Para empezar confesaré que tardé en aceptar que aquel chico me gustaba porque sabía que era un padre divorciado.

Lo de tener una ex a las espaldas no tenía por qué ser un problema. Pero, caray, lo de los hijos… me echaba para atrás. Mogollón.

Me daba un poco de miedo, la verdad. Y me parecía una complicación que no estaba segura de querer asumir. No estoy orgullosa de haberme sentido así, pero es lo que pasó.

Lo que ocurre es que me enamoré hasta las trancas de él. Por lo que no me quedó más que reconocer que me había enamorado de él y de sus circunstancias, con todo lo que eso acarreaba.

Con eso y todo, llevábamos juntos más de dos años cuando por fin conocí a sus hijos.

Soy la madrastra, pero no quiero ser la mala del cuento
Foto de Pavel Danilyuk en Pexels

 

Él había querido hacerlo antes, pero yo no me atreví hasta que estuve segura de que teníamos un proyecto de futuro común. No era por mí, era por ellos. No quería que tuvieran que enfrentarse a la realidad de que su padre estuviera con una mujer que no era su madre si la cosa no iba en serio. Y nosotros íbamos tan en serio que estábamos buscando una nueva casa para empezar a vivir juntos y hablábamos de boda a corto plazo.

Lo demoramos todo lo necesario para incluir a los niños en nuestros planes y para hacerlo de forma gradual. No queríamos sentarnos frente a ellos de pronto y venirles con que papá se va a casar con esta señora que no sabéis ni quién es.

 

Soy la madrastra, pero no quiero ser la mala del cuento

 

De modo que hicimos la presentación en un terreno seguro para ellos y comencé a entrar en sus vidas poco a poco. Al principio me ignoraban, directamente, aunque tampoco es que manifestaran un desagrado demasiado evidente hacia mí. La cosa fue a peor cuando dejé de ser una visita inoportuna y me convertí en la mujer que vivía con su padre.

Fue entonces cuando me dije: Soy la madrastra, pero no quiero ser la mala del cuento.

Porque fue al empezar a convivir cuando me sentí MADRASTRA de verdad. Hasta ese momento no había terminado de involucrarme al 100 %.

Hasta que no nos vimos ‘obligados’ a compartir techo, los niños no desplegaron sus peores armas contra mí. Era más fácil ignorarme cuando solo me veían un rato. Sin embargo, con la convivencia llegaron las frases y comentarios que tanto había temido escuchar:

 

¿Vas a tener hijos con mi padre?

Yo no quiero más hermanos.

Me gustaba más la casa de antes.

¿Qué pasa? ¿Te sobramos?

Tú no me mandas.

Tú no eres mi madre.

¿Qué sabrás tú, si no tienes hijos?

No es mi madre, es mi madrastra.

 

La palabra de por sí ya suena mal, pero ellos la decían como arrastrando las erres. Como enfatizando la connotación negativa del concepto.

Y a mí me dolía. Me dolían sus desprecios, se me hacía una bolita en el pecho que no me dejaba respirar con normalidad. No obstante, yo era la adulta. Yo era la que tenía que ponerse en su lugar y empatizar con sus emociones. Tenía que aprender a gestionar las mías y entender qué les motivaba a actuar así conmigo. Eran solo unos niños, unos bastante buenos, por todo lo demás.

 

Así que no, yo no quiero ser la mala del cuento. Ni tampoco ir de guay.

Ni meterme en su educación, que para eso tienen a su padre y a su madre.

Solo quiero que me acepten como una nueva figura en su tablero familiar, pues no pretendo sustituir a nadie.

Y en esas estamos ahora mismo, avanzando pasito a pasito y viendo algo de luz al final del túnel.

 

Clara

 

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