Conocí a Iván (nombre ficticio, aunque no se merezca que preserve su identidad) cuando ambos teníamos alrededor de 15 años. En esa época, entre los adolescentes, se llevaba mucho estar «de rollo» con alguien (voy a asumir que no todo el mundo conoce esa expresión, porque este foro lo leen personas de muchos países, pero si sabes lo que es, sáltate el paréntesis: estar de rollo es tener una relación no seria y no exclusiva con una persona) y nosotros no íbamos a ser la excepción. Empezamos a liarnos, besarnos, enrollarnos, llamadlo como queráis. Pero yo tenía muy claro que no iba a pasar de ahí. Yo por esa época no me había acostado nunca con nadie y no pretendía tener esa experiencia con Iván, la verdad. Como buenos mileniales, nos agregamos a Messenger y Tuenti para seguir charlando incluso cuando no estuviéramos cara a cara. Pero nuestra amistad, y nuestro tonteo, no resistió mucho tiempo e Iván pasó a engrosar la lista de contactos que todos tenemos en redes sociales, pero con los que no hablamos asiduamente.
Pero saltemos en el tiempo a Halloween de mis 20 años. Yo ya estaba en la universidad, en otra ciudad, y había hecho una amiga que tenía varios corsés. Como era noche de Halloween, me prestó uno para que me disfrazara de vampiresa y, como es habitual en las fiestas, algunas de las fotos que se hicieron esa noche acabaron en mi Tuenti. A la mañana siguiente revisé mis redes para rememorar la noche anterior y, de repente, veo que Iván, que no había estado en esa fiesta porque no forma parte de ese grupo de amigos (ni de ningún otro, recordemos que hacía años que no hablábamos), había subido un collage con fotos de chicas en corsés, criticándonos a todas porque, según él, no todo el mundo se puede poner un corsé. Por lo visto, hay que tener un tipo determinado de cuerpo para usar esa prenda. Además, por si fuera poco, a las demás chicas que formaban parte del collage les había emborronado la cara para que no fuesen reconocibles, pero a mí no había considerado necesario ofrecerme anonimato. Encima, cuando comenté quejándome, me contestó que me hacía falta cagar (de nuevo, no sé si esa expresión se usa en todo el mundo, pero viene a decir que te estás quejando sin razón, simplemente porque estás amargada porque no tienes regulado el tránsito intestinal). Es que es alucinante: se mete conmigo y, cuando me quejo, aún parece que es culpa mía, por no entrar a valorar también la mierda de visión del mundo que hay que tener para pensar que tienes derecho a criticar la ropa que quiera usar otra persona.
Pero lo más curioso no es eso. No sé cómo acabó esa anécdota porque no recuerdo si Tuenti posibilitaba que se denunciaran fotografías subidas sin permiso del retratado. Pero dejé de saber de Iván durante unos cuantos años más y, a los veintimuchos, me escribe por una app de ligue para intentar tener algo conmigo. Cuando le recuerdo lo que hizo, me contesta que por esa época él quería tener algo conmigo y no sabía cómo hacérmelo saber. No sé qué pensáis vosotras. Pero, por decirlo suavemente, yo creo que meterse con el cuerpo y la vestimenta de una persona no es la mejor estrategia para intentar conquistarla. Creo que eso de que «los que se pelean se desean», que se decía en los patios de los colegios en los noventa en España, ha hecho mucho daño a la concepción de algunas personas sobre cómo ligar en el siglo XXI.
