Mi experiencia vital me ha dicho que lo que ocurre en tu cuerpo por fuera suele ser un reflejo de lo que te está pasando por dentro. Pensad por ejemplo en cuando hemos vivido una época de estrés y nos sale un brote de acné o se nos cae más el pelo. Con esto no me refiero a que reparando nuestras preocupaciones podamos controlarlo, por supuesto, hay dolencias y situaciones que son mucho más complejas.

Lo que quiero decir es que cuando desoímos nuestras necesidades, nuestro cuerpo se encarga de darnos un toque de atención para que redirijamos el foco al autocuidado. Y funciona. Nos damos cuenta de que algo está yendo mal y nos paramos a remediarlo, a veces no solo de manera superficial, sino también replanteándonos nuestros hábitos.

¿Pero qué ocurre cuando el grito de socorro de nuestro cuerpo se ajusta a los cánones de belleza?

El año pasado adelgacé mucho, no sé deciros cuánto porque hace tiempo que decidí no tener una báscula en casa, pero lo suficiente para que mis pantalones se me caigan y despertar miradas odiosamente indiscretas entre mis conocidos. Por supuesto, esto no sucedió por arte de magia, sino que fue de la mano de un proceso de duelo durísimo. En mayo mi pareja rompió conmigo después de siete años juntos.

Si bien es cierto que a lo último teníamos más roces, yo pensaba que eran cosas que se podían trabajar y la ruptura me pilló totalmente desprevenida. Me destrozó. Por si fuera poco, ese cambio vital fue de la mano de un nuevo trabajo.

Al principio me sentí muy acompañada por mi familia y mis amigos. Me llamaban siempre que tenían un hueco para asegurarse de que estaba bien y me proponían planes para que pudiera distraerme y salir de un bucle mental. Aún así, el shock de tener a alguien a tu lado cada día durante años a no verle ni hablar en absoluto de la noche a la mañana es terrible y se me hizo cuesta arriba.

Me despertaba pensando en él y me acostaba repasando cada pequeño detalle que podríamos haber hecho diferente. El único momento en el que mi cerebro descansaba era durante el trabajo, porque era lo suficientemente novata para tener que estar alerta a las cosas y no poder dejar el piloto automático de la autoflagelación encendido.

No obstante, mis pensamientos comenzaron a invadir también esas horas porque mi cuerpo se encargó de recordármelo. El estrés me generaba pinchazos en el pecho y ardor de estómago, y esto me hacía revivir el motivo de mi sufrimiento. Encontrarme tan mal me arrebató el apetito y comencé a comer menos.

Al principio intenté controlarlo, me forzaba a mí misma a comer cosas más suaves que pudieran sentarme mejor, pero hubo un momento en que dejé de insistir. El trabajo tampoco colaboró en ese sentido, ya que tenía muy poco tiempo para comer y en más de una ocasión me levantaba a mitad por alguna urgencia. Así que me dejé llevar y simplemente cogía cosas que pudiera terminarme en cuatro o cinco bocados.

Nada drena tanto la energía como estar deprimida, así que también empecé a ver menos a mi gente.

Cuando alguna vez lograba hacer frente a mi mente y salir un rato de casa, hacía todo lo posible por fingir que estaba bien y lograr así apagar un rato a mi narradora interna. Soy consciente de que esto hacía muy difícil que se dieran cuenta de que yo estaba mal, pero siempre hay señales. En mi caso fue el peso.

Adelgacé mucho en pocas semanas y eso es algo que no se puede ocultar, por lo que se convirtió en un tema recurrente. Todos coincidían en que era un cambio positivo e incluso llegaron a decirme que a veces una ruptura saca nuestra mejor versión. Cada comentario me dolía como un puñal, no solo porque no veían mi dolor, sino porque hacían parecer que mi cuerpo de antes estuviera mal. Yo no sabía cómo reaccionar, así que simplemente intentaba cambiar de tema.

Puede que no fuera la mejor gestión, pero lo que más me ayudó fue cambiar de entorno. Un día una compañera de trabajo me dijo de tomar algo al terminar el turno y no sé muy bien por qué pero acepté, y eso me salvó. Empezamos a hacer más planes juntas y cada vez mi narradora interna hablaba más bajito. A medida que yo sanaba, mi cuerpo se recuperaba un poco y volvía mi apetito.

Así que, naturalmente, he empezado a engordar otra vez. Ahora veo mucho menos a mi familia y mis amigos, y cuando lo hago, ya nunca opinan sobre mi cuerpo; ni para bien ni para mal. No quiero imaginar cuánta gente habrá sido aplaudida mientras no podía casi ni levantarse de la cama, ni la soledad que habrán sentido en esos momentos.

Amo a mi gente, pero sé que no podré sanar nuestra relación hasta que no abra el melón con ellos: ignorasteis mis gritos de auxilio cuando los lanzaba con más fuerza que nunca.