La primera vez que fui a la boda de una amiga, me hizo mucha ilusión.

A la cuarta me lamenté amargamente por que la gente me hiciera partícipe de sus decisiones de vida, obligándome a soltar euros que no tengo y a estar en eventos llenos de un postureo y una ñoñería que repudio.

A la décima decidí no ir a la peluquería, maquillarme en casa, comprarme el atuendo en Shein y no hacer esfuerzos que no puedo hacer con el regalo.

A la vigésima he aprendido a quedarme solo con lo que me suma de todo esto: la comida, la bebida, el bailoteo, la cháchara y hacer bomba de humo sin mirar atrás en cuanto me canse.

No me ha agradado especialmente ser invitada a ninguna boda. ¿Por qué coño he ido? Pues por cobardía pura. Porque era más fácil pasar por el aro que decir que no, exponerme a la molestia o el rechazo, a perder una amiga o amigo y a ver mi círculo reducido a la mínima expresión. He ido y ya está, incluso teniendo que hacer viajes largos y pagar noches de hotel.

Durante todo este tiempo, ENCIMA, he tenido que escuchar muchas veces la verdad incómoda de las bodas: “te sientes coaccionada a venir porque no te gustan y, encima, no eres mi invitada, eres una más para apoquinar”.

Supe de una amiga a punto de casarse que le preguntó a otra, recién casada, que cuánto le habíamos dado el resto de amigas.

Supe que todas mis amigas casadas tienen apuntado los nombres de los invitados y el importe que soltaron.

Una pareja de amigos me animó a casarme porque “la gente te da para pagar el convite, un viaje y te sobra”.

Una amiga de mi hermano iba pasando por las mesas con su zurrón o como coño se llame. Cuando iba a llegar donde estaba él, alguien la interceptó y se quedó charlando. Al ratito, volvió adonde estaba mi hermano y le dijo: “Tú no me has pagado todavía, ¿no?”.

Y luego mi madre:

“Joder, ¿por qué no te casas? ¿Qué más te da? ¡Con los dineros que yo llevo dados!”.

Todos los amigos y familiares que han pasado por el altar, TODOS, me hacen sentir como si estuviera perdiendo dinero por no montar el “tinglao”. Incluso los que no se han casado porque no tienen pareja, y rajan de todas las bodas, me dicen: “Deberías casarte, aunque fuera en una ceremonia más discreta que las bodas de princesas y princesos que se montan estos cabrones”.

Pues yo perfectamente iría al juzgado con mi amado y soltaría 15 o 20 € a un par de personas que pasaran por la calle en ese momento para que entrara a firmar. O se lo pediría a mis vecinos jubilados. Y luego los invitaría a comer y, la misma tarde, le diría a mis padres: “Bueno, viejitos míos, que me he casado”. ¡Y ya está! Mi chico sí que haría algo más, pero, siempre que nos ponemos a hablar de ello, nunca alcanzamos una idea clara de algo que nos guste a los dos.

Pero es que es verdad que llevo muchos euros soltados. He alimentado una dinámica que sería similar a ir echando dinero en una hucha para abrirla en el futuro, pero, justo a la hora de abrirla, yo me retiro y no llego al reparto. Algo mucho menos arbitrario e imprevisible que no echar tu número del Euromillón de siempre justo la semana que toca.

¿Qué hago? ¿Monto una fiesta chica o grande para recoger lo dado? ¿O me tomo cada sobre dado como una inversión en una fiesta y ya está (cara, pero fiesta al fin y al cabo)?

Si me caso, volveré aquí para contar unos preparativos insólitos: los de alguien que se casa sin querer casarse y no por celebrar amor, sino por hacer a la gente pasar por caja.