¿Yema de huevo duro en el pene?
No, no es una parafilia y tampoco es que viviera una aventura gastronómica-festiva con una estudiante de cocina. Más bien, es el reflejo fiel de la falta de educación sexual de los años 80 en este país. Tras la clase de Ciencias Naturales del quinto curso de la E.G.B. (solíamos decir: «la semana que viene nos enseñarán a follar»), nadie se molestaba demasiado en indicarnos cuáles eran los métodos más eficaces para mantener el pene limpio.
Evidentemente, ser alumno de un colegio de curas era sinónimo de que todo era pecado. Como decía el director: «te la tocas para mear y con la hojita parroquial, el resto de tocamientos te lleva directamente al infierno». Tras 12 años bajo semejante yugo, cuando llegué a la universidad se me abrieron las puertas del cielo para conocer a mujeres que no estuvieran encerradas en semejante burbuja.
Así fue. Hice la carrera en una ciudad vecina y, como sigue siendo habitual, no tenía demasiado dinero para comer fuera de casa a diario. La opción más económica era pedirse un bocata en un almacén situado a pocos metros de la escuela de enfermería. Allí me sentaba a comer al solecito y aparecían grupos de enfermeras que hacían exactamente lo mismo que yo. Una de ellas se solía mantener un tanto apartada del resto y como yo tampoco era muy sociable, no tardamos en congeniar. Por suerte, ella tenía piso en aquella ciudad y rara era la tarde que no íbamos allí a tomar café, o a charlar. De esto a lo que te imaginas hay solo un paso, pero la primera vez me pasó algo que todavía recuerdo.
Tras los besos de rigor, llegó el momento de quitarnos la parte de arriba y de seguir con el tema. Fue cuando ella me quitó los pantalones y los slips cuando me dijo que si me lavaba bien ahí abajo. Le dije que a diario, y me respondió: «he dicho si te lavas BIEN, no si te lavas nada más». Le comenté que no necesitaba operarme de fimosis y que la piel bajaba bien y ella me dijo: «ya lo veo, pero ¿qué me dices de la yema del huevo duro?». Había comido la noche anterior huevo duro y juro que pensé que se me había caído un trozo dentro de los slips o algo. Ella misma me enseñó una especie de piedra con el mismo color que una yema de huevo duro y yo no sabía de dónde había salido.
Fue entonces cuando me explicó que el esmegma se acumula entre el prepucio y el glande. Que si no lo lavaba a diario, se convertía en una pasta similar al requesón y que si pasaba mucho tiempo, el propio cuerpo lo iba limpiando y formando unas pequeñas piedras de color amarillento que terminaban saliendo por el prepucio. De no limpiarse bien el pene, podría desarrollar mal olor, balanitis y varias dolencias más. Me quería morir de la vergüenza y ella me dijo: «no pasa nada, te demuestro cómo se hace».
He de reconocer que mientras me iba explicando los pasos aquello fue de lo más aséptico, nunca mejor dicho. De hecho, al echar la piel para atrás me dio casi una clase teórica de lo que había allí. Cuando esperaba que me dijera «y ahora te vas a tu casa a lavarte y olvídate de mí», me dijo «y ahora que está totalmente limpio, vamos a terminar lo que empezamos». Fue increíble e incluso repetimos en alguna ocasión antes de tomar caminos separados. Jamás le agradecí lo suficiente que mirase tanto por mi salud. Eso sí, en los siguientes encuentros siempre revisaba que todo estuviera bien limpio…y lo estaba.
Anónimo
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