A ver si las introvertidas están conmigo en esto. ¿Nunca os ha pasado como si vuestro carácter fuese tratado como algún problema de salud mental? Como si vuestra forma de interactuar con el mundo fuese algo patológico que un psicólogo tiene que solucionar.
Que sí, que la ansiedad social existe. Que ir con un exceso de vergüenza por la vida puede generarte problemas. ¿Pero tenemos claro que la introversión es otra cosa bien distinta?
El mundo es para los extrovertidos, lo tengo clarísimo y de ese burro no me bajo. Todo el mundo espera de ti que, en círculos sociales, hables mucho, alto, te rías, bailes, te hagas fotos y te muestres al mundo. Sí es cierto que hemos mejorado bastante en no señalar a la gente que hace planes sola como “rarita”; cada vez es más común que incluso en redes sociales intentes hacer ciertas cosas al menos una vez en la vida sin que nadie te acompañe.
Pero al menos en mi día a día hay cosas que no cambian. Por ejemplo, a algunas personas les agobia mucho mi silencio. Me ven callada y una voz en su cabecita les dice que me pasa algo malo. Y claro, eso no se puede consentir: necesitan hacer que hable, que opine, que me exprese…
Y en realidad me choca muchísimo ese tipo de reacciones, porque generalmente no me pasa nada. Estoy tranquilita, observando, disfrutando, disociando. A mi rollo, en mi burbuja feliz, vaya. Hablar en ese momento se siente como soltar a una familia de monos con platillos en un retiro espiritual en el Tíbet. ¿Por qué? ¿Para qué?
Me hace gracia esa gente cuyo principal consejo para el éxito es: “Habla más”. O igual tú tienes que hablar menos, Mari Carmen. Igual si te callas un rato consigues que yo hable y, de paso, aprendes a escuchar. Pero escuchar de verdad, ¿eh? Lo de poner la oreja mientras rumias qué soltar por la boca a continuación se queda un poco cojo. Escucha para comprender, no para responder.
A las personas introvertidas nos gusta hablar cuando sentimos que tenemos algo que decir. Tenemos una mayor tendencia hacia conversaciones más profundas. A veces nos apetece lo banal, la risa fácil, por supuesto. Pero cuando se habla de temas algo más serios o que llevan a la reflexión es cuando sentimos comodidad. Entonces, no te extrañe que si se está discutiendo sobre la bebida isotónica favorita de Mbappé, no digamos ni mú.
Por cierto, tampoco te extrañe si no hablamos porque en realidad desconocemos el tema. No siempre seguimos las tendencias ni vemos las mismas películas y series que quienes nos rodean. En esos casos nos gusta escuchar y aprender. Quizá nos preguntes otro día y sí tengamos una opinión al respecto.
No, las personas introvertidas no somos anti-gente. Nos gusta la gente. Pero en menor cantidad, en situaciones tranquilas y teniendo en cuenta que nuestra batería social no se recarga en compañía, sino en soledad. Nos gusta tener amistades, pero juntar a todas nuestras amistades y montar una fiesta por todo lo alto nos drena más de lo que nos ayuda.
Y la verdad, no, no todas quisiéramos ser diferentes. No anhelamos tener otra personalidad. Nos gusta ser quienes somos. Lo que no nos gusta es tener que estar siempre explicando que estamos bien, que no nos apetece hablar, que nos agobia opinar de lo que no sabemos y que preferimos un café con una sola amiga íntima que un viaje a Ibiza para veinte, aunque sea con todos los gastos pagados.
Lo único que queremos es nuestro lugar en el mundo. Nuestra mesa para una, como mucho para dos. Pasear a solas de vez en cuando. Incluso volvernos locas en casa cuando no tenemos a nadie alrededor. Porque sí, las personas introvertidas hacemos payasadas, bailamos, nos reímos. Pero a nuestra manera. Y es tan válida como la extroversión.