Hace algunos años empecé a sentirme atraída por mujeres. No por todas. Chicas muy concretas. Supongo que era su personalidad… y algo más lo que me llamaba la atención. Al principio pensé que no podía ser, que yo era heterosexual y no podía sentirme atraída por una mujer.

La vida, que no me ha tratado muy bien que digamos, me llevó a un punto en el que quise experimentar y probar. Con los años he perdido parte de ese miedo al qué dirán y a sentirme diferente.

Me empezó a llamar mucho la atención una compañera de trabajo, pero no me atrevía a decirle nada. No sabía si ella sentía lo mismo, ni siquiera si le gustaban las mujeres. Con el tiempo comenzamos a hablar, a tener más confianza, y descubrí que tenía novio. Después de eso perdí toda la esperanza con ella y, aunque me seguía gustando, me hice a la idea de que nunca llegaríamos a más.

Hasta que llegó la tan esperada cena de Navidad de la empresa. Y todo cambió.

Después de tres horas probándome modelitos frente al espejo, me decanté por un vestido rojo de terciopelo que me había comprado en Shein. He de confesar que me quedaba muy sexy. Me puse unos taconazos y un maquillaje que me hacían parecer una modelo. No era imaginación mía: varios compañeros no paraban de mirarme y de intentar hablar conmigo más de lo habitual. Suelo ir a trabajar sin maquillar y, como trabajo en un almacén, normalmente llevo uniforme. Aquella noche era otra persona.

Mi compañera —vamos a llamarla Olivia— no paraba de decirme lo impresionante que estaba. La cena transcurrió y, como todo era gratis, bebí y comí hasta hartarme. Resultado: iba como una cuba.

Mi grupillo de compañeras, con Olivia incluida, decidió continuar la fiesta en una discoteca. Imagino que ninguna iría mucho más cuerda que yo, porque seguimos bebiendo. Las luces de colores, la música… yo estaba extasiada. Me sentía como Babi en A tres metros sobre el cielo. No sé cómo, pero Olivia y yo empezamos a bailar juntas, cada vez más pegadas. Fue muy sensual. Yo me ponía más y más nerviosa.

En un momento dado, Olivia me miró y me preguntó si la acompañaba al baño.

Una vez allí, me plantó un morreo y empezó a meterme mano por debajo del vestido. Yo estaba excitada y muy nerviosa; nunca había estado con una mujer. El calentón iba en aumento, yo ya estaba en modo “esto está pasando de verdad”, cuando de repente Olivia se separó un poco para bajar más… y yo pegué un grito digno de película de terror.

Porque estaba llena de sangre.

Pero llena, llena. Como si me hubiera peleado con un vampiro en el baño de la discoteca.

Olivia empezó a chillar al verme y yo a chillar porque ella chillaba, y en cuestión de segundos aquello parecía una escena de Criminal Minds versión borrachas. Las chicas que estaban haciendo cola fuera del baño empezaron a golpear la puerta preguntando si estábamos bien, alguien gritó que llamaran a seguridad y yo solo pensaba: no puede estar pasándome esto ahora mismo.

Forzaron la puerta y se encontraron con el espectáculo: yo, borracha, en tacones, con un vestido rojo y ensangrentada hasta arriba; Olivia blanca como el papel; y todo el mundo mirando sin entender absolutamente nada.

Tras unos minutos de pánico colectivo, alguien se dio cuenta de que aquella sangre digna de hospital no era otra cosa que mi nariz, que con el alcohol, la excitación y el drama decidió reventar sin previo aviso. Querían llevarme al hospital, pero yo solo repetía que no pasaba nada, aunque por dentro solo pensaba: tierra, trágame.

Olivia no me escribió para preguntarme cómo estaba ni nada. Y cuando el lunes volvimos al trabajo, las dos estábamos mucho más distantes. Después de eso decidí cambiarme de trabajo por mi salud mental. Perdí todo contacto con ella y, por lo que sé, sigue con su novio.

Ahora, después de varios años, puedo recordarlo como una anécdota graciosa y divertida. De esas que solo cuento cuando voy borracha… para echarnos unas risas y recordar que no todas las fantasías salen bien.

Sofía Estrella