Ya han pasado casi veinte años desde que terminé el instituto y alguno más desde que pasó aquel incidente que marca todos los encuentros con mis antiguos amigos del insti.

Es como si el tiempo no hubiera pasado y como si, desde entonces, a nadie le hubiera pasado nada tan reseñable como para ser la comidilla tanto tiempo después.

Antes de todo, es necesario decir que siempre he sido muy torpe y que era raro el día en el que no me pasara algo. Sin embargo, esta vez fue diferente. 

Era un día cualquiera sobre las ocho menos cuarto de la mañana, antes de tener que entrar a la primera clase. Teníamos la costumbre de esperar en la acera hasta que diera la hora y así reunirnos para luego, subir todos juntos. Solíamos ponernos cerca de los autocares que traían a los alumnos que vivían más alejados y que estaban aparcados justo a lo largo de esa misma calle y aprovechábamos para cotillear o para repasar apuntes si había algún examen.

El caso es que allí estaba yo pegada a la puerta delantera del autocar, cotilleando con mis amigas, esperando a que llegase el chico que me gustaba cuando mi amiga Nuria me dijo que no me diera la vuelta, pero que estaba doblando la esquina Marcos, el chico del que yo estaba locamente enamorada.

Obviamente la ignoré y me giré “disimuladamente” a mirar a Marcos con tan mala suerte de que me comí de pleno el espejo retrovisor del autobús, dándome un golpe tremendo en la cabeza que hizo que se me saltaran las gafas y que me cayera de culo delante de todos.

Solo oía a mis amigas intentando contener la risa, preguntándome si estaba bien, mientras el resto de mis compañeros, incluido Marcos me miraban entre alucinados, descojonados de risa y un poco impresionados.

El golpe en sí, no me dolía tanto como pensaba, pero lo que realmente me dolía era el hecho de que todos se estaban riendo de mi torpeza. “¡Madre mía, vaya tortazo!”, me dijo Julieta, una de mis mejores amigas, mientras me ayudaba a levantarme. En ese momento, quise desaparecer, ponerme a llorar de la rabia v que la Tierra me tragase, pero no me quedó otra que levantarme, recoger mis gafas, hacer como si no hubiera pasado nada y rezar para que aquello se olvidase pronto.

Lo que no supe entonces es que esa caída iba a marcar una etapa de mi vida. A partir de ese momento, el incidente fue un tema recurrente. Cada vez que nos encontrábamos, mis amigos no podían evitar mencionarlo, aunque fuera de manera indirecta. «¿Te acuerdas de cómo volaste por los aires ese día?» «¿Seguro que no te has resbalado últimamente?» Y la risa comenzaba, como un eco que nunca se desvanecía.

Hoy, veinte años después, la historia de aquella caída sigue siendo uno de los momentos más recordados y comentados de nuestros años en el instituto. Cada vez que nos reunimos, y las conversaciones se desvían hacia el pasado, inevitablemente surge la mención de aquel día. Aunque algunos de mis amigos se esfuerzan por hacer parecer que se han olvidado, sus risas traicionan su memoria.

El paso del tiempo ha suavizado la intensidad de las bromas, pero la caída sigue siendo una de esas historias que, de vez en cuando, vuelve a aparecer en nuestras conversaciones. Y cada vez que la mencionan, algo se me remueve: por un lado, sigo sintiendo esa pequeña vergüenza que nunca se borra del todo, pero por otro, me hace sentir un cariño profundo por aquellos amigos que aún, veinte años después, recuerdan con tanto humor ese pequeño incidente. Es como si el hecho de que siga siendo un tema recurrente demostrara que nuestra amistad ha resiste la prueba del tiempo y que, de alguna manera, seguimos siendo aquellos adolescentes que madrugaban un poco más, solo para tener diez minutos para compartir antes del comienzo de las clases.

Esa caída, que en su momento fue una humillación y que estuve maldiciendo ese momento durante muchísimo tiempo, se ha convertido, irónicamente, en una de las bases de las mejores memorias de mi vida. Y, al final, ¿qué son los recuerdos, sino esos pequeños momentos que nos hacen reír incluso después de tantos años?

Angie Rigo