Agarraos la peluca porque os traigo EL drama.
Sí, otro. Porque cuando una cree que ya lo ha vivido todo en esto del dating, va la vida y te dice: “¿te pensabas que lo del ghosting era lo peor? JAJAJA”.

Todo empezó en Tinder (obvio). Conecté con un tipo que oye, parecía normal. Guapo, simpático, con barba de esas que te hacen pensar que le gusta el hummus y los vinilos. Quedamos en su casa para cenar porque él «cocinaba de lujo» y yo dije, venga va, a ver si me ahorro el Glovo por una noche.

Spoiler: ojalá hubiese pedido un kebab.

Llego a su piso, todo bien, me ofrece vino, pone musiquita indie y me sirve una pasta con no sé qué salsa «casera». Yo, como buena gorda educada me lo como todo y le sonrío. Error.

Pasados veinte minutos empecé a notar que mi intestino decía: Houston, tenemos un problema. Y de repente, como si me hubiera poseído el espíritu de la Loca del Baño de Harry Potter, me vi corriendo por el pasillo en busca del retrete mientras él me decía desde el sofá:
—Si necesitas algo, estoy aquí, eh.

Y bueno… digamos que me desintegré en su váter. Que el alma se me salió por el ano. Que esa cisterna tuvo que hacer horas extras. Y yo  muerta de vergüenza, sudando frío y pensando en cómo disimular el apocalipsis que acababa de causar.

Pero esperad porque lo mejor (o peor) viene ahora.

En uno de esos momentos de silencio incómodo, me di cuenta de que no se escuchaba ni una mosca fuera del baño. Nada. Cero. Ni el típico ruido de alguien moviéndose por la casa, ni un paso, ni un scroll de móvil…
Y de repente me pareció oír un suspiro. Bajito. Pegado a la puerta.

Yo, que ya estaba en modo pánico nivel “quítame la vida ya, señor”, me armé de valor y pregunté desde dentro:
—¿Estás ahí?

Y el cabrón, con toda la naturalidad del mundo me suelta:
—Sí, perdona… Es que me da morbo.

Yo me quedé en shock. Literalmente. 
—¿Morbo de qué? —le pregunté sin poder creérmelo.
Y va el tío y me contesta:
—No sé… Me pone que estés ahí.

No supe si llorar, reír, llamar a un exorcista o a Chicote para que le cierre la cocina. Me limpié como pude, salí del baño en modo ninja y le dije que me tenía que ir porque me acababan de ingresar a mi pez en el veterinario.

Desde entonces bloqueo, eliminación de Tinder y una dieta blanda emocional.

Moraleja:
Nunca confiéis en un tío que presume de cocinar «cosas exóticas». Y si os sentís indispuestas, huid al bar de la esquina antes de descubrir que vuestro match tiene fetiches gastrointestinales.

Con amor (y Fortasec)
Puti Jones 💅

Más testimonios en whatsapp