Follodrama: el que no quería pelos en la cama

 

Empezaremos la historia por la parte fácil: chica conoce chico en una aplicación, se gustan, hacen match y quedan para tomar algo. Eso son los preliminares. Sí, amigas, esos son los preliminares, y no lo que normalmente nos hacen creer. Si nos tocan o nos dan placer de cualquier modo que no sea penetración, eso no es un preliminar, es sexo. Todo lo que haya en el dormitorio (y en la cocina, despacho, encimera de la cocina… ya paro) menos dormir, es tener relaciones sexuales. 

Total, que me voy por las ramas. Quedé con el susodicho, llamémosle Pepe. Pues don Pepe era todo un galán: educado, respetuoso con camareros y camareras (siempre me fijo en ese detalle), voz sexy y, por qué no decirlo, una espesa mata de pelo negra sobre su cabeza que me volvía loca. Una, que tiene sus fetiches. Lo que yo no imaginaba es que de pelos iba a ir la noche, que a eso voy.

Entre risas y haciendo ver que no íbamos a mi casa (pero spoiler, sí), nos pillamos en el sofá del comedor de unas maneras que ni el circo del sol, y eso que aún llevábamos parte de la ropa puesta.

Y ahí, de repente, es donde vino el problema: me baja las bragas con fiereza (señora Intimissimi, perdóneme por favor) y le veo cenizo. Quieto, inmóvil, observándome sin saber qué decir. Yo tampoco, la verdad, porque poco menos que creía que me había salido un alienígena ahí abajo.

Cuando me atreví a articular palabra tras unos segundos eternos, le dije: «¿Pasa algo?».

A lo que me mira a los ojos con cara de cordero degollado y me responde: «Tú… ¿no te depilas?».

Ay, la madre que lo parió, poco campo tenía para correr el mozo si me hubiera pillado de otro ánimo. Pero ahí estaba yo, in fraganti, cogida por sorpresa (y por los bajos) y, qué queréis que os diga, no me salió otra cosa que explicarle a don Pepe que el mío propio tenía su ecosistema y pelaje. 

Que no me daba la gana de depilarme el coño, vamos. Estoy así muy a gusto y punto pelota. Pues anda que al niño remilgado le dio cosa, más bien asquete por cómo torció el morro, de modo que hice un gran bostezo, le dije que me caía de sueño y le eché poco cortésmente. Eso sí, como podéis imaginar, él de depilación poca. Que tenía aquello asilvestrado y los huevos colgones bien peludones. Si te da asco el pelo, quítate el tuyo, ¿no?

En cuanto salió por la puerta le bloqueé. Temes llevarte a la cama un pelito, revisa primero tus huevitos. Nadie tiene que juzgarme por si me depilo o no.

Ega