¿Sabéis de esas personas que tropiezan una y otra vez con la misma piedra? Pues aquí una servidora es el ejemplo perfecto. Se podría decir que soy toda una experta en tropiezos, pero es que además, visto lo visto, no he aprendido nada de ello. Mira que siempre, de vuelta a casa, después de cada cita desastrosa, me digo a mí misma: «Esta es la última vez que tiro de aplicaciones chorra para conocer tíos, ¿qué necesidad tengo de añadir otra anécdota humillante a mi ya de por sí larga lista de decepciones amorosas?». A pesar de todo, no sé si por pereza, comodidad o pura costumbre, siempre vuelvo a las andadas y termino sumergida una vez más en el maravilloso mundo de las apps de ligoteo.

La verdad es que hacía algunos meses que esto de los match me tenía ya soberanamente aburrida; después de conocer a unos cuantos chicos en persona que parecían ser perfectos para mí, al menos en apariencia, y comprobar que todas mis ilusiones no habían sido más que humo, una termina por perder un poco la fe. Y es que me di cuenta de que ahí no había feeling ni leches, que cada uno era calcado al anterior y que, definitivamente, allí no había nada para mí más allá de la posibilidad de un revolcón que, francamente, empezaba a saberme a poco. Qué puedo decir, en ocasiones, una se pone romanticona.

Y cuando pensaba que el mundo del ligoteo digital no era para mí, apareció «el hombre». Era mono, gracioso, ocurrente, culto, tenía un trabajo estable, las ideas claras, teníamos un montón de aficiones en común, no hablaba pestes de sus relaciones anteriores ni era un misógino de manual. En aquel momento me vinieron a la mente las palabras de la gran Samantha Jones: «Si algo parece demasiado bueno para ser cierto, probablemente lo sea». Pero una parte de mí, optimista ella, se negaba a creer que no pudiera existir un hombre tan increíblemente perfecto. Ojalá le hubiera hecho caso a la otra parte de mi cerebro…

Cuando me quise dar cuenta, llevábamos más de tres horas charlando, así que decidimos intercambiar los teléfonos. En episodios anteriores, las bombas de humo (ghosting, como dice ahora la gente moderna) habían sido una técnica que muchos de los tíos que conocí a través de aquella app habían puesto en práctica con más asiduidad de la que, a mí personalmente, me parecía que una podía soportar: semanas o incluso meses hablando y haciendo planes que se terminaban cuando, sin más, dejaban de responder para siempre. Para mi sorpresa, este chico no solo no desapareció de la noche a la mañana sin dar explicaciones, sino que me propuso quedar para cenar y así conocernos en persona.

He de confesar que estaba como un flan, pero, pasado el rato, la cosa fluía con bastante naturalidad y me sentía muy cómoda con él. Nos reímos un montón, nos contamos nuestras vidas en verso, charlamos de todo y más… No quise poner la mano en el fuego, pero estaba segura de que aquello rezumaba rollo. Después de tomar un par de cervezas y habiendo roto el hielo definitivamente, nos dirigimos a un restaurante que él había reservado a mi nombre. El local era perfecto y había un ambientazo que incitaba a arrimarse un poco más de la cuenta para charlar debido al volumen de la música, lo cual nos vino de perlas para dejar caer los primeros besos entre las primeras copas de vino.

Aquel tío era de diez. La noche fue sobre ruedas y maridamos aquella cena con unos cuantos magreos disimulados y muchos besos hasta que llegó el momento de pagar la cuenta. Nos tiramos un rato discutiendo sobre quién pagaría, pero él se ofreció con tal ahínco que, aunque yo soy de las que opina que es el hombre quien debe pagar por el simple hecho de serlo y, sin que sirviera de precedente, le dejé hacer por una vez. Como estábamos más cachondos que una mona, no me lo pensé dos veces cuando me propuso ir a su casa a comernos el postre. Me dijo que, en lo que yo iba al servicio, él iba pagando y me esperaba fuera.

Con todo mi calentón, iba como en una nube saliendo del restaurante, pensando en qué suerte había tenido aquella vez con ese chico, cuando escuché una voz a mis espaldas que decía algo así como “¡Oye! ¡Tú! ¡Oye!”, y que yo ignoré por completo. Ya íbamos caminando de la mano por la calle, con prisa por llegar a su casa, cuando me gritó “¡Corre!” y soltó mi mano. Yo no entendía nada, me quedé ahí plantada con cara de circunstancias viendo cómo mi cita corría calle abajo como alma que lleva el diablo. Pero enseguida lo entendí todo. Cuando miré hacia atrás, vi al camarero que nos había servido la cena con cara de pocos amigos corriendo hacia mí y gritando: “¡O me pagas o llamo a la policía!”.

Resulta que el muy jeta se había ido sin pagar y encima me había hecho cómplice. En aquel momento solo deseé que me tragara la tierra. Quise culpar a mi acompañante, pero no había ni rastro de él, así que encima me vi disculpándome por algo que no había hecho y pagando la cuenta. Supuse que el sinvergüenza estaría escondido en las inmediaciones del restaurante y que aparecería para disculparse o darme algún tipo de explicación, pero lo único que recibí fue la bomba de humo más cara y más surrealista de mi vida.