Una no puede controlar de quién se enamora.

No puedes esperar a tener un certificado de penales ni a conocer todas y cada una de sus taras.

Ni cómo se lleva con su madre.

Qué lástima.

A mí esto último me hubiera venido de perlas porque estoy pillada hasta las orejas y necesito saber cómo convivir con alguien que está más enamorado de su madre que de mí.

Bueno, ya lo he dicho.

Mira que yo pensaba que eso del complejo de Edipo era un mito. ¡Ja!

A ver, puede que ponerme a hablar de Edipo como si supiera algo sobre el tema sea demasiado osado. Yo solo sé que mi novio antepone totalmente los deseos y órdenes de su madre a los míos. Y me está costando la salud mental sobrellevarlo.

En los inicios de la relación yo era totalmente ajena al vínculo de mi chico con su progenitora. Es difícil notarlo si no estás con ambos en la misma habitación. O si no los escuchas hablar por teléfono. Ejém…

De cualquier manera, no supe ver las señales. En cambio, una vez afianzada la relación y, sobre todo, después de vivir juntos, las pruebas que tanto tiempo tuve ante las narices empezaron a brillar como neones en un escaparate. Leches, ¡cómo pude estar tan ciega!

Demasiado tarde me di cuenta de que no pusimos nombre formal a lo nuestro hasta aquel encuentro ‘casual’ con mi suegra en plena calle. De quién era la que le había ayudado a escoger aquellos preciosos pendientes por nuestro primer aniversario. Y probablemente el resto de los regalos que me fue haciendo.

Empecé a ser consciente de la mamitis de mi chico cuando nos pusimos a buscar piso.

Cada vez que parecía que nos íbamos a decidir por uno, la madre que lo parió pedía verlo y nos echaba para atrás con alguna excusa.

Media docena de pisos que cumplían todos nuestros requisitos — los de los dos — desechados porque esa orientación no es buena. Está muy lejos del metro. Los dormitorios son muy pequeños. El baño no tiene ventana. Los electrodomésticos son muy viejos. ¿¿En serio, señora?? Y el otro dándole la razón en todas y cada una de las ocasiones.

Ni subiendo el presupuesto doscientos euros más conseguíamos dar con uno que agradase a la mujer.

Al final dimos con la casa perfecta. Que di tú que no está orientada al sur, no pilla cerca del metro, tiene dos dormitorios pequeños, el baño no tiene ventana y la nevera tiene más años que yo. Pero, claro, está a menos de quinientos metros de la suya.

Yo estaba ya tan cansada que no puse problemas. Tampoco es que la señora fuese a venir a vernos todas las semanas, ¿no?

No. Qué va.

Viene casi a diario.

Con su propia llave y sin avisar.

¡Y mi novio no le dice nada! A él le parece lo más normal del mundo. Vive al lado, no trabaja y le encanta traernos tuppers y plancharle las putas camisas. Pobrecilla, cómo le va a pedir que deje de presentarse en nuestra casa sin previo aviso y entrando como Perico por su idem.

Que ya no sé si odio más llegar del trabajo y encontrarme con que ha vuelto a cambiarme de sitio las cosas de la cocina, o estar remoloneando en la cama un día que libro y pegarme un susto de muerte al oír que alguien abre la puerta.

Y si fuera solo eso…

Pero está también lo de ir a comer con ella los domingos.

TODOS.

Sin excepción.

O lo de que tenga la exclusiva en Nochebuena, como si yo no tuviera una familia a la que también le pueda hacer ilusión juntarnos en esa fiesta, en lugar de en Navidad. Que vale que no, que en mi casa les da igual porque hace años que mis padres se van de viaje en Navidad y no las celebramos. ¡Pero eso ella no lo sabe! Y tengo más gente con la que juntarme, jová.

Cedo casi siempre porque el año que no lo hice mi novio estuvo al teléfono más tiempo que sentado a la mesa. Hablando con ella mientras le lloraba a moco tendido porque era la primera vez desde que lo había parido que no pasaban juntos la Nochebuena.

Y lo de pedirle consejo para absolutamente todo. Da igual de qué vaya el asunto, mami tiene que darle su bendición u opinión al respecto. También me pide la mía, eh, un detalle, pero si difieren… la suya vale doble y desempatamos.

Ah, y la ropa.

A mi chico le compra la ropa su madre. Desde los zapatos a las camisetas, pasando por los calzoncillos. El nene no ha ido de tiendas por necesidad en su vida. No porque no sepa, no porque no le guste, sino porque ya se le adelanta la madre.

‘Le hace tanta ilusión, y mira el tiempo y el dinero que me ahorro’, me dice.

Yo no lo entiendo.

Quiero a mi madre tanto como él a la suya, pero ni tenemos esa dependencia ni me parece sano que ellos la tengan.

Y me viene fatal, porque me limita y me coarta.

No digo que tengan que llevarse mal, pero creo que ya va siendo hora de soltarse y de romper el cordón, jová.

Por nosotros, por mí y por él.

Porque quiero dejar de comer sus tuppers día sí, día también y porque quiero poder montármelo en el salón a la hora de la siesta sin miedo a que ella se nos presente en casa con una bolsa de calzoncillos nuevos.

¡Hombre, ya!

 

Anónimo

 

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