Soy madre de tres hijos y abuela de tres nietos. Tengo la suerte de que mis hijos se decidieron a ser padres relativamente jóvenes, por tanto, he tenido la suerte también de poder disfrutar de mis nietos cuando el cuerpo y la mente aún me acompañan. Disfruté muchísimo de mi maternidad mientras fueron niños y ahora estoy reviviéndola de alguna manera con mis nietos. De veras que no sabía que ser abuela era tan bueno. Estos pequeños me dan la vida.
Supongo que, en gran medida, porque ejerzo unas horas al día y ni siquiera todos los días. Al contrario que sus padres, después de estar con ellos yo me voy a descansar a mi casa la mar de contenta. Es que es genial esto de tener la parte buena y nada o apenas nada de la mala.
En fin, que yo ya fui madre y con todas las consecuencias, así que no pienso sentirme mal por ello.
El caso es que lo que venía a contar es que de siempre he arrastrado un problema con el mayor de mis hijos. Y que, desde que él mismo ha sido padre, ha ido a peor y a peor. Me cuesta muchísimo decirlo, es algo que no he hablado con nadie porque me hace sentir muy mal. Quizá por eso lo cuento en este email, porque tengo que confesarme: Mi hijo me cae mal. Me odio por ello, pero tampoco consigo evitarlo.

Si soy cien por cien sincera, debería decir que siempre ha sido así. Lo que ocurre es que, mientras fue niño e incluso adolescente, me lo negué a mí misma. No podía ser. ¿A qué madre le cae mal el fruto de su vientre, por Dios? Me convencí de que se trataba de una consecuencia ‘normal’ de la crianza. Lo cual fue colando hasta que me di cuenta de que me pasaba con él, pero no con sus hermanos. Me decía que era a causa de su carácter caprichoso, de esa ansia suya por ser siempre el mejor, el primero que, el único que, a pesar de que tenía dos hermanos más. Como que aunaba demasiados de los defectos que menos me gustaban en las personas.
Con la adolescencia la situación mejoró, porque los tres son bastante seguidos y me obligué a comprender y respetar esa fase por la que pasamos todos y que es lo que hay. Era eso o volverme loca, la verdad sea dicha. Y aunque su entrada en la etapa adulta supuso cierta mejoría, como decía, ahora que es padre, ha vuelto a recrudecerse. Tengo que reconocer que me cae mal y punto.
Le quiero, le quiero tanto como a los otros dos. No se trata de que no haya desarrollado por él ese sentimiento de amor maternal, no es eso. Es solo que, si soy honesta conmigo misma, lo veo clarísimo. No me gusta que sea tan borde, despegado y egoísta. En especial desde el nacimiento de sus mellizos. No me gustaba que se dé esos aires de grandeza, que menosprecie a sus hermanos, que no pierda ocasión de ponerse por encima de ellos con cualquier cosa, ya sea los estudios, el trabajo o hasta la forma física.

Pero es que ahora me gusta aún menos que parezca que sus hijos son los más listos, que él lo sabe todo, que los demás no tenemos ni idea. Que él es el único que está ocupado. Que venga a las comidas familiares con esa actitud de perdonarnos la vida a todos. Odio que no se preocupe por nadie más que él, él, él, sus hijos, su mujer y él. Que cuando estamos con ellos nos ponga literalmente de niñeras a todos, porque él está agotado. Que solo se integre mientras él o su familia protagonizan el tema de conversación. Y que se abstraiga con el móvil cuando no es así. Odio que siempre tengamos que adaptarnos todos a sus deseos para mantener el contacto o para poder juntarnos todos, porque él no cede en nada.
Vamos, que por mucho que me duela y por mucho que lo quiera y por muy orgullosa que esté de él en otros aspectos, mi hijo me cae mal.
Anónimo
Envíanos tus movidas a [email protected]