Hay veranos que se recuerdan por los viajes, otros por las fiestas, y luego están esos veranos que se te quedan grabados porque aprendes, a la fuerza, hasta dónde puede llegar la maldad humana en un entorno laboral. El mío empezó con calor. Mucho calor. Calor de Sevilla en julio, de ese que no se suda, se te evapora directamente el alma

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Trabajo en un sector técnico, de campo, de obra, de los que aprietan. En mi ciudad soy la responsable de sede. No «responsable» de boquilla, levanté esa sede desde cero, la desarrollé, la impulsé y la sostuve. Conozco el trabajo, el terreno y las normas. Esto es importante decirlo porque, aún así, nada de lo que vino 

después tuvo que ver con jerarquías reales. Durante una campaña de verano llegó un compañero de la sede principal a ayudar”. Un peón. Entró más tarde que yo en la empresa. Ninguna responsabilidad sobre . Argentino. Y no, no tengo absolutamente nada en contra de los argentinos, pero quienes hayan trabajado con algunos sabrán que existe un perfil muy concreto: el del que habla como si todo el mundo estuviera equivocado menos él, el que convierte cada frase en una sentencia y cada opinión en una verdad universal

En cuestión de horas se hizo con un poder invisible. Empezó a mandar, decidir e imponer criterios. Su forma de hablar ya marcaba el tono: «esto se hace así, “acá siempre se hizo así«, «no entendés«, «no sabés«. Todo acompañado de una actitud de superioridad constante, de chulería, de desprecio encubierto

Al principio fueron cosas sutiles. De esas que te hacen dudar de ti misma: no escucharme, invalidar todo lo que decía, ridiculizar mis decisiones, exigirme tareas que no me correspondían. Yo hablaba y él miraba al vacío, como si nadie hubiera emitido sonido alguno. El silencio usado como castigo, quien lo ha vivido sabe lo que puede llegar esto a consumirte. El ninguneo como sistema de trabajo vaya… Esa misma semana entraba en vigor la jornada intensiva por calor extremo, algo regulado por ley en Andalucía. Intenté explicárselo varias veces. Su respuesta fue literal: que acá «son todos re vagos«, que no queremos trabajar, que «no querés laburar«. Aguanté varias veces. Hasta que no pude más y le dije que era una normativa legal y que, si no lo entendía, podía leerse la legislación. Su respuesta fue una risa burlona. Me di la vuelta y me fui carcomida por la rabia que sentía

La campaña siguió igual o peor. Faltas de respeto constantes, desprecios diarios, normas de seguridad saltadas porque allá en mi país se hace así«. Hubo un momento especialmente grave: una zona de paso de vehículos pesados que estaba prohibido cruzar. Yo era recurso preventivo de la obra y lo advertí. Me quedé fuera. Él no. Spoiler: casi se lo lleva un camión

Yo me senté un minuto a descansar la espalda, aún con el susto en el cuerpo. Y entonces lo vi. Sacando el móvil. 

Haciéndome una foto. Pensé que había sido un error, imaginaciones mías… Volvió a hacerlo. No dije nada. A veces el cuerpo entra en modo supervivencia y solo quiere que todo termine. 

Cuando acabó la campaña, él ya había hecho su trabajo en la sombra: hablar mal de mí, llamarme vaga, enseñar fotos sacadas sin consentimiento. Yo hablé con mi jefe sin saber toda la mierda que había debajo de la alfombra. Dije que no me había sentido cómoda, pero minimicé la situación por evitar problemas. Error número uno. La respuesta de mi jefe fue que no todo el mundo tiene la misma afinidad. «son cosas que pasan«

Pasaron los meses. Me convocaron a otra campaña, esta vez en la sede principal. Cogí un avión y fui. Y allí estaba él. Una semana entera compartiendo trabajo. Me obligaba a recogerlo y dejarlo en su casa, suponiendome 1 hora más de trayecto por la mañana y por la tarde. Jornadas de 8 a 8 sin parar a beber agua, comer o ir al baño. Ya sabéis de lo que os hablo, el típico que va a heredar la empresaNo me enseñó nada del trabajo que supuestamente iba a aprender (el objetivo de esa campaña). Me ignoró. Me dejó sujetando un «palo» durante horas

Volvía al hotel llorando cada día. Llantos y ataques de ansiedad diarios. Miré vuelos para irme a casa antes de terminar. Me planteé dejar mi trabajo

El último día, por WhatsApp, me escribió que me había puesto un GPS para vigilar dónde estaba. El colmo de los colmosAhí algo se rompió del todo. Intenté hablar con mi jefe, no pude porque literalmente él se encargaba de que no tuviera tiempo ni de pasar por la oficina. Aguanté la semana. Y desde el aeropuerto, esperando el avión, mandé un correo explicando todo a mi jefe. El trato, las fotos, la vigilancia, y la ansiedad constante. La respuesta de mi jefe fue correcta en las formas y floja en el fondo: que evitarían que coincidiéramos, que hablarían con él, que era complicado porque somos una empresa pequeña

Lo bloqueé. No he vuelto a saber nada de él. Mi jefe ha respetado que no vuelva a trabajar con él

No hay un final feliz de esta historia. No hay justicia. Yo no fui valiente, ni fuerte, ni una heroína. Me paralicé. Aguanté más de lo que debía. Me callé cuando tenía que haber hablado. Y cuando por fin hablé, ya era tarde.

Tuve crisis de ansiedad. Miedo. Sensación de estar vigilada. Dudas constantes sobre mí misma en un lugar que había construido yo

A veces hacer lo correcto no es enfrentarse, sino sobrevivir. O eso creía yo… 

Y a veces el daño no viene de un solo individuo, sino del silencio cómodo de quienes miran hacia otro lado

Contarlo también es una forma de no normalizarlo y recordarme a mi misma que no estoy exagerando