es que hablando con algunas de mis compañeras, salió el tema de las citas  horribles y de los peores novios o rolletes que habíamos tenido a lo largo de los años.

Por aquel entonces, yo llevaba poco tiempo en el trabajo y aún no conocía bien los  tejemanejes de la vida amorosa de mis compis, así que cuando Luciana comentó entre  risas y sin darme mayor información que la peor cita de su vida eran todas las que había  tenido con su novio, yo me lo tomé a broma y me reí con ella. Después me sentí fatal,  porque lo que yo no sabía es que su pareja tiene una discapacidad psíquica y que ese  comentario, lejos de ser una coña, iba cargado de malicia. 

Fue la propia Luciana quien, una vez habiendo cogido confianza conmigo, me contó parte  de su vida y de cómo era su relación con este hombre sin molestarse en disimular que, en realidad, estaba con él por puro interés. Resulta que, trabajando a penas 20 horas a la  semana, ella vivía junto a sus hijas en un pisazo en una de las partes más caras de la  capital y se jactaba de que era él quien le pagaba el alquiler desorbitado porque su familia tenía mucho pero que mucho dinero.

Bolsos de lujo, viajes, cenas en los mejores  restaurantes, ropa exclusiva… lo que ella quisiera, lo tenía. Me quedé a cuadros  comprobando cómo mis compañeras tenían razón, pero supongo que ella interpretó ese  silencio como una especie de aprobación o, al menos, como una ausencia de reproche  hacia su conducta, porque siguió contándome anécdotas sobre el «tonto» de su novio al  que encandilaba «dándole un poco de cariño y sexo».  

Saltaba a la vista que Luciana se había sometido a numerosas operaciones de cirugía  estética que, tal y como ella misma me confirmó, había costeado su pareja. Le pareció  súper divertida la anécdota en la que le mintió diciéndole toda compungida que no tenía  cómo pagar la universidad de una de sus hijas para después gastarse el dinero que él no  dudó en darle, en hacerse unos cuantos retoquitos faciales.

Aunque lógicamente no veía  ni medio normal esa manera de comportarse, me decía a mí misma que no debía  meterme en la vida de los demás, así que simplemente me empecé a alejar de ella. Un  día su pareja vino a verla al trabajo y no pude evitar sentir una pena inmensa por aquel  hombre. Se veía a la legua que ella se avergozaba de su visita y que quería que se  largara de allí cuanto antes, despachándole de muy malas maneras. No pude evitar  preguntarle por qué seguía con él si en realidad no le quería, aunque evidentemente la  respuesta estaba más que clara.

Ella se dio cuenta de que yo no veía bien su modus  vivendi y su manera de aprovecharse de una persona discapacitada y empezó a  justificarse, diciendo que por supuesto que estaba locamente enamorada de él.

Desde aquel día, ya no volvió a contarme nada sobre su novio y su vida de lujos.  Supongo que a Luciana no le sentó bien que le dijera que ni su novio ni nadie se merecía  que le hicieran creer algo que no era cierto para sacar provecho de ello, porque al poco  tiempo me enteré de que iba hablando fatal de mi a mis espaldas. No me extrañó  demasiado. Tal y como me habían advertido mis compañeras, cuando vio que no podía  sacar nada de mí y que no le iba a bailar más el agua, enseguida procedió a darme la  puñalada. Fue entonces cuando entendí por qué estaba tan sola, pero lo cierto es que ya no me daba ninguna pena.

Mar Martín.