“Solo tengo diez euros”. La cita más rácana de mi vida
Año 2015. Comienza el curso, conoces gente nueva, cada uno es de una punta del mapa y te apuntas hasta a un bombardeo, porque quieres integrarte y salir en todas las fotos del videomontaje de fin de máster con música de Imagine Dragons (eso es así).
Había gente muy molona en clase y, como teníamos el turno de tarde, cogimos la costumbre de quedarnos después por ahí a tomar algo hasta por la noche. A las pocas semanas de haber empezado, ya teníamos el típico bar de referencia donde suelen ir los estudiantes, de esos en los que ponen ofertas de cubos y las jarras tiradas de precio.
Pues bien, andaba yo pirradita por integrarme cuando empezó a hacerme tilín uno del grupo que se veía como más timidillo. Era monísimo, pero muy callado, le costaba intervenir, y era el típico que se quedaba relegado en un segundo plano asintiendo y riendo las coñas de los demás, pero que te mira dulcemente y, a la vez, con cierta picardía. Sí, el típico que te deja intrigadísima, que dices tú “a saber lo que estará pensando”, pero tiene carita de buena persona, un estilo así a Joe Goldberg, el prota de You.

A lo que iba, que me tenía el corazón arrebatao y, un día, no sé cómo, le acabé hablando. El chico parecía interesado, me siguió la corriente y, con la tontería, acabamos charlando toda la noche muy guay. Cuando llegué a casa le abrí conversación por privado (hasta ahora solíamos hablar por el grupo de clase) y le solté una de las coñas de aquel día. Aquello le debió gustar porque me propuso quedar al día siguiente SOLOS para tomar algo en el mismo bar.
Yo no quería hacerme ilusiones, pero por el rollo que habíamos tenido aquella noche se veía que teníamos química y el chaval parecía que quería conocerme mejor, si no, ¿a santo de qué me iba a proponer salir?
Total, que a la tarde siguiente nos vimos allí. Nos pedimos un cubo de botellines y todo muy guay: charlando, bebiendo, riendo, un leve flirteo… la cosa prometía. Todo iba genial salvo por el detalle de que, en lo que yo me bebía un botellín él se bebía tres y no, ya no estaba tan calladito. Pero bueno, no le quise dar mucha importancia y pedimos otro cubo. Después de ese cubo nos entró hambre y pedimos unos nachos para picar y más cervezas. Y dos hamburguesas. Completas. Con sus patatas y sus salsas y de todo. Después de aquello mi cuerpo era incapaz de ingerir nada más, ni líquido ni sólido y, como llevábamos horas sentados en aquel bar, me apetecía dar una vuelta.
Pero no, me veo que el chico se pide OTRA JARRA.
De verdad que perdí la cuenta, pero fue una burrada lo que bebió y, sorprendentemente, se le veía bastante sobrio. Lo que sí lo noté fue algo alterado, porque quitando la primera hora que estuvimos hablando de nosotros y se veía que había una reciprocidad, se dedicó a rajar de todo el mundo: de sus padres, de su hermano, de sus compañeros de piso, del máster… Vamos que se estaba desahogando de lo lindo, pero tampoco parecía que le interesara un feedback, un consejo… nada, se quejaba AL AIRE.
Llegados a ese punto, se me quitaron las ganas por completo de seguir en aquella “cita”, así que en cuanto pasó la camarera le pedí la cuenta con un gesto mientras, el otro, completamente ajeno, seguía rajando.
Llega la camarera con la cuenta: 45 eurazos. Aunque estaba claro que él había bebido mucho más que yo, le iba a proponer pagar a medias para no enredarnos más, porque de verdad que no pensaba en otra cosa más que en llegar a mi casa, ponerme el pijama y acurrucarme a ver Donwton Abbey. Cuál fue mi sorpresa que, el tipo, sin molestarse en mirar el ticket, abre la cartera y me suelta: “SOLO TENGO DIEZ EUROS”. Yo me quedé petrificada.

En aquella época no existía el Bizum, pero sí se podía pagar por separado. Intenté dejárselo caer y me suelta: “Yo he salido pensando en gastarme 10 euros y eso es lo que me gasto, porque luego mis padres me recriminan…” ¡hala! Ya saltó la liebre de nuevo. A esto que llega la camarera para cobrarse y me mira esperando a que ponga el resto: “¿Me lo abonas o…?” “Sí, sí, claro que te lo abono, espera que saco la tarjeta”.
No me di cuenta hasta que entramos en el metro, pero el chico se había traído del bar el botellín que se estaba bebiendo, porque claro, lo tenía por la mitad y yo lo había forzado a salir sin habérselo acabado, ¡qué poca consideración! Nos montamos y nos sentamos en paralelo, evitando el contacto visual (al menos yo), porque deseaba quitármelo de en medio, pero claro, nos bajábamos en la misma parada así que me tocaba lidiar con él.
Ahí ya le empecé a notar los efectos del alcohol porque a los cinco minutos de montarnos, me llama la atención una señora que teníamos enfrente y me dice: “Oye, perdona, creo que a tu amigo LE CHORREA algo”. Miro para él y me lo veo que se está quedando frito con el botellín a medio volcar. Se lo cogí y ni se inmutó, así iba. Cuando llegamos a la parada estaba como un tronco, así que lo dejé allí, porque ni con una grúa se habría movido.
Nunca supe cómo llegó a casa, pero llegó. Nunca se ofreció a pagarme el resto de su parte o a agradecerme que se lo hubiera pagado. Se lo conté a mis amigos y fijaos si ha llovido que ya no nos acordamos ni del nombre, lo llamamos “Solo tengo diez euros”.