Un dolor de cabeza. Algo normal, ibuprofeno y tirando.
Llevaba meses sin trabajar, me quedé embarazada, no me renovaron y no había quien me contratase embarazada. “Me lo tomaré con calma” pensé. Mi hija nació y dediqué los cuatro primeros meses completamente a ella. Después del período de “maternidad”, aunque no reconocido porque no tenía ni paro, decidí hacer un curso de compromiso de contratación.
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A las pocas semanas de empezar el curso empecé a tener dolores recurrentes de cabeza. Y yo que suelo padecer de migrañas, no me pareció extraño. Lo achaqué a que después de más de un año sin ponerme delante de tantas pantallas, me estaba afectando a la vista y, por ende, a la cabeza.
Las semanas pasaban y el dolor de cabeza no se me iba. Fui a junto mi médica de cabecera, la típica que te “receta” agua y bajar de peso para todo, aunque te hayas roto un pie. Me miró de arriba hacia abajo, me dio con un martillito en la rodilla, me pidió que caminase recto, y evaluó que estaba perfectamente. “Será lo que dices, tanto tiempo delante de pantallas después de tanto tiempo sin haberlo hecho”. Tenía todo el sentido del mundo.
El dolor de cabeza comenzaba a ser incapacitante, no podía tener una conversación normal, el ojo parecía que iba a salir de su órbita y notaba pulsaciones en el cerebro. Decidí que lo mejor era ir al oculista aunque me dejase un riñón, pero esto empezaba a sonar mal.
Me hicieron una evaluación exhaustiva de la vista y vieron que mi tensión ocular estaba en unos valores tan altos que el riesgo de perder la visión era prácticamente inmediata. “Sal de aquí, vete a urgencias y pide la siguiente cita para dentro de una semana”.
Mi marido que me esperaba fuera con nuestra hija me preguntó que tal… “A URGENCIAS, CORRE”. El pobre se quedó blanco mientras se lo iba contando. En urgencias volvieron a realizar la misma valoración que en la médica de cabecera: martillito en la rodilla, caminar recto y adicionalmente un ejercicio de “fuerza” (apretarle la mano). ¿Veredicto? Todo está normal. Al salir llamé al oculista y me dijo que pidiese cita urgente con un neurólogo. Llamé a absolutamente todas las clínicas privadas de mi Comunidad Autónoma y me daban para el día siguiente en una… a 200km. Pero allí fuimos.
Tuve suerte que, en la cita con el neurólogo, me derivó a un TAC y ya había cita ese mismo día. De los nervios no había desayunado, así que pude hacerla en ese momento. El diagnóstico llegó 3 días más tarde. Síndrome de la silla turca vacía.
Al principio el diagnóstico me parecía un vacile ¿silla turca vacía?. Fui al oculista con el diagnóstico y con toda la medicación que me había dado el neurólogo. Definitivamente aunque estuviese saludable, perder peso de forma rápida y urgente era vital para no perder la vista ya.
Desde hace 6 meses he logrado bajar 20kg y no he vuelto a tener un dolor de cabeza así. Esta situación me ha hecho replantearme cuantas veces me “ha dolido la cabeza” y lo he dejado pasar, cuando mi cuerpo probablemente me estaba dando avisos de lo que se me venía encima. Y lo que es peor, si hubiese dejado pasar un poco más de tiempo, podía haberme quedado ciega.
