Hace tres años me encontraba en un bucle negativo del que era incapaz de salir. Me estaba afectando en mi relación de pareja y en mi profesión, sobre todo, pero también en el trato con mi familia y mis amigas. En una crisis que me tuvo dos días enteros casi sin salir de la cama ni dejar de llorar, me decidí a hacer algo que hacía tiempo que rondaba mi cabeza: ir a terapia. Lo había pospuesto por priorizar otros gastos, hasta que me convencí de que no había mayor prioridad que mi salud.

Antes de empezar, pensé que la terapia me serviría para encontrarme bien emocionalmente y, así, estando en equilibrio, centrarme en mis metas profesionales y personales para avanzar. Pero no. Mi hito más importante fue descubrir que yo no necesitaba una coach que me ayudara a estar siempre bien para cumplir con mi alta autoexigencia. No necesitaba un planning para triunfar en la vida. Lo que necesitaba era reformular objetivos y valores personales sin presiones sociales ni comparaciones con los demás, y construir mi bienestar desde dentro.

Durante el proceso, la terapia me enseñó a relacionarme mejor con los demás. Yo entendía las relaciones como un ejercicio continuo de dar (y luego recibir en una proporción infinitamente más pequeña), anteponiendo lo que quisieran los demás a mis propias preferencias y necesidades. Así que también fue un hito aprender a decir que no y poner límites de forma asertiva.

¿Qué pasó? Que encontré la hostilidad de mi entorno.

Ya no me gustas tanto

Cuando pones límites y te priorizas, hay personas que pierden ciertos “privilegios” o favores de los que gozaban a costa de tu paz mental. Hasta entonces había sido muy cómodo para algunas personas que yo hiciera cosas sin ganas y sin tener que hacerlas. Y, luego, todas esas cosas que dejé de hacer se convirtieron en reproches que pretendían hacerme sentirme culpable para devolverme al camino anterior.

Mis amigas, por ejemplo, se habían acostumbrado a que yo llevara la iniciativa en la organización de eventos, fuera una quedada de sábado o una despedida de soltera. Lo hice durante años. No dejé de hacerlo ni siquiera cuando la tarea me incomodaba, por el miedo a qué pensarían.

Una de las más “afectadas” por mis límites fue mi madre. Aprender a identificar sus chantajes emocionales me ha servido para no hacer cosas que no quiero, sin que me afecte su ristra de reproches del tipo “Yo tengo asumido que quieres estar con todo el mundo, menos conmigo, no te preocupes”.

Una vez, discutiendo con ella por algo que me afeó, buscando mi culpa, me soltó sin venir al hilo de la conversación: “Muy bien, hija. Tú sigue yendo a la psicóloga, que te va muy bien”, con toda la mordacidad que pudo. Mi madre es de esas personas que creen que ir a terapia te vuelve egoísta e incapaz de hacer nada por los demás.

Pues sí, soy superior

Al hilo de aquel comentario con tanta inquina me pregunté si me siento superior por ir a terapia y he llegado a la conclusión de que sí. Sí, me siento superior.

Me siento superior a todas esas personas incapaces de gestionar sus movidas internas y, en lugar de resolverla por su cuenta o pedir ayuda, se dedican a desquitarse lanzando su mierda a los demás, en plan catapulta.

Me siento superior a todas esas personas que utilizan el chantaje emocional con el que buscar la culpa en los demás, pensando que es válido, solo porque ellas lo llevan padeciendo toda su vida.

Me siento superior a todas esas personas que confrontan continuamente, con agresividad y cero empatía, porque priorizan desahogarse. Y, si les pides explicaciones de sus palabras o acciones, te dicen que es que ellas son así, que no se lo tengas en cuenta, que a los cinco minutos se les ha pasado y que no guardan rencor, y tú tampoco deberías.

Me siento superior a todas esas personas que recurren a la manipulación día tras día para seguir obteniendo los favores que obtienen de los demás, sin importarles cómo se sienten.

Pero, sobre todo, me siento superior a la versión de mí previa a comenzar la terapia. Siento que he evolucionado y estoy más a gusto conmigo misma. Por todo ello, ha merecido la pena cada céntimo invertido, cada ejercicio y cada cara de decepción, aunque no estuviera haciendo nada decepcionante.

Esse