Mis padres digamos que no fueron los mejores padres del mundo. Mi padre trabajaba fuera de casa tantas horas que a veces su presencia era casi anecdótica. Salía cuando yo aún dormía y volvía cuando ya estaba en pijama. Hasta trabajaba algunos fines de semana.

Más testimonios reales en whatsapp, pincha aquí

Mi madre, por su parte, estaba volcada en el cuidado de mis abuelos. Eran mayores, dependientes, y requerían una atención constante. Y claro, alguien tenía que hacerlo. Ese alguien fue ella. Yo lo entendía porque cuando eres niña crees que lo que ocurre en tu casa es lo normal. No te planteas que pueda haber otras realidades.

A cierta edad, pasaba más horas sola en casa o en casa de alguna vecina que con mis propios padres. Me hice independiente pronto. Maduré por obligación. Aprendí a merendar sola, a hacer los deberes sin ayuda, a no molestar demasiado. Fui esa niña que no da problemas.

Durante años normalicé esa dinámica. Cuando fui adulta me repetía que mis padres hicieron lo que pudieron. Jamás los culpé de nada.

Tener unos padres ausentes te marca mucho. La herida del abandono estaba en mí, aunque yo no me diera cuenta.

Conocí a mi pareja cuando teníamos 20 años y a los 21 estábamos viviendo juntos. Me quedé embarazada a los 23. Era aún muy joven, pero ya os digo que siempre fui muy madura para mi edad. No fue algo buscado, pero tampoco nos supuso un drama. Ambos trabajábamos, vivíamos juntos y tenías una estabilidad económica y emocional.

Cuando me quedé embarazada, una parte de mí —la niña que fui— se ilusionó. Pensé que quizá ahora sería distinto con mis padres. Mis abuelos ya habían fallecido y mi madre no tenía que cuidar de nadie, así que pensé que el título de “abuela” le vendría perfecto. Que se ilusionaría con su primer nieto y se preocuparía por él.

Pues me equivoqué. Es cierto que cuando nació mi hijo, mis padres estaban muy contentos. Al principio me llamaban casi a diario para preguntarme por el bebé, pero a mi casa venían poco. Sólo veía a su nieto cuando se lo llevaba yo.

Pero el primer palo gordo me lo llevé cuando tenía que incorporarme al trabajo tras el permiso por maternidad. Le pedí a mi madre que se ocupara de mi hijo, puesto que ella no trabajaba en ese momento, y me dijo que no. Que hacía muy poco tiempo que había fallecido mi abuela, que llevaba casi veinte años encargándose de sus padres y que ella ahora quería vivir.

Así que me lo dijo. Lo entendí y lo acepté. Mi madre no quería volver a cuidar de nadie. Y aunque me doliera, tenía derecho.

Pasaban los meses y seguían igual. No venían a vernos y las llamadas cada vez eran más esporádicas. Si les decía algo, me decían que ellos estaban muy ocupados, que fuera yo a su casa que estaba “de vacaciones”. Yo no estaba de vacaciones, me tuve que pedir una excedencia en mi trabajo porque mi madre se negó a quedarse con mi hijo y no tuve otra opción.

Al final, he tenido que aceptar algo que duele: no puedes exigir como abuelos lo que nunca supieron dar como padres.

Durante un tiempo me enfadé. Mucho. No solo con ellos, también conmigo. Porque en el fondo, la que había construido esa fantasía era yo. Nadie me prometió nada. Nadie me dijo: “Cuando tengas un hijo estaremos ahí cada tarde, te lo cuidaremos, seremos los abuelos que tú no tuviste como padres”. Eso me lo inventé yo. Lo fabriqué desde la carencia que arrastraba desde niña.

Mi madre estaba viviendo una vida que había dejado aparcada. Salí a tomar café, se apuntó al gimnasio, se iba de escapada con las amigas, hasta habló de volver a estudiar. Al final, era una persona aún joven y tenía el mundo a sus pies, ahora que no tenía que dedicarse en cuerpo y alma a dos personas enfermas.

Lo que único que siempre me molestó es que me desatendió a mí para atender a sus padres. Yo no estaba enferma, pero era una niña que aún necesitaba a su madre. Necesitaba que se pusiera conmigo a hacer los deberes, necesitaba que se sentara conmigo a comer, en vez de calentarme un tupper que me dejaba hecho por las mañanas. Necesité tantas cosas y ella nunca estuvo.

Y mi padre… bueno, mi padre seguía siendo mi padre. Un hombre que había vivido siempre volcado en el trabajo. Que nunca supo muy bien cómo estar presente emocionalmente.

Entonces claro, si fueron padres ausentes, ¿cómo se me pasó a mí por la cabeza que iban a ser abuelos entregados?

Lo mejor es sanar nuestras heridas y aceptar la realidad. Mi hijo tiene unos abuelos que lo quiere, a su forma, y que no puedo pedirles más porque no me van a dar más.

 

Escrito por Raquel Acosta, basado en la historia real de una seguidora.