Durante mucho tiempo me consideré afortunada de tener una pareja tan implicada en la crianza de su hijo como la mía. La que más y la que menos de las madres de mi círculo tiene quejas en cuanto al grado de implicación del padre de sus hijos. Casi todas, por no decir todas, sufren problemas relacionados con la distribución de la carga mental que conlleva la maternidad, por ejemplo. Sin embargo, yo no. En ese sentido no tenía nada que decir del que era mi marido. Colaborábamos en casa y con el niño al 50 %. Él se levantaba por las noches, daba bibes, cambiaba pañales, limpiaba e iba al súper en la misma medida que yo.
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Cuando el peque empezó a ir a la escuela infantil y reajustamos nuestros horarios, decidimos que lo mejor era que yo lo llevara y recogiera porque la ubicación estaba más próxima a la ruta de mi trabajo. Él solo lo llevaba los viernes, porque yo hacía jornada intensiva y entraba muy temprano.

No sospeché nada cuando una buena mañana me propuso encargarse de llevar siempre al niño. Me dijo que así nos repartíamos mejor, que a él no le importaba el rodeo y yo tendría menos estrés por las mañanas, ya que me encargaba de estar con el niño más tiempo que él por las tardes. Francamente, me pareció un detalle por su parte. Así que yo seguía en mi nube de felicidad matrimonial. Qué suerte tenía de estar casada con un hombre tan implicado, empático y padrazo. Yo tan tranquila y él tan contento de salir de casa veinte minutos antes de lo que solía hacerlo. Tan repeinadito él, de repente. Tan perfumado… Con ropa nueva y con la bolsa de ir al gimnasio al salir de trabajar.
Reconozco que me costó ver las señales. Venga, va, reconozco que no me enteré de una mierda. No me enteré de que se empeñaba en llevar al niño a la guardería para garantizar que así la metía hasta que lo achuché porque lo veía raro y fue él quien me lo contó. Entre lágrimas, el muy… En fin. Si aún debería darme pena, no te fastidia. El tío pretendía que me apiadara de él. Había descubierto que no me quería como se supone que debía hacerlo, porque a ella sí que la quería. Lo suyo era amor del güeno.

Por eso no se habían podido resistir el uno al otro. Había sido amor a primer ‘aquí te dejo al niño, casi no ha desayunado y acaba de hacer caca en el coche’. Eso no había matrimonio civil ni terceras personas que lo pudiera detener, hombre por dios. Para cuando saltó toda la movida, llevaba seis meses liado con la profesora de infantil de nuestro hijo. Durante un tiempo me cagué lo más grande en la carga mental y en el estrés mañanero. Ahora sé que fue lo mejor que me pudo pasar y que mejor antes que después. Además, pobrecicos míos, lo suyo sí que debía de ser amor verdadero, que yo no daba un duro por ellos y cuatro años después siguen juntos. Pues nada, que les dure mucho.
Anónimo
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