A veces me pregunto de qué manera nos han frito el cerebro para que mujeres estupendas, en todos los sentidos, terminen casadas con absolutos patanes. Nos han bombardeado tanto con mierdas como la de que se nos pasa el arroz, perdemos atractivo y vamos a morir solas y rodeadas de gatos que pasamos por el aro con demasiada facilidad. ¡Es amargante!
Esto que digo lo veo en algunas de mis amigas. Sus maridos son BECERROS, en mayúscula. Me podéis acusar tranquilamente de sentirme superior, sé que lo soy. De hecho, no tiene ningún mérito ser superior a estos seres. Una rata de alcantarilla también lo es.
Algunas de mis amigas soportan lo indecible de tipos que ni las respetan, ni las ven como iguales, ni las quieren. Y tengo menos de 40 años, ¿eh? No soy una de esas pobres abuelas que preferían casarse con cualquier bulto sospechoso antes que tener que cargar con la deshonra de ser las “solteronas” del barrio o del pueblo.
Perdón, siempre me enveneno más al escribir que al vivirlo. Ahora mismo enfoco y os cuento.
Hace una semanas estábamos de barbacoa en casa de una pareja de amigos, con otras cuatro parejas más. Una de ellas llevó a su bebé de 3 o 4 meses, un rorrito encantador lleno de rosquitas de carne, que duerme a todas horas, come maravillosamente y, cuando no está haciendo ninguna de esas cosas, sonríe. El bebé ideal, vamos, el que toda embarazada firmaría ahora mismo tener.
Tan encantada está la madre que ya dice que no le importaría ir a por otro, algo a lo que la animaron encarecidamente los papás y mamás de dos. El problema son los términos que se usaron:
[Ella] —Pues, cuando se descuide, lo engaño.
[Él] —Si yo no digo que no lo tengamos, pero cuando este sea un poco mayor.
[Otro padre] —Tío, pues no esperes mucho, que tenéis una edad. Tú sabes, los hombres valemos siempre, pero las mujeres…
Fue su mujer quien le dijo que eso de “valer siempre” quedaba feo. Las chicas le dimos la razón efusivamente, él reformuló y ahí quedó la cosa. Me hubiera encantado que alguien le dijera algo tipo: “Sí, para echar un polvo, algo que saber hacer cualquiera, sí que valéis siempre. Para la crianza, que es lo difícil, no valéis nunca, ni de viejos ni de jóvenes”.
Aquello se podría haber quedado en una pobre elección de palabras si yo no supiera cómo es el que las dijo. Tiene a mi amiga amargada porque no es corresponsable en la crianza de los hijos y las tareas de la casa, cuando los dos trabajan fuera. Qué sorpresa, ¿verdad?

Terminé aquella reunión sinceramente preocupada por mi amiga. Tanto la trayectoria amorosa de su marido como su comportamiento actual indican que, para él, las mujeres son dos cosas: 1) muñecas hinchables, 2) vasijas. Objetos para el placer masculino y criadas para el bienestar masculino. Es durísimo vivir así. Y no, este patán no es exactamente una elección libre que hizo mi amiga, como adulta funcional, y yo tengo que respetar. En la alianza entre patriarcado y capitalismo, la libre elección para una mujer NO EXISTE.
Todas nuestras elecciones están condicionadas por la estructura social o económica, que se ceba especialmente con nosotras. Cada engranaje del sistema trabaja para que cumplas con lo que se espera de ti, con un margen de maniobra escaso (o inexistente si eres pobre).
No paso por alto el comentario de mi otra amiga, la mamá del bebé rollicito, que tampoco estuvo muy acertada con eso de “lo engaño”. No iba en serio, fue un chiste sin gracia. Pero eso está al nivel de aberraciones como el “stealthing” y debería ser delito. Que te lo haga un desconocido ya es repugnante, que te lo haga la persona en la que más confías es descorazonador.
Vengo y cuento esto y parece que me junto con gente que deja que desear, pero, de verdad, me muevo en múltiples círculos y estos pensamientos y comentarios son muy habituales. Da igual la clase social, el nivel de estudios, el sexo-género o el partido al que votes. Todos llevamos un becerro dentro que habría que amaestrar.