Sí, tengo 38 y un montón de fobias… algunas más raras, como la de los fideos (no puedo comer ni ver comer fideos ni espaguetis… puedo vomitar de forma estrepitosa), a los ombligos (hasta la misma palabra me da grimita) o a los patrones repetitivos, sobre todo si son agujeritos o formas geométricas muy juntitas y pequeñas (esto sí tiene nombre: TRIPOFOBIA). Otras son más habituales, como el pánico a las cucarachas o a las agujas. Y de esta última vengo a hablaros… porque sé que somos muchas las personas a las que les dan autentico pavor.
A mi si hoy me dicen que en tres días tengo que hacerme una analítica, estoy llorando los tres días… y puede ser que el siguiente también, por la impresión. Porque yo no solo me mareo, que sería lo habitual… yo monto unos espectáculos que ríete tu del circo del sol.
Todo empieza con mi ansiedad, que llega hasta tal punto que con los años mis venas han desarrollado un método de defensa que más que ayudar, joden aún más la marrana: ¡SE ESCONDEN LAS CABRONAS! Nada más llega la enfermera o el enfermero con la dichosa gomita para el brazo hacen bomba de humo y… ¿dónde está la vena, aquí o aquí? Yo, entre llantos e hiperventilaciones, ya directamente les digo que lo intenten en la mano, que ahí donde han puesto la gomita no la van a encontrar y va a ser peor… Si conoceré yo a mis venas… Pero siempre hay quien piensa que no es para tanto y empieza la exploración en el brazo. La enfermera en busca de la vena perdida. Eso no hace más que aumentar mis niveles de ansiedad, ya os lo digo… Al final el estrés es tal que antes de que me acerque la aguja me he desmayado. Con un poco de suerte he aguantado hasta el pinchazo.
Ya el resto os lo podéis imaginar… enfermeros y/o médicos alrededor mío, dándome guantacitos en la cara, echándome agüita… y como a esto voy siempre acompañada porque si no salgo corriendo antes de que me llegue el turno, la persona que ha venido de acompañante, generalmente mi padre, sin saber meterse de la vergüenza. No porque le de vergüenza en sí que forme esta zapatiesta (o si, no lo sé…) sino porque mi padre, señor tradicional donde los haya, piensa que el personal de allí me va a tomar por loca cuando forme la de dios y me vean con tatuajes y piercing…
En fin, que sí, que igual me falta una “papa “pa” el kilo”, pero oye, es irremediable. Así que si eres enfermera o enfermero y alguna vez te toca sacarme sangre, te pido disculpas anticipadas. Además, os dejo por aquí algunas cositas que igual te hacen comprender un poco mi estado. O si como yo, tienes pánico a las agujas, te sientes identificado o identificada:
- Por favor, no me digas eso de que no duele. Yo sé que no duele. Y me da igual que duela o no, la fobia es a la aguja, no al dolor… ¿a que no meterías a una persona con claustrofobia en un habitáculo enano y le dirías eso de “pero si no dueleeeeee”? ¡Pues es lo mismo!
- Da igual que sea un momento, que sean dos minutos o tres horas. Yo sé que esa aguja está ahí y que lleva mi nombre. Con eso me basta para encadenar una llantina tras otra. Además que para mí nunca es “un momento”, ya os digo que soy capaz de montar un drama digno de cualquier telenovela turca. Verás tú si en una de estas no me encuentro al Can Yaman este con una bata blanca intentando reanimarme.
- No me digas que no mire. Obviamente no voy a mirar ¿me has visto cara de masoca? Es lo que me faltaba encima, mirar “pa” que el jamacuco que me dé requiera del uso de un desfibrilador… Y ojo cuando me dicen “a mí también me da miedo pero no miro y ya está”. Ea, un gallifante “pa” ti y para lo valiente que eres…
- Tampoco me digas «no lo pienses». Vamos a ver… ¿eso de no pensar es posible? ¿Me estás diciendo que hay gente en este mundo que tiene la capacidad de decidir no pensar en algo que les da pánico? ¿Existen tales seres de luz? Quiero uno de esos en mi vida…
- No me digas que he parido. Oye, que lo sé ¿Sabes? Yo estaba ahí…. Repito, la fobia es a las agujas, no al dolor. Y para muestra un botón… tuve a mi hijo sin epidural. Y lo peor de todo es que si a día de hoy tuviera que volver a dar a luz, sabiendo lo que duele, volvería a hacerlo sin epidural. Porque (no hay dos sin tres)… ¡TENGO FOBIA A LAS AGUJAS, NO AL DOLOR!
- Tengo algún tatuaje, sí. Y ganas y espacio en el cuerpo como para hacerme cien más. Y para más inri me hice hace poco un piercing. Me atravesaron la nariz, en toda mi cara (es lo que tiene tener la nariz en la cara) y ojo, que gustar, gustar… no gusta. Pero poco más que un mareíllo tonto y dos lagrimones involuntarios como cocos de grandes. “¡Entonces tú lo que tienes es más rollo que una fábrica de persianas!” No, a ver… es que me da miedo la aguja médica y toda esa aura hospitalaria que rodea ese momento, no la pistola del tatuaje ni la estaca esa que me clavaron en la nariz para hacerme el agujero.
- Tengo 38 años y voy a llorar todo lo que me salga del papo, porque no lo puedo evitar. En ese estado me dan igual frases como «hay que ver la que está liando con lo grande que es» o “acaba de salir un chiquillo con su madre y va tan contento”. ¡Pues ole sus huevos gordos pero yo voy a llorar lo mío y lo del chiquillo! Que ya que nos ponemos… ¡lo hacemos bien!
Dicho esto, tengo que reconocer que no recuerdo ninguna vez que haya tenido que hacerme una analítica de sangre y el personal sanitario no me hayan tratado con todo el cariño del mundo, así que solo puedo decir… ¡Muchas gracias por vuestra profesionalidad y paciencia!
VirPino
