¿Cómo se llaman mamá y papá? Una pregunta inocente que se le hace a menudo a los niños. Y en principio, sencilla. Pero, por muchos años, no supe cómo responder a esta pregunta. ¿Cómo responde una niña viviendo en un mundo tradicional y normativo, cuándo su respuesta va a sonar rara y, probablemente sea motivo de burla por no ser habitual? 

Dejadme que os ponga en contexto en este mundo de locos en el que me crié.

Mis padres biológicos, Carmina y José, me tuvieron cuando eran muy jóvenes. Esto fue a finales de los 80, cuando no tenían muchas mas opciones que tirar para adelante. Quizá lo mas razonable que hicieron fue decidir no pasar por el altar, por mucho que aquello les creara infinidad de problemas y obstáculos, puesto que pocos meses después de nacer yo, se separaron definitivamente.

Avanzados a su época, acordaron una rutina conmigo que ahora se llamaría custodia compartida. Para ellos simplemente fue supervivencia. Sin jueces ni papeles de por medio. Lo único que se les ocurrió hacer. La mitad de la semana estaba con mi madre, mientras mi padre trabajaba. La otra mitad, con mi padre, para que mi madre pudiera hacer lo mismo. No puedo decir que me faltara de nada, pero se notaba que simplemente lo hacían porque era lo que tenían que hacer. Que, de haber sido por ellos, yo no estaría allí.  Y no les culpo. Prácticamente eran unos críos jugando a las muñecas. Y se que lo hicieron lo mejor que sabían.

Cuando yo cumplí cuatro años, mi padre se casó con Lourdes. Y meses después, mi madre conoció a Fermín. No llegaron a casarse legalmente, pero si se mudaron juntos y empezamos a hacer todo como una familia. El acuerdo conmigo siguió siendo el mismo. Lourdes y Fermín se tomaron muy en serio su papel. O igual intentaban suplir unas carencias que ellos veían en mí, la falta de unas figuras paternas de verdad. Pero fueron los que se dedicaron a ir a las tutorías del colegio, a sentarse a hacer los deberes conmigo, a   llevarme al médico cuando me hacía falta, a hacer todas esas cosas que los padres se supone que deben de hacer con sus hijos. De hecho, mis padres biológicos ni siquiera se venían, todo se hacía a través de Lourdes y Fermín.

Creciendo, al principio yo pensaba que era lo normal. Me acostumbre a llamarles mamá 1 y mamá 2, papá 1 y papá 2. Casa 1 y casa 2. Pero, en el cole, finalmente me di cuenta de que otros niños solo decían mamá y papá, y cuando les contaba que yo tenía dos de cada y dos casas diferentes, me miraban como si fuese un marciano. Hoy lo vemos como algo normal, pero los comentarios y burlas que sufrimos muchos niños por no tener una familia normativa solo lo sabe quiénes lo hemos vivido.

El siguiente gran palo vino cuando yo tenía 11 añitos. Mi madre dejó a Fermín, que se fue de casa. Recuerdo que, al principio, mi madre intentó que yo cortara todo contacto con él. “No es de la familia”, me decía. No se si intuía que, de poder elegir, le elegiría a él, o simplemente se dejaba llevar por lo que era normal.  Pero estuve sin poder verle durante varios meses. Hasta que mi madre entendió que, sin la ayuda de Fermín, tenía que encargarse ella sola de todo lo relacionado conmigo los tres días a la semana que pasaba en su casa. Y eso ya no le venía tan bien porque, como le gustaba recordarme, ella ya había sacrificado bastante por encargarse de mí, y era hora de que pudiese vivir su vida. Así que, de esos tres días y medio que estaba con ella, pase a quedarme dos en casa de Fermín, que al poco tiempo empezó una relación con otra mujer, con la que tuvo otro hijo. 

Desde el primer día me dejó claro que su nuevo hijo no le iba a hacer olvidarse de mí, que siempre iba a ser bienvenida en su casa, y que nos consideraba hijos a ambos. Con su mujer, Amparo, también hice buenas migas.  Como me pilló ya más mayorcita y en una época más rebelde, no llegué a conectar tanto con Mamá 3 como lo hice con Mamá 2, pero siempre la he sentido incluso más cercana que a mi madre biológica. Fermín fue la decisión lógica para mi cuando me casé y pensé en mi padrino de boda.

Técnicamente podría decirse que también tengo un tercer padre, pues mi madre biológica finalmente se casó, después de pasar unos años picando de flor en flor. Pero apenas tengo relación con el susodicho más allá de lo cordial. Se casaron cuando yo ya no vivía en casa, así que tampoco le he dado más opciones. A mi madre se le ve feliz, que es lo que cuenta.

Mi padre biológico, por su lado, siempre ha sido bueno conmigo. O, mejor dicho, nunca ha sido malo.  Pero siempre ha sido más un poco de la vieja usanza. Esa en la que los padres prácticamente no sabían ni el nombre del colegio al que iban los hijos. Pero Lourdes siempre ha estado ahí. Fue quien me apoyó cuando me vino la regla por primera vez, quién se pasó noches en vela conmigo cuando viví mi primer desamor, y a la primera persona que llamé cuando descubrí que estaba embarazada. Por desgracia, no pudieron tener más hijos, pero nunca le importó porque siempre me ha considerado su hija.

Así que, hoy estoy orgullosa de decir que mis padres se llaman Lourdes y Fermín, con Amparo, Carmina y José de padres suplentes.

Ahora que yo soy la madre, nos lo pasamos pipa en casa esperando a que en el cole empiecen a pedir hacer el árbol genealógico. ¡Nos van a faltar ramas! 

Anonimo