Escribo en anónimo porque no me da la vida para explicarlo en comidas familiares. Me da un poco de cosa contarlo, pero vamos allá: una noche soñé que me liaba con mi mejor amiga. Así, sin filtro ni anestesia. Fue intenso. Nada de besito en la frente, no. Era de los que te despiertas sudando y con la cara como un semáforo. Me senté en la cama y pensé: “¿esto qué es, por favor?”.
Primera reacción: ¿¡SOY LESBIANA!? ¿Lo he sido TODA LA VIDA y me acabo de enterar? ¿O SOLO me gusta ella? ¿O me gustan ALGUNAS mujeres, pero no todas? ¿Y si fue una ida de olla de mi cerebro? Porque, con honestidad, ese ente que vive dentro de mi cabeza a veces va por libre. Te mezcla gente, momentos, lugares… y te planta una peli que ni en Netflix.

Tengo 35 años, y hasta ahora creía tenerlo más o menos claro. Nunca me había pasado algo así. Y tampoco es que el sueño fuera horrible, ni incómodo, ni me dejara con ganas de huir a Berlín y cerrar todos los perfiles de mis redes sociales. Pero me removió, en plan: vale, ¿qué hago con ESTO ahora?
Lo solté y no ardió el mundo
Pasaron unos días. Lo conté. Con confianza, claro. Una tarde de after work, con más birras que sangre, hablando de sueños raros con una colega. Y cuando compartí el mío, la otra se me quedó mirando y me dijo: “Puuuuues, a mí me ha pasado también”. No con su amiga, sino con otra persona cercana. Bueno, vale, os cuento el chisme completo: con su jefa, pero… esa información no viene al caso. Lo importante aquí es que sentí un alivio, porque me di cuenta de que no era un bicho raro. Nos reímos, jiji-jaja, porque ¿quién no ha soñado alguna vez con algo que no se atreve ni a escribir en Twitter?

Y ahí es cuando pensé: ¿por qué da tanto reparo hablar de estas cosas? ¿Por qué lo vivimos como si fuera algo que no se puede decir en voz alta? No te convierte en nada. Es un sueño. Una movida de tu mente. Y punto. A veces es porque admiras a alguien, porque te sientes muy cómoda con esa persona, porque hay una conexión bonita… Y ya está. Tu cerebro lo interpreta a su manera.
No hay que etiquetarlo todo
Lo que sí me joroba es lo mucho que cuesta hablar de estas cosas sin que la gente quiera meterte en una casilla. Ese fue mi problema. No el sueño. Sino el agobio después, como si tuviera que analizarme, explicarme o tomar una decisión. Como si una noche cualquiera, entre el segundo sueño REM y las ganas de ir al baño, mi subconsciente hubiera dicho: “te redefino”. Pues no. Yo solo quiero poder contar esto sin tener que abrir un PowerPoint con conclusiones.
Y si mañana resulta que me gusta una mujer, pues chica, se ve. Pero también puede que no. No hay que saberlo todo siempre. No hace falta ponerse una bandera por cada pensamiento. Ni inventarse una categoría para cada fase. A veces estás cansada, vulnerable, con la cabeza hecha papilla y zas!: escena lésbica en tu cabeza.

¿Y si solo fue el mojito?
Porque esa es otra: mi mente es un caos. He soñado que me casaba con mi dentista. Que robaba croquetas en el Mercadona con Belén Esteban. Que me fichaban para un talent show de canto, y canto fatal. ¿Y eso me ha marcado? Pues no. Nada de eso me llevó a escribir un artículo. Pero esto sí. Entonces ¿por qué?
Tal vez porque nos da miedo que nos vean diferentes. Que nos pregunten cosas para las que no tenemos respuestas. Y porque hablar de estos temas todavía parece que implica confesar algo, cuando a veces… solo estás soñando.
Así que sí, soñé que me liaba con mi mejor amiga. Ya está. Y no sé por qué. Ni qué significa. O si fue el mojito. O el queso curado. Pero sé que no tengo que sentirme rara por ello. Sigo siendo yo. Con mis dudas, mis certezas…, y mis sueños random que no caben en ninguna categoría. Y no pasa nada.
(*) Relato escrito por una colaboradora basado en la historia real.