Cuando me propuse escribir este artículo ya me parecía bastante duro pero, a la luz de los recientes acontecimientos terribles ocurridos en España, me parece todavía más importante hacer conciencia sobre este tema.

No podemos controlar el entorno social de nuestras criaturas al 100% ni cómo serán a medida que vayan creciendo en base a sus experiencias e influencias ajenas a nosotras, pero sí podemos y DEBEMOS ayudarles a construir la base de sus ideales, su moral y su percepción de lo que está bien y lo que está mal.

Hoy os quiero contar la historia de Toni, el niño de 10 años que amarga la vida a sus compañeros de clase con el beneplácito de sus padres.

Hace unas cuantas semanas empecé a hablar con Lucía, la madre de una niña maravillosa que vive en el mismo edificio que su compañero Toni. Lucía y la madre de Toni se conocen desde hace años y ahora que sus hijos iban juntos en clase hablaban entre ellas mucho más.

Como es habitual, las cosas del cole y los niños eran temas muy recurrentes y Lucía sabía que la forma autoritaria y ausente que tenía su vecina de afrontar su maternidad no iba con ella, pero cada familia tomas las decisiones que cree correctas y nadie debe juzgar la crianza de nadie.

La niña volvía del cole desde hacía un tiempo poniendo bastantes reticencias a la hora de ir al parque con sus vecinos, no se veía feliz cuando le decía que vendrían a merendar o que estaría invitado a alguna pequeña fiesta familiar que se organizase en su casa. Por esto Lucía confrontó a su hija para que le contase lo que estaba pasando.

La niña se desahogó con su madre y le contó cómo Toni y dos amigos suyos tienen aterrorizadas a varias niñas y un niño de clase. Con ella no se metía nunca porque sus madres son amigas, pero el chico con el que se mete siempre es muy amigo suyo y ella no soporta verlo llorar cada día antes de irse a casa.

Toni no es el clásico caso de niño acomplejado que esconde sus complejos riéndose de otros, Toni es un niño al que, desde pequeño, en casa le explican que es mejor dar siempre la primera hostia, que no hay que dejar que se rían de uno y para eso es mejor dejar claros siempre los defectos de los demás para que no se atrevan a buscar los tuyos, que un pringado no llega a ningún sitio y que si un día llega a casa llorando porque le pegan y no trae una expulsión porque la ha devuelto el triple, que mejor que no venga por casa.

Y claro, entre estos consejos de su madre y que pasa las tardes de los sábados con el club de fútbol de su padre donde se ha hecho un master en insultos homófobos, tiene al amiguito de la hija de Lucía martirizado.

Lucía no sabía cómo hablar con su vecina, porque su hija lo tenía muy claro: si Toni iba a estar, ella no. Ella había enseñado a su hija a poner límites y ahora le tocaba ser coherente y respetarlos.

Mientras se debatía sobre cómo sacar el tema con su vecina porque creía genuinamente que no conocía el alcance de los actos de su hijo, llegó una tarde indignada porque una mamá del cole la había amenazado.

Lucía no sabía que la conversación que vendría después sería la última que tendría con su, hasta ahora, amiga.

Ella venía hecha un basilisco porque la mamá de aquel niño del que su hija le había hablado, la llamó (al parecer con muy buenas formas) para decirle que ese día irían al colegio y pasarían por registro una solicitud para que se activase el protocolo anti bulling con su hijo y que, de no ser suficiente, no le quedaría otro remedio que poner una denuncia.

Echaba espumarajos por la boca diciendo que de qué iba llamándola a su teléfono para cosas de niños, que si quien se creía. Entonces, unos minutos más tarde y más tranquila, empezó a contar que la mamá le había contado que su niño había dejado de comer, que no dormía, que vomitaba a todas horas, que había contado que Toni y sus amigos le había quitado la merienda todos los días de este trimestre, que le habían robado el estuche nuevo (dos, para ser sinceros), que lo amenazaban con rajarle el cuello, que le pintaban “Bujarra” en la mochila con típex, que…  Bueno, os hacéis una idea.

El colmo de toda esta situación llegó porque él, que siempre lloraba antes de llegar a casa y luego no contaba nada de nada, se vio sobrepasado cuando Toni le meó en la botella de agua y le dijo que en la excursión que harían pronto iba a conseguir tirarlo del bus. El niño se asustó y lo contó todo.

La vecina de Lucía entonces empezó con su argumento y es que no se ríen de uno si uno no es patético. Que nadie le manda ir con esas pintas de “trucha” al colegio. Que si las madres tan modernas dejan que sus hijos vayan al cole hechos un circo, deberían agradecer a los niños que los intentan corregir. Que si educase a su hijo para no ser un pringado como había hecho ella, no estaría así.

Lucía escuchó atónita a quien había sido una amiga para ella y se dio cuenta de que no podía permitir que hubiera alguien así en su casa y menos estando su hija. Así que le puso una excusa para que se fuera (pues no tuvo valor a decirle que es una sinvergüenza) y la bloqueó de todas partes.

Desde ese día no la saluda por la escalera. Quizá no sea el acto de mayor valentía, pero fue el que consiguió llevar a cabo para proteger a su familia.

No sé cómo estarán las cosas en el colegio ahora, pero tras la protesta de la madre de aquel niño, los amigos de Tony se disculparon y dijeron hacer todo aquello bajo amenazas. Ahora nadie de clase se acerca a él y su madre va quejándose a quien la quiere escuchar que eso sí es bulling.

Claro que Lucía no es una de esas, pues ha decidido que quien cría a un abusador conscientemente no merece nada, ni siquiera un cordial saludo de vecina.

Escrito por Luna Purple, basado en una historia real.

Si tienes una historia interesante y quieres que Luna Purple te la ponga bonita, mándala a [email protected] o a [email protected]