La lactancia materna es una de los hechos de la maternidad que más me intrigan. Tal vez por ser, junto al parto, lo que más conecta con nuestra naturaleza e instinto, a la vez que me es algo muy ajeno. Por eso escucho detenidamente a mis amigas cuando cuentan sus experiencias dando el pecho, con el mismo asombro y credulidad del niño al que están explicando cómo ha llegado un bebé a la barriga de mamá.

Podría hacer un recopilatorio de perfiles de mujeres en la lactancia a partir de los testimonios que me han ido dando mis amigas.

1. La ahorradora

A ella no le gustaba ni le disgustaba especialmente dar el pecho, no es que fuera una experiencia que estaba deseando de vivir. Tuvo algunos problemas para que la niña se alimentara bien, pero se fue informando en Internet, a través de amigas y preguntando a la pediatra para solucionarlos y seguir con la lactancia. No desistió por dos motivos: porque creía que estaba haciendo lo mejor para su hija y porque la leche de fórmula le parecía demasiado cara. Por entonces, solo había un salario en casa que había que estirar mucho, así que ahorraría en todo lo que pudiera ahorrar.

2. La dolorosa

Una de mis primas sufrió la temida mastitis. Con el pecho inflamadísimo y un dolor de órdago, la lactancia se le hacía tan insoportable que lloraba cada vez que tenía que dar el pecho. La niña comió menos durante unos días y, a la siguiente vez que la pesó, había perdido unos gramos. Más aún lloraba su madre, que se asomaba al moisés llena de culpa y musitaba: «Ay, mi canijita».

3. La vampiresa

Lo intentó porque es lo que más recomiendan las autoridades sanitarias y por querer asumir sus nuevas funciones, pero a ella nunca le llamó la atención la lactancia. Llegó a pedir un sacaleches, pero solo lo usó una vez. Extrajo medio bibi con muchísima incomodidad y, cuando terminó, vio que estaba lleno de sangre. «¿Pero cómo le voy a dar esto a mi hijo?», dijo. Tiró la leche por el fregadero y no volvió a intentarlo.

4. La coqueta

El aspecto del pecho después de la lactancia era un tema preocupante para ella. Le interesaba mucho saber cómo le habían quedado a las demás y qué iba a pasar con sus prótesis, colocadas bastantes años antes de quedarse embarazada. El pecho solo lo dio un par de semanas, y cuando alguien le preguntaba el motivo de la interrupción, siempre contestaba con un enigmático «Tsss… No lo he dado porque no y ya está».

5. La longeva

Ella tuvo libros de lactancia y se informó en foros de Internet, entre otros canales. La percibía como uno de los momentos clave de la maternidad y así fue. Tanto disfrutaban madre e hijo de las sesiones que la mamá la alargó, la alargó y la alargó. El niño tiene 3 añitos y medio y va derecho a la teta en cuanto sale del cole.

La lactancia, una por cada mujer

Veo la lactancia desde una posición neutral porque no la he vivido. No puedo criticar hábitos, pero tampoco los romantizo. A medida que hablan del tema a mi alrededor, una aprende cosas como que el hecho de que vaya un poco de sangre en el bibi no es como para tirar la leche; o que los cambios en la fisionomía del pecho los produce el embarazo, no la lactancia en sí misma. Es posible que muchas decisiones sobre la lactancia estén motivadas por la falta de información, pero la única conclusión que puedo obtener es que hay una decisión por cada mujer, y le pertenece a ella en exclusiva.

Escribo sobre todo esto al hilo de una liada en redes con una madre que decidió desde el primer momento no dar el pecho, entre otros motivos, porque se negaba a ser la única responsable de la alimentación de sus hijos, con todo el impacto que eso conllevaba para su descanso y su salud mental. Priorizó su autocuidado de un modo muy práctico tras haber sufrido una depresión postparto: protegerse a sí misma era un modo de estar bien para poder cuidar a sus bebés.

Supongo que cualquier creadora de contenidos asume que contar sus experiencias en redes va a tener respuesta, pero no se vio venir la peor de ellas. Una psicóloga, desde la otra punta del mundo, la acusó de ser una madre incapaz por no saber poner a sus hijos delante de ella misma, que es la clave de la maternidad. Y siguió: que no tenía madurez ni inteligencia emocional, que era una egoísta y una narcisista, que sus hijos no pidieron nacer y que hay muchos anticonceptivos como para haber usado uno y evitar asumir un rol que no deseaba ni para el que estaba preparada. Todo este diagnóstico y juicio de una PSICÓLOGA en respuesta a un vídeo de unos cuantos minutos.

Esta visión de la maternidad tan tortuosa y anulante se me hace más propia de un campo de concentración que de la vida misma, pero ese tipo de opiniones tan beligerantes y juiciosas me apenan por algo que va más allá. ¿Cómo hemos llegado a creernos que sabemos algo de la vida de los demás, o de sus decisiones, por una simple experiencia sintetizada en un vídeo? ¿Cómo hemos llegado a ejercer ese nivel de beligerancia casi violenta en alusión directa a alguien, que solo contribuyen a seguir polarizándolo todo? Y en esa cumbre del cuestionamiento, vapuleo y escarnio, siempre están las mujeres.