No es que sea rubia. No es porque sea mujer. Es que debo ser torpe. La tecnología no es lo mío. Lo sé. Lo tengo asumido. Así que, ¿para qué luchar contra el destino? Hay quien es alto, quien es bajo, quien es zurdo, quien es simpático. Hay gente a la que se le dan bien los números pero se le dan fatal las letras. Y al revés. Y yo, pues soy tecnoplégica. Lo acepto. Y no pasa nada. Bueno, la verdad es que sí pasa, porque más de una vez he tenido problemillas o dificultades relacionadas con la tecnología que han hecho que viva episodios lastimosos que me llevan a la desesperación.

El último lo viví hace relativamente poco. En el trabajo.  Me consta que se ha corrido la voz y que más de uno se ríe a mis espaldas. Pero bueno, tampoco me va a traumatizar de por vida. Ya se les pasará. Seguro que dentro de poco se olvidan, cuando aparezca algún otro chisme más interesante. Al menos, eso espero.

Pues resulta que en mi trabajo han cambiado la flota de coches de renting. Y como somos una empresa que vamos de verdes y ecológicos, ahora los coches que tenemos para hacer las visitas a domicilio son eléctricos.

No era algo que me preocupase, porque normalmente yo no salgo a hacer domicilios. Habitualmente, mi jornada laboral transcurre en las oficinas. Y si alguna vez he salido, ha sido acompañada, y yo no conducía.

Pero el otro día salió una urgencia. Y no había nadie que pudiera atenderla. Excepto yo. Y no, no había ningún compañero que pudiese venir conmigo. Así que tenía que coger yo el coche.

Un poco nerviosa, decidí enfrentarme al automóvil. A ver, yo sé conducir. Tan diferente no debe ser de mi Ford Fiesta. Abro el coche, me siento dentro y cierro la puerta. Nada más entrar todo se enciende como si estuviese en una nave espacial. A que no hace falta poner la llave en el contacto, llego. Le doy al botón del start y pienso que con eso debería ser suficiente. Pero no se oye nada. Yo sé que estos coches son muy silenciosos, pero no parece que haya ninguna respuesta.

Piso el acelerador, primero con timidez, y no pasa nada. Piso con más firmeza, pero el coche sigue sin moverse. A ver, encendido debe estar, porque la luminaria que hay en el cuadro de mandos es impresionante. 

Peor no hay ruido, no hay movimiento. Decido hacer como con los ordenadores. Apagar y volver a encender. Así que abro la puerta para salir y volver a entrar, pero se pone a pitar. Cierro la puerta y vuelvo a pisar el acelerador, mientras sujeto con firmeza el volante, no vaya a ser que salga disparado. Pero no, no se mueve ni un centímetro.

Cuando ya llevo unos minutos sin conseguir nada, me rindo y decido llamar a un compañero. Le pregunto si sabe si el coche que queda está estropeado porque no consigo que arranque. Me dice que no tiene notica de ninguna avería y me pregunta si estoy segura de si lo he encendido.

La pregunta me ofende. Claro que lo he encendido, está todo lleno de luces. Pero el puñetero coche no se quiere mover.

Por lo visto, que el coche esté iluminado no quiere decir que esté encendido. Aquí me mosqueo bastante, porque, por su tonito, me parece que me está tratando de tonta. Me altero un pelín y mi volumen de voz sube. Le digo que haga el favor de no tratarme con tanta condescendencia y que me ayude de una puñetera vez, porque tengo que ir a atender una urgencia.

Me pide que le vuelva dar al botón de start. Se apaga todo. Ahora estamos peor. No. Antes de volver a dar al botón, que apriete el pedal del freno y mientras lo estoy apretando, que le dé al botón otra vez. 

Me pregunta si aparecen dos esferas en el cuadro de mandos. Sí, ahí están. Antes no. Vale, ahora es cuando realmente está encendido, aunque no se oiga ningún ruido. Y qué curioso, ahora sí puedo poner la marcha directa, y mientras suelto en pedal del freno suavemente, el coche se empieza a mover, demostrándome que el coche no está averiado.

Le doy las gracias muerta de la vergüenza y cuelgo. Otro día en mi vida demostrando que la tecnología es mi enemiga natural. Perra vida.