Cuando conocí a mi actual pareja llevaba exactamente un año divorciada. Un año limpio, redondo, simbólico. Un año en el que había aprendido a estar sola, a disfrutarme y, sobre todo, a no deberle explicaciones a nadie. No estaba rota, ni triste, ni esperando que nadie me rescatara. Estaba feliz. Libre. Y, para qué engañarnos, bastante mariposa: iba de flor en flor con la alegría de quien no quiere jardín propio, solo buen polen y sol.
Más testimonios reales en whastapp, VENTE
No tenía ninguna intención de encontrar pareja. Ninguna. De hecho, si el universo me hubiera preguntado en ese momento, le habría dicho algo así como: “Gracias, pero no. Ahora mismo estoy bien así”. Y como suele pasar, el universo se rió un poco de mí y tomó nota.
Quedé con un chico una tarde de verano. Una cita sin expectativas, de esas que no pesan. Me arreglé porque me gusta arreglarme, no porque esperara nada. Me puse un vestido monísimo, de rayas blancas y negras, medio arrapadito, de esos que cuando te miras al espejo piensas: sí, hoy sí. Me quedaba de muerte. Bien peinada, bien maquillada, sandalias cómodas pero resultonas. Todo en orden.
Nos encontramos en un parque precioso de mi ciudad. De esos parques que parecen pensados para fotos de Instagram: verde, luminoso, con una terracita en medio del césped que parecía sacada de un catálogo de “vida bonita”. Y ahí apareció una de mis manías estrella: ir descalza. En cuanto llegué, me quité las sandalias. El césped estaba fresco, agradable, y yo, feliz.
Otra cosa que conviene saber sobre mí: no sé sentarme “normal”. Me siento como me da la gana, cruzo piernas de formas imposibles, me recojo, me estiro, me descuelgo un poco de la silla. Total, que sin darme cuenta —o quizá dándome cuenta solo a ratos— me pasé buena parte de la cita enseñándole las bragas.
Y él, callado como un puta. Con las gafas de sol puestas. Educado. Disimulando lo indecible.
Pedimos un par de cervezas, nos reímos mucho, la conversación fluyó sin esfuerzo. Recuerdo perfectamente que olía muy bien. No es un detalle menor: hay personas que te entran primero por la nariz y él fue una de ellas. Mientras tanto, yo estaba completamente desparramada, feliz, con unas bragas grises de puntitos blancos que, gracias a todos los astros alineados, no eran una de mis famosas bragas paracaídas. Esas que hoy ya conoce bien y de las que, milagrosamente, no ha huido.
Él gozando de las vistas con una dignidad admirable. Yo más alegre que unas castañuelas. Ninguno de los dos diciendo lo obvio, pero los dos sintiéndolo. Esa sensación rara y deliciosa de estar a gusto sin forzar nada.
Cuando nos despedimos, nos dimos dos besos. Dos. Correctos. Sin fuegos artificiales externos, pero con algo vibrando por dentro. El mensaje de “me lo he pasado muy bien” llegó puntual. Mi respuesta también fue positiva, porque oye, yo no quería novio, pero con ese hombretón había pasado algo especial. Y no solo sexual, que también, sino algo más sutil. Una conexión tranquila, fácil.
Quedamos un par de días después. Y luego otro par de días más. Y así empezamos a quedar y quedar, como quien no quiere la cosa. En la segunda cita yo estaba con anginas —ojo al dato romántico— y aun así me dio un beso muy tierno. De esos besos que no piden nada, que solo confirman. Y poco después, casi sin darnos cuenta, formalizamos la relación.
Y entonces llegó la prueba de fuego. La que no sale en las comedias románticas, pero para mí es definitiva.
Una tarde lo llevé a casa. Y no, no hubo fornicio. No hubo cama, ni prisas, ni escenas de película. Pasó algo mucho más revelador. Algo que, para mí, pesa más que cualquier beso apasionado.
Él nunca había tenido animales. Nunca. De hecho, era de los que decían que no le gustaban demasiado y que jamás hablaría con ellos. Yo, en cambio, tengo una manada completa. Perros, gatos… un pequeño caos peludo que no solo vive conmigo, sino que también observa, evalúa y juzga. Mi manada es muchas veces la brújula con la que me guío para saber si la persona en cuestión es apta o no apta.
Así que abrí la puerta de casa con cierto nervio. Porque puedes engañarme a mí, pero no a ellos.
El veredicto fue inmediato y unánime.
Perros moviendo la cola como si lo conocieran de toda la vida. Gatos ronroneándole sin pudor, paseando sus colas por su cara, subiéndose a su regazo con la desfachatez de quien ha decidido: este sí. Él, sorprendido, quieto, dejándose hacer. Sonriendo. Rindiéndose.
El hombre al que “no le gustaban los animales” aprobó el examen con nota altísima. Y yo, sin decir nada, lo supe. Lo supe de esa forma tranquila y certera con la que se saben las cosas importantes.
Ahora, nueve años después, no solo les habla: mantiene intensas conversaciones con ellos. Discute, negocia, pregunta, responde. Es parte de la manada. Y la manada, que no se equivoca, lo adoptó para siempre.
La anécdota de las bragas sigue saliendo de vez en cuando. Es ya parte del folclore de nuestra historia. Nos reímos mucho recordándola. Pero con los años se añadió una segunda parte que la hace todavía más bonita.
Resulta que, en cuanto nos despedimos aquel primer día, él llamó a la chica con la que había quedado para cenar. Era su segunda cita con ella. Y le dijo, con una honestidad que hoy sigo agradeciendo, que acababa de conocer a alguien que intuía que iba a ser especial para él. Canceló la cena. Cerró una puerta sin saber del todo lo que abría.
Y tan especial fue —y es— que llevamos nueve años juntos.
Nueve años después, aquel hombre que disimulaba tras unas gafas de sol es el mismo que ahora plega mis bragas paracaídas con toda la naturalidad del mundo y me dice, mirándome de reojo y con media sonrisa:
—Cariño… esto casi que podrías tirarlo, ¿no?
Y yo lo miro, me río, y pienso que menos mal que aquel día me quité las sandalias, me senté fatal, mi manada dictó sentencia y yo no buscaba absolutamente nada. Porque a veces, cuando no buscas, es cuando encuentras lo que se queda.
Parvaty