Te lloré a mares. Te lloré a ti, mientras en realidad me deshacía una a una de todas mis creencias sobre el primer amor, sobre el amor romántico, sobre las almas gemelas, sobre el príncipe azul, sobre el hilo rojo, sobre sufrir por amor y sobre los paraísos que se encuentran en cabezas ajenas.

Decidí vivir sin olvidarte, enfrentándome al recuerdo con la esperanza de que algún día no dolería tanto. Y se que dejarte era lo que tenía que hacer, pero fue tan inevitable como difícil. Dolía, quemaba, me quitaba el aire del cuerpo, mataba mis más íntimas esperanzas, me hacía perder la fe en la personas…

Si, fue la decisión correcta, la que me trajo hasta aquí, a la vida que hoy tengo. Decicí vivir sin olvidarte, pero sobre todo decidí vivir sin olvidarme a mi misma, sin renunciar a nada de lo que soy, de lo que quiero, de lo que puedo.

Contigo abandoné la perfección conmigo mientras lloraba, la dejé para los diseños impecables que solo existen en la publicidad, para la luz de las fotografías que me gusta tomar y para la perfecta curva que ahora dibujan las pestañas de mi hija al descubrir el mundo.

Las fotografías no son gente muerta o paisajes pasados como te gustaba pensar, son instantes de luz perfecta. Son esperanza de que habrá más y más momentos e instantes de luz perfecta. Son como los besos que le doy a mi hija, un crédito infinito a toda la felicidad de la que las personas somos capaces.

Me costó mucho volver a respirar profundo, pisar fuerte, estirarme, vestirme en color y reír con ganas.  El premio fue encontrarme a mi misma, cierto. El coste, la inocencia que murió en el proceso.

Aprender que no eras, como dicen las canciones, el último hombre en la tierra. Que el tiempo puede borrar algo tan poderoso como el recuerdo de mi piel en tu piel, que no estábamos solos tu y yo, que el mundo puedo descubrirlo y disfrutarlo sin que tu me abras la puerta.

Gracias por enseñarme que si, que puedo hacer cualquier cosa, que no te necesito, que no necesito tu compasión ni tu aliento constante. Soy fuerte si, más de lo que yo misma imaginaba. No necesito un matrimonio, no necesito una hipoteca, no necesito un papel que me una a nadie. La estabilidad me la doy yo a mi misma y en cualquier caso, está sobrevalorada.

Escojo cada día la vida que tengo, nada es ya fruto de una decisión pasada de la que podría no estar segura. No dejé de ser tuya para ser de él, porque no soy más que mía, patria eso si de mi hija. Mi único territorio está en realidad en esos momentos de perfecta luz.

Cuando empecé a pensar en lo que yo quería, empecé a conseguirlo. Construí alrededor de mi nueva autoestima un espacio con tiempo para mi, para mis amigos y amigas, para leer, para pensar, para el amor, los besos, la familia…

Aunque ahora fuera llueve y hace frío, sólo puedo pensar en lo cálido que es ahora mi mundo y te recuerdo con una sonrisa porque si, te lloré a mares, te lloré a ti, pero tú como yo no eras más que otra víctima de mil creencias que no eran nuestras.

Carme Casado