AMOR, RIESGO Y PAPELEO: SER DOCENTE NO ES PARA CUALQUIERA (AUNQUE LO PAREZCA)
Trabajar con niños y adolescentes es, ante todo, un acto de amor. Amor del auténtico, del que no se exhibe porque no siempre es bonito ni fotogénico. Amor que implica paciencia infinita, contención emocional y una capacidad casi sobrehumana para volver a empezar cada día como si ayer no hubiera pasado nada. Intentar que además aprendan es ya un deporte de riesgo, modalidad extrema. Aquí no hablamos de riesgo simbólico: hablamos de entrar cada mañana en un aula sin saber si hoy tocará aprendizaje significativo, crisis emocional, conflicto familiar, drama existencial o todo junto antes de que suene el timbre del recreo.
Más testimonios reales en whatsapp, vente
Porque sí: cuando suena el despertador a las 6:30 de la mañana, cuesta levantarse. Cuesta mucho. El cuerpo protesta, la cabeza negocia cinco minutos más y el café aún no ha hecho su magia. Pero, curiosamente, a mi hora, puntualmente, estoy allí. Con una sonrisa en la cara. Dando los “buenos días”, repartiendo abrazos, secando lágrimas si hace falta o rehaciendo peinados que han llegado deshechos por la prisa o por la vida. Porque antes de enseñar, hay que acoger. Y eso, por desgracia, no aparece en ninguna programación oficial.
Luego está el papeleo. Ese universo paralelo donde parece que la calidad docente se mide en número de documentos subidos a una plataforma que siempre falla cuando más la necesitas. Formularios, informes, rúbricas, registros, actas, anexos y subanexos. Programaciones de treinta y pico páginas —o más— con objetivos, contenidos, criterios de evaluación e instrumentos de evaluación. Instrumentos que, por cierto, no son un adorno administrativo para decorar carpetas: hay que diseñarlos, aplicarlos, analizarlos y justificarlos. Pero tranquilos, que “solo damos clase” y, entre descanso y descanso, hacemos collares de macarrones.
Porque socialmente la docencia está tan mal valorada que parece que puede ejercerla cualquiera. “Si total, eso lo hace todo el mundo”. Pues id. De verdad. Sacaros el título. Superad oposiciones, prácticas, evaluaciones. Entrad en un aula real, con diversidad real, con ritmos distintos, con necesidades específicas, con alumnado que no siempre viene desayunado ni abrazado de casa. Haced los famosos collares de macarrones… y luego entregadle a dirección una programación coherente, ajustada a normativa, defendible pedagógicamente y aplicable en el día a día. Y después hablamos de lo fácil que es.
No quiero desmerecer otras profesiones, que todas tienen sus pros y sus contras. Pero sí quiero subrayar que el trabajo educativo ha ido perdiendo credibilidad en la sociedad. Se nos cuestiona constantemente, se nos reduce a clichés y se ignoran los retos reales de nuestro día a día.
A esto se suma la gestión cotidiana con algunas familias que confunden la escuela con una extensión del hogar. Si la criatura no quiere comerse el kiwi porque “no le gusta”, se lo encasquetan en la mochila para que tú le obligues a desayunar. No, querida familia, ese no es mi trabajo. Educar no es externalizar lo incómodo ni delegar los límites básicos.
Y luego están las reuniones. Los viernes yo también quiero plegar a mi hora. Aunque vosotros, familia de Nombre Aleatorio, no tengáis prisa. Yo también tengo hijos. Yo también tengo una familia. No, no puedo hacerte una entrevista el viernes a las 17 horas porque “no puedes salir antes del trabajo”. Señora, ¿qué cree que hago yo en la escuela si no es trabajar? ¿Vivo aquí? ¿Me alimentan a base de fotocopias? ¿El conserje me desincha cada noche y me guarda en el cuarto de material?
Gestionamos conflictos, frustraciones, miedos, rabias, expectativas familiares y nuestras propias emociones. Y lo hacemos día tras día, aunque eso no aparezca en ningún documento oficial. Porque esto también nos lo llevamos a casa. Se queda rondando mientras hacemos la cena o intentamos dormir. Porque hay docentes trabajando en lugares imposibles, en auténticas trincheras educativas, donde el dolor no es una metáfora y donde la falta de alimento, dinero o amor es real. Donde hay abandono y negligencia familiar, y donde, además de enseñar, hay que coordinarse con servicios sociales para proteger a quien debería estar protegido de serie.
Hay docentes que preparan bocadillos de más el día que van al bosque de al lado del cole a pasar la jornada, porque saben que algunos alumnos llegarán con una magdalena envuelta en plástico, chafada, como único almuerzo. O directamente sin nada. Sin desayuno. Y entonces tú —y tu respectiva pareja— la noche antes habéis estado una hora preparando bocatas de queso. De queso, sí. Porque el queso lo puede comer cualquiera, sin tener en cuenta el tono de piel, el origen o la situación administrativa. Porque el hambre no entiende de burocracia ni de prejuicios, y porque a veces educar empieza por algo tan básico como que nadie se quede sin comer.
Y aun así —o quizá precisamente por eso— se crea un vínculo. Un vínculo real. Un lazo que se cuela por la piel sin pedir permiso. El amor que vuelve en forma de dibujos de princesas con tu nombre mal escrito, corazones torcidos y colores imposibles. O esos “gracias, profe” de secundaria, dichos en voz baja, medio avergonzados, como si mostrar gratitud fuera un acto revolucionario. Esos momentos no se evalúan, pero sostienen años enteros.
Llevo 23 años en esta profesión. Veintitrés. Y no solo sigo aquí, sino que la adoro. No porque sea fácil, ni cómoda, ni especialmente reconocida. La adoro porque no serviría para hacer otra cosa que enseñar. Porque pese al riesgo, al papeleo, al cansancio y a la falta de valoración social, sigue teniendo sentido.
Si esto de la docencia son “tres meses de vacaciones”, entonces que alguien me explique cómo se mide el tiempo que pasamos cuidando, enseñando, acompañando y no dejando que nadie se caiga. Porque yo sigo aquí, mañana a las 6:30, esperando a mis alumnos, como siempre.
Parvaty