Reproducimos un testimonio que nos llega a [email protected]
Pero me he enamorado. Y sí, estoy casado desde hace 5 años. No me juzguéis… o sí, me lo merezco. Las cosas en mi matrimonio se enfriaron, ninguno de los dos puso ganas en recuperar nada, y en medio están cuatro hijos (tres de ella, que siento más míos que de nadie y uno en común) por los que no voy a separarme.
Ella mi amante, la luz de mis días es la única con la que sonrío cada día, la que me da los orgasmos más bestias de mi vida, pero también la que sostiene con su buen humor la vida que llevo. Una vida que no es mala… pero no es real. Vivo con una mujer a la que no deseo, aunque la respeto, y no paro de pensar en la mujer de la que estoy enamorado.
Ella tiene su vida, entra y sale, conoce gente, deja de conocer… ¿quién soy yo para pedirle exclusividad? O sí, quizá sí, porque en realidad con mi mujer no me acuesto, pero duermo con ella… y sé que eso, a muchas mujeres, os duele más.
Con mi amante no es solo sexo. Ojalá. Pero me he enamorado como un niño.
Me ha aguantado un año. Un año lleno de citas anuladas porque mi mujer me necesitaba para cualquier cosa. Y quizá ha llegado el momento de tener “una cita de verdad” con ella: de explicarle que me espere —aunque nunca me lo haya pedido—, de aclararle que no me acuesto con mi mujer, de darle las explicaciones que merece aunque jamás me las haya exigido.
