Desde hace un tiempo, ir a trabajar se ha convertido en una aventura; es más, en una profesión de riesgo.

Soy profe de primaria y, aparentemente, mi trabajo visto desde fuera puede parecer poco complejo. Cuando me preguntan qué es lo que hago en un día normal, suelo contestar: “Mejor te cuento lo que no hago, que acabo antes.” La gente se imagina que llegamos a clase, soltamos el rollo, los niños hacen ejercicios, ponemos un examencito y lo corregimos. Lo que viene siendo trabajo curricular, vamos. Pues os diré que eso es anecdótico.

Este año doy clase en 3º de Primaria. El alumnado entra a las 9:00, pero el profesorado está en el centro 15 minutos antes. Tenemos guardias, custodias de alumnado transportado, etc. Es en este primer momento cuando ya tomamos el pulso al día: que si Pepito dejó la mochila en el autobús; que Jonathan olvidó la merienda en casa; que Valeria viene sin abrigo y hace un frío que pela; que Manolito estuvo con fiebre y vómitos por la noche, pero tenía taaantas ganas de venir a hacer el examen de lengua que no hubo manera de dejarlo en casa; que Mateo y María se pelearon ayer en el cumple de Juan, las madres se encabronaron nivel dios y exigen una tutoría a primera hora porque esa pelea “seguro que viene por algo del cole”…

Mientras tanto, la jefa de estudios comunica las sustituciones del día: dos compañeros están enfermos y hay que cubrir su horario.

Entramos en el aula a las 9:00 y Mateo y María están hablando tranquilamente sobre lo bien que se lo pasaron en el cumple y la partida de Fornite que se echaron al llegar a casa. ¿Perdona? Jessi está copiando de su compañera los deberes que no hizo y Pepito llorando porque no tiene su mochila (esa que se quedó en el bus).

Mientras intento consolar a Pepito y recordarle que la mochila es su responsabilidad, unos gritos histéricos me alertan de que algo está pasando. Manolito está vomitando en medio de clase, no le ha dado tiempo a llegar al baño del fondo del pasillo. Le digo a los niños que se aparten, salgo corriendo al cuarto de la limpieza a por los milagrosos polvos de los vómitos, limpiar y ventilar.

Pero al salir del aula me topo de frente con las madres de Mateo y María exigiendo que las atienda en ese momento.
—“La verdad es que me pilláis un poco ocupada”, les digo. Les explico que a lo largo de la mañana les mandaré una convocatoria para una tutoría lo antes posible. Se van de mala gana, mascando la palabra “queja a dirección”.

Entro en clase, me dispongo a limpiar y, en ese momento, otro niño empieza a vomitar también porque el olor le dio arcadas.

Son las 9:15 de la mañana. Llamo a la familia de Manolito para que venga a buscarlo ya que, además del vómito, ha vuelto a subir la fiebre. El examen de lengua puede esperar. La familia protesta. Les digo que un niño enfermo no puede estar en el cole. Está contagiando a todo el grupo, como mínimo.

Por fin, vamos a empezar la clase. La primera sesión de los miércoles toca mates. Como todos los miércoles del curso. Lo pone en sus agendas y hay un horario expuesto en el aula.
—“Cogemos el libro y la libreta, que vamos a corregir la tarea.”
—¿Qué libro? ¿De qué materia? ¿La libreta también? ¡Yo no traje mates, no sabía que tocaba hoy!

Son las 9:30 de la mañana y yo siento que llevo trabajando una eternidad.

¿Os imagináis cómo discurrió el resto de la mañana?
Salimos a las 14:00.
No digo nada más.