Tengo una prima adolescente a la que trato como una sobrina, por la cercanía y la diferencia de edad. Pasamos bastante tiempo juntas y hay confianza y complicidad, de manera que ella suele contarme sus cosas y yo la escucho y aconsejo.
Nunca ha destacado especialmente en lo académico. Ha ido siempre a trancas y barrancas, quedándose entre el aprobado y el bien, sin más. En el grupo del montón, ni entre los mejores ni entre los peores. En su primer curso de la ESO, llegó la pandemia y se suspendieron las clases, como ya sabéis, así que, como muchos otros niños de su edad, perdió ritmo.
Ahora está estudiando segundo de Bachillerato, un curso clave. Con esas edades tienen tiempo para equivocarse y reconducir, no es que vaya a emprender un camino sin posible vuelta atrás. Pero, considerando cuánto le cuesta avanzar, temo que se canse y se decepcione antes de tiempo, así que querría animarla a que tomara una decisión meditada.
El desajuste de expectativas
Soy “millennial” vieja, por lo que pertenezco a la generación más decepcionada por el desajuste entre expectativas y realidad, posiblemente. Tengo claro que a mi prima no le voy a decir lo que nos decían nuestros padres a nosotros: “Estudia una carrera, que es lo que tiene mejor futuro”. Tal vez fue así para la generación del baby-boom y anteriores, cuando se licenciaba una minoría. Ahora sacan centenares de nuevos graduados en lo mismo año tras año.
Tampoco voy a decirle aquello que motivó las elecciones de las gentes de mi generación: “Estudia lo que te gusta y estarás motivado/a para abrirte camino entre tanta competencia”. Sea lo que sea lo que te guste, el trabajo no deja de ser un medio de subsistencia. Si no hay trabajo, no hay guita. Y una, cuando no tiene guita, se desespera mucho. Yo salí de mi carrera pensando que me iba a comer el mundo y que a perseverancia no me iba a ganar nadie, así que lo conseguiría tarde o temprano. A día de hoy, no estoy donde quiero y siento que debería estar profesionalmente, cuando casi toco los 40 años.

Elegir de modo realista
Mi prima quiere estudiar Educación Primaria porque le encantan los niños. No quiero disuadirla y que deje de perseguir sus sueños, pero también querría que estuviera preparada para lo que se le viene encima. En mi comunidad autónoma, al menos, además de haber una competencia brutal, las oposiciones están imposibles. Se convocan plazas regularmente, pero hay gente con notas altísimas encadenando empleos precarios en otros sectores a la espera de que se mueva la bolsa, y no se mueve. Es doloroso ver a gente tan decepcionada, frustrada y cansada alrededor.
Entre que a ella le cuesta y que no lo tiene nada fácil por el entorno, creo que lo más sensato es decirle la verdad. Porque quizás ella crea lo que yo creí en su momento, que con constancia e ilusión todo es posible, pero la vida pasa y una no puede desarrollar sus proyectos personales porque no tiene un empleo estable que ha sido su máxima apuesta.
Lo que querría transmitirle a mi prima es todo lo contrario: la vida está antes que el trabajo. Céntrate en buscar unas condiciones materiales adecuadas que te ofrezcan el bienestar que buscas tener, es decir, un trabajo con un salario adecuado y que no te cueste la salud física, mental y emocional. No necesariamente tiene que corresponderse con tu vocación, aunque sí debería ser algo que no te cueste hacer, incluso te agrade.
Una vez lo tengas, construye desde ahí. Con independencia, la nevera llena y las facturas pagadas, se tiene tranquilidad y entusiasmo para hacer otras cosas, por ejemplo, seguir estudiando y avanzar hacia aquello que verdaderamente te motiva.
¿Eso cómo se materializa en elecciones concretas? Lo que yo aconsejaría a los jóvenes de hoy, con lo que sé, es que elijan un sector o dos que les guste, y luego busquen en informes y análisis del mercado laboral qué puestos están más demandados o tienen más salidas a largo plazo. Si para formarse tienen que hacer un ciclo medio, uno superior o una carrera, que se decanten por lo práctico sin idealizar nada, ni la supuesta altísima empleabilidad de la FP ni la vibrante vida universitaria.
No sé si estoy pecando de lo que suelen pecar los adultos, sobre todo, los padres: evitar que los jóvenes comentan los errores que nosotros cometimos. Decida lo que decida, la apoyaré, pero si puedo ayudarla a alcanzar una decisión informada, lo haré. Lo difícil será guardar el equilibrio entre ser realista y desilusionarla.
Adultos/as con hijos/as u otros/as familiares que han pasado o están en esta tesitura: ¿cómo lo hicisteis y hacéis?