Me preguntas si las cicatrices tienen nombre y yo te digo que no tienen nombre, pero sí dueño. Y entonces tú esbozas una de tus sonrisas de medio lado y me prometes que la próxima será tuya. Y yo te creo porque sé a ciencia cierta que eres el único capaz de joderme o arreglarme la vida a la vez.
Y te juro que me encantaría que no tuvieses tanto poder sobre mí. Dejar de sentirme por una maldita vez en mi vida como una niña pequeña en busca de aprobación cada vez que te tengo cerca, pero es como si no fuese capaz de entender el mundo si no es a tu lado.
Y me lo dice el alma; que tenga cuidado porque llegará un momento en el que acabaré necesitando el mapa de tu piel para encontrar el camino a casa, tus zapatos en el pasillo, tu ropa en mi cama desperdigada de cualquier manera porque no sabemos cómo refrenarnos las ganas y tus manos impacientes en mi cuerpo, explorando recovecos, descubriendo aristas y vértices.
Y volveremos a dejarnos llevar. Yo porque todavía no he encontrado la fuerza de voluntad suficiente para dejar de escuchar tu risa por las mañanas a modo de primer café. Tú porque no quieres renunciar al control que ejerces sobre mí. Y acabaremos dando vueltas en círculos sobre una historia que no tiene principio, pero tampoco tiene final.
Así que seamos valientes de una maldita vez. Bésame o rómpeme las pocas costuras que me quedan, pero deja de ser un punto suspensivo y vuélvete un punto y aparte o un punto y final porque se nos acaba el tiempo.
Las cicatrices como te dije no tienen nombre, pero sí dueño y paradójicamente en eso no me mentiste. Ibas a ser el dueño de la próxima.
