Así. Sin rodeos.
Toda la vida escuchando lo poquísimo que se trabaja siendo funcionario, la de vacaciones y días libres que tienen, lo del sueldo fijo, lo de la vida resuelta… Y claro, una que ha crecido con esa banda sonora en su vida, no tiene mejor objetivo que, nada más acabar la universidad, opositar como una condenada hasta alcanzar esa panacea que me va a arreglar la vida y transportarme inmediatamente al paraíso de los unicornios. Pues una mierda bien gorda.
Acabé la carrera, me apunté en una academia y estudié muchísimo. Muchas horas. Muchos días. Años. Y después de varias convocatorias (y otros tantos fracasos), por fin, un día conseguí pertenecer a ese grupo de personas que tienen todos sus problemas resueltos.
Pues ahí estuve yo desde el primer día con mi mejor sonrisa de felicidad y mi ingenuo optimismo. Al principio no escuchas nada, solo cantos de pajaritos, pero en medio hay algún graznido disonante empañando la melodía con quejas que ni te molestas en procesar: que han vuelto a cambiar el programa y da muchos errores, que hay un nuevo curso de formación obligatorio de un millón de horas y es el mismo de hace 2 años pero con distinto nombre… Bueno, piensas, qué más da, son pequeñas cosillas sin importancia… jajaja, sin importancia!!!
Cuando quieres darte cuenta, esos pequeños inconvenientes sin importancia hacen que tu trabajo se atasque muchísimo y que, evidentemente, tengas que hacerlo fuera de tu horario laboral (exactamente igual que ese infumable curso). Por lo tanto, ese maravilloso horario de 8:00 a 15:00 no es verdad tampoco… y es ahí donde descubres que no existen las horas extras. Es decir, sí haces muchas, pero no cobras ni 1 (porque claro, eres una afortunada con un sueldo fijo a fin de mes).
La primera vez que comentas algo de esto con tus amigos, se te ríen en la cara: “¿de qué te quejas? eres funcionaria, vives lo más grande”. Y aquí es donde empiezas a ser consciente de que tú ahora estás del otro lado. De que eres parte de ese grupo de desalmados, “el funcionariado”, que se pone por delante ante cualquier situación que se quiera difuminar.
Pero la mejor sorpresa estaba aún por llegar: ser funcionaria y tener hijos. Todo lo que hayáis escuchado sobre becas de estudios, becas para alumnado con necesidades educativas, ayudas al transporte, para comedores escolares, etc. pues os vais olvidando de todo ello. Por favor, ¡son hijos de funcionaria! Se entiende que con ese sueldazo (léase con toda la ironía posible), vas supersobrada. Solo pienso en el momento en que mis hijos vayan a la universidad y no tenga ni una sola ayuda y ya me pongo a temblar.
Por ahora aún estoy en el momento “pedir plaza en la escuela infantil” y solo os diré que me toca ser de las familias que estamos al final de la lista de espera. ¿Sabéis por qué? Exactamente: porque soy funcionaria.
De las actualizaciones o subidas de sueldo mejor ni hablamos. Casi ni me atrevo. Cada vez que nos pagan unos atrasos o nos suben el sueldo (0,5% la última vez, que ya no sé qué hacer con tanta pasta, oye), se publicita tanto y durante tanto tiempo en todas partes que da la impresión de que es una fortuna y que ocurre cada semana. Eso genera una ola de opiniones y debates por parte de los opinólogos de turno y, claro, acaban en la calle.
Y ahí estoy yo, comprando mis 150 gramos de pechuga de pavo y escuchando a la charcutera lo bien que vivo y lo que cobro… y yo con 20 euros en la cuenta para acabar el puto mes.
Pero claro, tengo un sueldo fijo y por eso todo el mundo tiene el derecho de cuestionarme.
Lucía R.C.