¿Soy la única que la lía en los baños públicos?
Algunas personas coleccionan cosas absurdas a lo largo de su vida: tazos de pokemon, la sorpresa del huevo kinder, sellos (a tu abuelo le gusta esto) … yo colecciono momentos vergonzosos en váteres ajenos, y hoy he vuelto para hablaros de un extraño fenómeno que sufro desde hace años: me quedo encerrada en los baños públicos.
Para poder explicarlo bien debo remontarme a mi infancia como si fuera esto una sesión de terapia. Y es que cuando era niña me daba una vergüenza terrible que me vieran haciendo pipí. Bueno, de niña y ahora también, para qué engañarnos; soy de vejiga tímida. Así que, en el cole, procuraba asegurarme de que la puerta del baño quedaba bien cerrada antes de bajarme las bragas, ya que había niñas muy graciosas que trataban de tirarte la puerta abajo cuando tenían prisa (lo cual solo empeoraba lo de la vejiga tímida).
De mayor, seguí con las mismas tácticas, pero empezaron a surgir los fallos matrix. Por ejemplo, recuerdo que, en Francia, los baños de la facultad eran mixtos y no sé si es que el cerrojo se aflojó o que me despisté, el caso es que me abrió la puerta un chico en plena meada. “Pardon, excusez-moi! Excusez-moi!” Ya sabemos cómo son los franceses con sus fórmulas de cortesía, pero eso no quitaba que me había pillado secándome el chocho. Yo, que me quedé muerta de la vergüenza, no era capaz ni de mirarlo a la cara al salir y lo peor, amigas, es que ese no fue más que el principio.

Sí, sí, yo no tengo término medio: o me abren la puerta en mitad del proceso o me quedo encerrada. Ya he localizado mi criptonita, que eso es importante. Sabéis que, a menudo, el baño de mujeres es también el de minusválidos, ¿verdad? Y que las puertas las ponen correderas con unos cerrojos que, muchos, son muy puñeteros porque no cambian de posición ni hacen “cliqui” ni nada, con lo bueno bonito barato que es cerrojo de toda la vida de los que tienen mis abuelos en casa, con su cadenita (clinc, clinc). Así que, bueno, procuro no entrar en baños para minusválidos porque no me fío de que la puerta quede totalmente bloqueada. ¿Me la han abierto? Sí, especialmente en el tren.
Los baños de los trenes y de las estaciones de tren también dan para un coloquio. Algunas veces, la puerta no encaja bien por el traqueteo (me lo explicó una vez un señor de Renfe) y se te abre espontáneamente. Otras veces me ha pasado que he sido yo la que he abierto la puerta a otra persona. Han sido las menos, la verdad, pero igualmente es incómodo encontrarte de lleno con las partes pudendas de un desconocido sin solicitarlo. Suele pasar porque a la gente se le olvida pulsar el botón de bloqueo (¡Mari Chocho!).

¡Ay, el bloqueo! Mi talón de Aquiles. Lo he pasado tan mal cuando me han abierto la puerta que más de una vez me he pasado al extremo opuesto y, si encima le sumamos el factor de que algunos cerrojos se atascan, nos da como resultado a mí encerrada en el baño de un Starbucks en 2012, escribiendo a mi amigo por WhatsApp para decirle que no quería morir emparedada. Porque como encima seas un poco claustrofóbica, te digo yo que te acabas agobiando. Poca broma.
Aunque peor fue cuando, una vez, di unas conferencias en la universidad y, ya que de por sí soy meona, me puse a beber agua como los peces en el río, porque a mí lo de hablar en público me da una sed tremenda, así que era inevitable que me meara viva. En una micropausa que hicimos aproveché para ir al baño y, sí, otra vez me volvió a pasar: encerrada y sin nadie a quien poder avisar. Al final salí de allí por mis propios medios y no llegué demasiado tarde, pero no sabía qué me daba más vergüenza: que pensaran que había sido un retortijón o que me había quedado encerrada, porque este es el equivalente a atragantarte con tu propia saliva, pero con puertas, eso es así.
En definitiva, no sé si soy yo que traigo un defecto de fábrica o me han echado un mal de ojo, pero ojalá no sea la única con la maldición-trauma de la meada interrumpida.