Si alguien, en una relación monógama, pensase que va a follar todos los días, a cualquier hora y siempre que le apetezca, sabríamos que está mal, ¿verdad? Claro que sí, porque hay que contar también con la otra persona, si está o no de humor, si ha tenido un buen o mal día, si está cansada… Pues con las relaciones abiertas, sucede lo mismo, que no es “esto es jauja voy a tirarme al primero que encuentre y te aguantas”. Como cualquier otra relación tiene sus normas y sus límites. Y cuando no las quieres entender, pues llegan los ayayays y los madremías. 

 

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Para cuando esto le sucedió a Olga, compañera de trabajo, eso de las relaciones abiertas todavía no era tan común como ahora. Había salido alguna vez en la tele, pero poco más; estaba mal visto. Sin embargo, Olga quería mucho a Carlos (más de lo que él merecía, si me preguntáis) y aunque eso de la relación abierta no le gustaba gran cosa, lo aceptó por estar a su lado. 

“Su corazón es mío, pero su pene es de él”, era lo que Olga decía. Porque lo decía él, claro. Según ella, tenían unas normas, eso sí, que nadie podía saltarse. Por ejemplo, si ya habían quedado para cenar, cine o alguna cita, eso no se podía romper para irse por ahí con otra, no podían llevarse a los ligues a la casa que compartían, no podía haber enfados ni celos, siempre con preservativo, derecho a veto previo pero no con la cita ya aceptada… cosas así, que tenían lógica. Lo que no lo tuvo tanto fue que él empezó a saltárselas.

Primero, cositas pequeñas, retrasos en las citas, pero luego los “llego media hora tarde”, se convirtieron en: “Bueno, mira, casi mejor si lo dejamos para otro día. No te enfades, que hemos pactado sin enfados//Oye, que ya sé que habías quedado por tu lado con Y, pero te exijo que lo canceles porque lo he pensado y no me apetece que quedes justo con él//Mira, que sé que dijimos siempre preservativo, pero estaba con Z, me he dado cuenta de que no llevaba, y como en casa tenía, pues la he traído a casa, ¿no te importa hacer tiempo por ahí un rato, verdad? Poca cosa, una hora o dos. Eh, sin enfados, que ya sabes que no hay que tener celos, mi pene es mío, pero mi corazón es tuyo”.

 Os lo digo en serio, yo alucinaba cada vez más, pero como tampoco teníamos una grandísima confianza y cada quien sabe lo que tiene en casa, pensaba que calladita estaba más mona. Hasta que un día ya la vi de mal café y, después de que se quejara de una de aquellas, le pregunté si era feliz. 

 

“Ya no lo sé. Tengo que pensármelo”, contestó. Para mí estaba claro que, si tenía que pensárselo, si no tenía super claro que era feliz, no lo era mucho, pero siguió con él. Al día siguiente, de hecho, dijo que habían hablado, habían “redefinido términos” y que todo iba a ir mejor de ahí en adelante. Y todo aquél mismo día se lo pasó mensajeando con el móvil, con los ojos brillantes y una gran sonrisa. Daba alegría verla. Por la tarde, pasó un hombre a buscarla a quien yo tomé por el tal Carlos y se marcharon juntos después de darse un beso de cine. 

De cine X. 

El lunes por la mañana llegó con esa sonrisa de satisfacción que sólo corresponde a dos cosas: o te has metido sustancias ilegales o has pasado un finde de guarrerida salvaje, revolcón y oh sí nene-dámelo todo nene. Sí, era lo segundo, pero no había sido con Carlos. El que había recibido sus mensajes, ido a buscarla y con quien ella se había pegado el finde del siglo, era un amigo de ambos que la venía rondando tiempo atrás y a quien Carlos había vetado. Y Olga, hartita de que él se saltase las reglas y ella no pudiera enfadarse, después de intentar hablar con él y que su respuesta-comodín fuese siempre la misma, pues decidió salir de la relación, pero salir por la puerta grande.

Según me contó, Carlos, tan despreocupado siempre, tan propenso a recordar que no podía haber enfados y tan proclive a saltarse las reglas, se pilló un cabreo monumental cuando Olga, por primera vez, se saltó una. Que eso no era justo, que ahí has ido a hacer daño, que no puede ser poner unas reglas y luego no respetarlas… y mi compañera le dio la misma contestación que le daba siempre él: “no tienes por qué enfadarte, me di cuenta de que tenías razón. Mi corazón es tuyo, pero mi coño es mío”. 

 

 

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