Cucaracha-gate: la situación que me hizo perder el sueño (y la dignidad)
Acompañadme en esta triste historia de una calurosa noche de verano cualquiera…
Málaga, agosto, 27 grados a las 5:30 de la mañana… cuando además del calor me despierta un nudo en el gemelo. Como puedo me incorporo para poner el pie en el suelo para que se me quite con el frío. Una mierda para mi, el suelo es lava.
Me levanto a ver si con el movimiento se me quita y aprovecho para ir al baño. Y ahí sentada en el váter, mi nudo, mi torta y yo, me quedo absorta mirando la pared.
(Hago un inciso para aclarar que en la parte baja de la pared de mi baño hay una pletina de algo que hubo enganchado en su día y que yo siempre que voy medio dormida a mear, confundo con un bicho).
Sigo absorta mirando la pared hasta que pienso: «la pletina no estaba tan arriba». ME CAGO EN MI PUTA VIDA. Lo que estaba mirando no era la pletina, era una p*ta cucaracha del tamaño del dragón que estoy criando en la cocina a temperatura ambiente. Y yo sola, porque precisamente esa noche mi hijo preadolescente decidió quedarse a dormir en casa de los abuelos.
Me espabilo del tirón… Yo, pero mi nudo no. El nudo parece ya el de los auriculares cuando los metes en el bolso (sí, yo los tengo de cable todavía, que los otros no me gustan). Corto el chorro automáticamente y me voy cojeando hacia la cocina a por el insecticida. Y no, no tengo insecticida de cucarachas porque en mi obsesión maníaca por que no me entren, a cierta hora y religiosamente, cierro la única ventana que no tiene mosquitera. Pero esa noche se me olvidó. Así que me pillo el de las moscas, siendo consciente de que cuando le eche eso al bicho la hija de p*ta se va a morir de la risa y no envenenada. De paso cojo también la escoba. ¿Pa qué? Pues no sé, ha sido inercia, por si ataca, digo yo…
Me dirijo con el insecticida de moscas y la escoba a la puerta del baño y sin entrar pero de refilón veo que el bicho no se ha movido del sitio. Aro, debe de estar súper tranquila sabiendo que además de no tener cucarachicida, voy coja. No le supongo un peligro. Vacío medio spray desde la puerta hasta donde está el bichito y empieza a corretear. Echo así a volea un par de rafagazos más y cierro la puerta del baño. Me voy a dormir, orgullosa.
Y una vez en la cama, mi cerebro que es maravillosamente c*brón, se pone a maquinar: «¿Sabes que le has echado matamoscas a una cucaracha?» “¿Y sabes que te has quedado a medio mear?” “¿Eres consciente de que tu única esperanza es el niño, quien con toda probabilidad no se levante antes de las once de la mañana?”
Así que ese día, a las 6:00 de la mañana en mi historial de búsqueda de Google se podía encontrar lo siguiente:
– Cuánto tiempo puede vivir una cucaracha sin comer
– Cuánto puede aguantar una persona sin mear
– Cuánto vale una mosquitera para la ventana.
VirPino
