En anónimo

Aquí treintañera a los mando de la nave, los 30 me han sentado fatal, he tenido crisis existencial, me he replanteado toda mi vida entera, llegué a la conclusión de que quería ‘hacer locuras’, luego fui consciente de que estamos en medio de una pandemia mundial y claro, así no hay quien protagonice a tres metros sobrecielo tardíos.

¿Lo más cerca que he estado de vivir una historia de amor desenfrenado? Bajarme Tinder y hacer match con un chaval que SOLO tenía fotos de comida que él mismo cocinaba, me atrevo a adjuntaros alguna para que veáis que esto es una historial real como la vida misma JAJAAJAJ.

Os pongo la foto del plato de croquetas porque yo sé que también os hubieran conquistado a vosotras jajajaja. A parte también tenía flan de café, tortilla de patata, macarrones con tomatico, crepes… Lo que viene a ser todo lo que necesito del hombre que vaya a formar parte de mi vida. Me flipa comer, odio cocinar. ¿En una situación normal hubiera dado match a un perfil en Tinder que solo tiene fotos de comida y que no sale NADA de él mismo? Probablemente no, porque de hecho ni me hubiera bajado Tinder.

¿Qué me esperaba yo de esta App? Pues la verdad que no tengo ni idea, pero no lo que me he encontrado, definitivamente. Yo quería locura, amor de ese loco que de repente te arrastra como la vida misma, que follas como loca y solo puedes pensar en verle al día siguiente y nada más lejos de la realidad. Resulta que me encontré hace ya 9 meses con el que creo que podría ser el padre de mis hijos. 

Sé que es muy pronto para saberlo, pero de verdad que no nos puede ir mejor. Nos respetamos, nos escuchamos, no nos metemos en la privacidad del otro, hemos conocido a nuestros respectivos grupos de amigos y hemos encajado perfectamente en ambos, me cocina y yo como, hacemos la compra juntos, hemos convivido durante varios días uno en el piso del otro y ha ido como la seda.

 

Lo que más miedo me daba al principio era dar el paso a verle físicamente. Era tanta la conexión a través del chat de la aplicación que os juro que tenía pánico a verle la cara y que no me gustase, no me considero una persona superficial, pero me gustaba tanto que no creía que su cuerpo pudiera estar a la altura de mis expectativas y me equivoqué. 

No sé si era ya todo lo que sabía de él, todo lo que él sabía de mí o la intimidad tan rara que habíamos creado solamente a través de mensajes que cuando me pidió el nº casi dos semanas después del match, me habló y miré su foto de perfil solamente pude pensar: ‘es él’. 

No creáis que es un chico guapísimo, de esos que quitan el hipo, con ojos verdes, metro noventa, fuerte lo justo y con unas manos increíbles con las que tocarte… Bueno, lo de las manos sí. JAJAJJAJAJA. El caso es que es un chico normal, más bajito que yo, con ojos marrones, pelo marron, barba poblada y barriga cervecera. O sea, que no tiene nada así como muy llamativo, pero yo le vi y dije… Este es pa mi. Era como lo que me faltaba antes de estar 100% segura de que lo quería conocer en persona.

Y otra semana después, después de casi un mes hablando prácticamente a todas horas le vi. Le vi y me dio un vuelco al corazón, lo miré y dije… No puede ser verdad. Había conexión, de la de verdad y todo fue tan aleatorio como ver un plato de croquetas pensar ‘joder, qué hambre’ y a continuación un ‘¿por qué no?’. De ahí al match, del match a darnos el número, del número a la cita, de la cita a otra cita, de la segunda cita al beso en mi portal, del beso en mi portal al sube a mi casa, del sube a mi casa al quédate a vivir. Se mudó hace un mes y no puedo ser más feliz.

Las croquetas me gustaban, ahora tengo claro que en mi boda va a haber barra libre de ellas. 

 

Anónimo

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