Nunca me había planteado seriamente un futuro con hijos hasta que conocí a mi última pareja. Él, la persona con los valores familiares más arraigados que he conocido, ha soñado con ser padre casi desde que tiene uso de razón. Cuando su hermano (3 años menor) era un bebé, él se levantaba a medianoche para entrar a hurtadillas a la habitación de sus padres y robar la cuna donde su dulce hermanito dormía.
Durante nuestra relación, casi cada día mencionaba algo que tenía pensado para cuando fuéramos padres. “Ojalá quieran apuntarse a una banda de música”. “Si les apetece ir disfrazados de Spiderman al colegio, que vayan. ¡Tendrán que desarrollar su personalidad!”. Yo, que he pasado los últimos años rodeada de sobrinos, me enternecía con su instinto paternal. Y el amor (ay, el amor) y las ganas de estar para siempre con él (y las hormonas, supongo que también las hormonas) despertaron el mío. Y muchas veces me imaginé hablándole a mi barriga y teniendo discusiones por el nombre.
Todo esto ahora da un poco igual, porque hace unas semanas que lo dejamos. ¿Cuál es el problema añadido, además del luto que implica el final de cualquier relación? Pues que él, con 35 años, aún tiene oportunidades por delante para cumplir su sueño. Yo, con 34, me parece que no tengo tantas. Y esto abre todo un abanico de sentimientos nuevos en una mujer de treintayalgunos.

«¿Cuál será el estado de mi reserva ovárica?» «¿Cuántos años de fertilidad me quedarán por delante?» «¿Debería congelar óvulos?» «Si conozco a alguien, ¿la segunda pregunta después de “¿Cómo te llamas?” tendría que ser si quiere ser padre?»
La cadena de dudas sobre las posibilidades o no de embarazo puede prolongarse hasta la mañana siguiente. Pero de una dependen todas las demás: «¿QUIERO DE VERDAD SER MADRE?»
Esa es la pregunta que ahora me mortifica, como diría Juan Luis Guerra. Veo a amigas que siempre habían ondeado la bandera de la no-maternidad, que hacían muecas de verdadero asco cuando veían a un bebé, luciendo ahora orgullosas sus vaqueros de cintura elástica y eligiendo nombres como Lola o Martín. Y entonces sí, lo tengo claro: ¡Por supuesto que quiero ser madre! Pero unos meses más tarde, veo a las mismas amigas (con más ojeras y menos paciencia) llorando porque la vida que tenían ya nunca va a volver y, además, las rajaron como a rapes en la pescadería. Y vuelvo a casa con una convicción férrea: PASO.
Este vaivén tan líquido entre el sí y el no puede parecer una tortura, pero hay algo aún peor: sabes que es tan agotador como efímero. Porque en un tiempo, no sé si dos, tres, cuatro, puede que cinco años, ya ni siquiera tendré el privilegio de decidir, porque la naturaleza habrá decidido por mí. Estaré sola (o peor, rodeada de plataneros y monsteras a los que habré puesto nombre) y maldeciré el día en que decidí gastarme los ahorros para congelar óvulos en un viaje a Nueva York para singles. Ni Lola ni Martín existirán. Ay, sí, serán mis plantas, claro.

«Si esperas al momento ideal, nunca va a llegar», me dice una amiga con la teta fuera y un bebé rollizo chupándole el alma. Bueno, pues si no llega, siempre me quedarán las fiestas, los fines de semana sin madrugar, las sesiones de maderoterapia y, ruego a Shakira, pocos llantos y mucha facturación. Y ya, si eso, alguna tarde de parque con los sobrinos. Que tampoco está tan mal, ¿no?