Cristina cada mañana despertaba a su padre cuando ella ya estaba acabando de desayunar para que la llevase al instituto. Estaba bastante lejos y solamente había un bus que la podría dejar relativamente cerca, pero debía cogerlo casi una hora antes de su hora de entrada y caminar un buen tramo hasta la parada y después desde la parada donde se bajaba hasta allí otro enorme tramo a pie. Su padre le había pedido desde el principio que no fuese sola, pues había tramos con poca luz y en invierno a la hora a la que ella bajaba era noche cerrada todavía.
Él se quedaba más tranquilo si la llevaba él mismo en persona, pero eso sí, prefería dormir hasta que no le quedaba más remedio que levantarse. Él trabajaba de noche hasta tarde, así que se despertaba cuando Cris solamente tenía que lavarse los dientes y coger su chaqueta. En ese tiempo, su padre ya había estado los dos minutos de rigor mirando al infinito sentado al borde de la cama buscando un punto en el que el universo le devolviera la consciencia y entonces se ponía los zapatos, un abrigo por encima del pijama y bajaba al garaje a calentar el coche mientras Cris tiraba la basura.
Ambos tenían una relación envidiable. Ella era una adolescente bastante responsable, pero también es cierto que, cuando no lo era tanto, tenía el apoyo, el consejo y el hombro para llorar de su padre, siempre dispuesto a escucharla y apoyarla incluso cuando no se lo merecía tanto.

Ella siempre contó con su padre para todo, sobre todo para convencer a su madre de cualquier cosa. El voto de su padre valía lo mismo, pero él era más insistente y no quería saber qué otros trucos usaba, solo sabía que, si su padre le ayudaba, convencía a su madre de cualquier cosa. No se podía creer que pudiese lucir con 17 aquel precioso tatuaje en la muñeca, con lo cerrada que era su madre con aquel tema.
Su padre siempre le llamaba Oruguita. Una vez un novio quiso hacerse el gracioso haciendo un chiste sobre aquello. No duraron mucho. Cris no llevaba bien que la gente hiciese bromas ofensivas sobre los padres de los demás, más concretamente sobre el suyo.

Cada noche su padre llegaba de trabajar, se preparaba algo caliente y se ponía en un sillón frente a la tele a ver un capítulo grabado de su serie favorita antes de dormir. Era su momento de desconexión con el mundo, de romper con la dura jornada de trabajo y descansar.
Una mañana Cris se levantó y vio las piernas de su padre tapadas con una manta asomar del sillón. Una vez más se había dormido con la infusión a medio tomar y sin llegar a la cama. Decidió dejarlo descansar como cualquier día hasta estar lista para irse, pues si lo despertaba ahora no le daría tiempo a dormir a gusto en su cama y era demasiado temprano para quedarse ya despierto, así que lo dejaría allí un ratito más hasta que estuviese lista.
Justo cuando se dirigía a despertarlo, su madre se asomó por el pasillo y le preguntó por su padre. “Se ha vuelto a dormir en el sofá”.

Menos mal que su madre estaba allí. Menos mal que se había despertado por una absoluta casualidad, pues cuando Cris se acercó a su padre para despertarlo y vio que no respondía, procedió a tocarle la cara con cariño para no asustarlo y descubrió que estaba totalmente frío.
Cris se asustó más de lo que lo ha hecho nunca. Describía esa temperatura como algo sobrenatural, porque no era demasiado frío, pero desprendía horror, era inquietantemente horrible, era desagradable, era la muerte.
Cris gritó con todas sus fuerzas a pleno pulmón por su padre. Su madre, aún somnolienta, no entendía el grito de su hija, cuando ella empujó a su padre y pudo ver cómo le caía la cabeza inerte a un lado.
Apartó a su hija como pudo del cadáver de su marido mientras llamaba a emergencias sin saber qué hacer. Necesitaba un médico. Su marido ayer estaba perfecto, no estaba enfermo ni le dolía nada. Antes de que ella se durmiese habían hablado un rato y tenían planes para el fin de semana. No podía haber muerto así, no ahora. Así que insistía en que fuera un médico. Su marido había muerto. Estaba frío y el color de su piel era muy diferente, así que ya hacía unas horas que había ocurrido, pero había sido algo injusto, así que exigía un milagro.
Pasaron horas hasta que acabó ese horrible protocolo para levantar el cadáver. Horas en las que Cris y su madre solamente podían gritar, chillar y llorar, haciendo pequeñas pausas para quedarse absortas en su dolor, ajenas a todas las personas desconocidas que enraban en su casa y decían frases poco apropiadas.
Cris hoy es adulta. Tiene un hijo y sueña tener con él una relación similar a la que tuvo con su padre. Le habla de su abuelo, de lo gracioso y cariñoso que fue siempre. Le cuenta que, una noche se durmió viendo su serie favorita y no se pudo despertar. Se lo cuenta cuando le explica por qué ella y su abuela llevan tatuado en el pecho una pequeña Oruguita con una discreta inicial al lado en memoria del hombre al que ambas más quisieron en el mundo.
Escrito por Luna Purple, basado en una historia real.
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