Aceptadme un consejo, aunque no lo tengáis por costumbre: Nunca, nunca, nunca saquéis a un urbanita de su hábitat habitual para llevarlo a un entorno más natural, más saludable, más auténtico. Y segundo consejo derivado directamente del primero: ni se os ocurra hacerlo en manada, llevándoos a varios de ellos a abrir horizontes. Porque la absurdidad que podéis generar os puede hacer estallar el cerebro.
Estuvimos de acuerdo en que ese verano, en lugar de ir de vacaciones a la costa, siempre masificada, cogeríamos una casita en medio del campo, para hacer terapia de aire puro y contacto con la Naturaleza.
Lo primero que nos encontramos nada más llegar o, más bien dicho, antes de llegar fue que parecía que teníamos que hacer una gincana por el bosque para poder encontrar la “casita con encanto”. Casi no había caminos transitables. Ni cobertura, ni wifi, ni pueblo cerca.
No nos dejamos amilanar y le buscamos la parte positiva: viviríamos una experiencia de inmersión total en la Naturaleza y tendríamos más tiempo de estar los unos con los otros.
Como no había mucho que hacer (la tele sólo cogía dos canales de manera más o menos decente), decidimos que cada día haríamos un plan diferente en el bosque. Lo que no contábamos es que nuestro grupo variopinto de amigos fuera de la ciudad involucionábamos a seres de lógica dudosa. Es que el campo, el bosque, la Naturaleza en general se ve muy bonita por la tele, pero tratarla en vivo y en directo nos quiso pasar factura.
Una tarde salimos a ver hasta dónde llegaba el único camino medio decente que había cerca de la casa. Éste llevaba a una granja de cerdos. Conforme nos acercábamos, empezamos a oír chillidos, rollo «La matanza de Texas».
Nuestra amiga más espiritualista, más sensible a presencias esxtracorporales preguntó en voz alta:
- Ay, ¿qué pueden ser esos chillidos?
- Serán los cerdos.
- No, tía, parecen humanos.
- Huele fatal.
- Pues a cerdo, ¿no?
- ¿Y cómo huelen los cerdos?
- Y yo qué sé. Lo más cerca que he estado de un cerdo es cuando compro panceta en el Mercadona.
- Tiene pinta de ser una granja abandonada, hay mucha suciedad.
- Por los cerdos, ¿no?
- ¿Y si ahí mataron a alguien y es su espíritu que se manifiesta?
- No empieces con tus cosas que sabes que me dan yuyu.
- Joer, tendrían que ser muchos espíritus, porque se oyen muchos chillidos.
- Ya está, los miembros de una secta se suicidaron ahí dentro. Hace tiempo leí una noticia sobre eso. ¿No será aquí?
- Estás fatal. Vamos para adentro, vemos a los cerdos y te quedas tranquila.
- Que no, que no.
- Que sí, que sí.
Cuando al fin nos decidimos a acercarnos y estábamos a punto de entrar, oímos un golpe fuerte, un gran chillido y vimos una sombra que se movía rápidamente. Nos faltó tiempo para salir corriendo y refugiarnos en la cabaña. No volvimos a coger eses camino por si acaso. Llámanos cagados. Nosotros preferimos llamarnos previsores
Otro día, la más amante de los animales nos propuso ir campo a través para ver qué encontrábamos. Lo primero es que una, intentando apartar una rama caída para que el resto pudiese pasar, no vio un pastor eléctrico, le dio en todo el pecho y casi se cardiorevierte ella sola. Pasó un rato hasta que su ritmo cardíaco volvió a ser normal.
En ese momento nadie pensó en que el pastor eléctrico estaba allí y funcionaba por algún motivo. Y el motivo nos lo encontramos al cabo de unos minutos. Un prado con vacas. Qué bonitas son las vacas, ¿verdad? Y qué tranquilitas parecen. Ten una a escasos metros y no te lo parecerán tanto. Nuestra animalista nos informó:
– Tranquilos, no pasa nada. Si no las miráis a los ojos ellas no nos verán. Y podremos pasar sin problemas.
Como confiamos en ella, porque siempre está hablando de los documentales de La 2 que ve, seguimos andando, siguiendo su recomendación. Cuando estábamos a punto de llegar al límite del prado y salir por debajo del pastor eléctrico, le comenté:
- Ah, pues llevabas razón porque…
- Me giré y la vi en la otra punta.
- Eh, ¿qué haces?
- No puedo moverme. Que me está mirando.
- Pues no la mires a los ojos y ya está.
- Que me está mirando.
- Pero ven aquí.
- Que no puedo…
Y empezó a sollozar. Pues si la gran conocedora de los animales no sabía qué hacer, imagínate el resto. Uno propuso torear con la camiseta, pero no lo vimos muy factible. Así que nos pusimos a buen recaudo y empezamos a hacer ruido para llamar la atención de las vacas, para que nos miraran a nosotros. Cuando se sintió mínimamente segura, fue reptando por todo el puñetero prado, sobre barro y caca de vaca, hasta que llegó a pasar al otro lado. Volvimos a la casa, tiró la ropa, se dio una ducha de dos horas y no volvió a hablar de documentales de La 2.
Otro día decidimos ir a buscar moras para hacer mermelada, que parecía una actividad más tranquila. Nos fuimos adentrando en un bosque, a ver si encontrábamos más zarzas. En la tierra blanda vimos los que nos pareció huellas de jabalí (como si supiésemos cómo son las huellas de jabalí). Decidimos tener los ojos y los oídos bien abiertos para evitar encontrarnos con uno. El bosque se empezó a volver más denso e íbamos marchando en fila. Una se quejó de que algo le había picado.
- Bueno, mujer, será un bichito.
- Pues hace daño.
- Ay, a mí también me ha picado algo
- Pues a mí más que picarme, parece que me están dando mordiscos. Y duele.
Se levantó la camiseta y vimos que tenía tres bichos raros, que parecían moscas pero más grandes, enganchados. Se los quitamos a manotazos y decidimos dar la vuelta y volver, porque esos bichos se parecían estar cebando con nosotros. En un momento dado, hacia el final de la fila se oyó un ruido fuerte, como un gruñido, muy cerca nuestro. Lo que nos faltaba, nos perseguía el puñetero jabalí. Salimos corriendo y las pocas moras que habíamos encontrado quedaron en el suelo.
Muchos meses después, el último que iba en la fila confesó que no había sido un jabalí, que el ruido provenía de cuerpo, pues la comida no le había sentado muy bien. Conclusión: habíamos salido huyendo de tremendo peo.
El último día, nos encontramos en un campo a dos mujeres tirando a viejas, vestidas cuanto menos de manera peculiar. En medio de la nada. No había casa cerca, ni coche y no parecían estar en muy buena forma para haber venido andando de vete saber dónde e irse andando a vete tú a saber qué lugar. Desde lejos, nos empezaron a hacer señas a decir: «fue por ahí, fue por ahí».
– Juas, parecen la Santa Compaña.
La cara que puso nuestra «espiritista» al oír el comentario fue épica. Así que el resto salimos pies para qué os quiero.
En resumen, puedo afirmar que no fueron las vacaciones tranquilas y relajadas que pensábamos que iban a ser. Y descubrimos algo: que nos estábamos hechos para la vida rural.
Dame un metro cerca y muchas tiendas y nos irá munchos mejor.
Ni qué decir tiene que, al año siguiente, y el resto por ahora, volvimos a nuestros veraneos en la costa. Masificado, sí, pero sin tanta aventura ni adrenalina, que maldita la falta que nos hace.
Morticia Addams
