Siempre he defendido la diversidad corporal. Siempre he dicho que todas las tallas son válidas, que la belleza no tiene un solo molde y que nadie debería sentirse menos por su cuerpo. He apoyado a mis amigas cuando dudaban de sí mismas, he criticado los estándares irreales de belleza y he defendido que la moda debería adaptarse a los cuerpos y no al revés. De ahí que siga esta página.
Pero cuando fui yo la que engordó, todo cambió.
No fue de la noche a la mañana. Al principio no le di importancia: un par de kilos, ropa que me quedaba más justa, nada grave. Pero con el tiempo me fui dando cuenta de que algo dentro de mí se estaba rompiendo. Me miraba al espejo y no me reconocía. No me gustaban las fotos, evitaba los escaparates y me sentía incómoda en mi propia piel.
Y entonces llegó el golpe de realidad: me sentí hipócrita. ¿Cómo podía defender la diversidad corporal si en cuanto mi cuerpo cambió, yo misma empecé a sentirme mal? ¿Era que en el fondo también tenía interiorizados esos mismos estándares que siempre había criticado?
Lo peor es que me daba vergüenza admitirlo. No quería decir en voz alta que no me gustaba mi cuerpo porque sentía que traicionaba mis propias ideas. Como si aceptar que me incomodaba significara que ya no creía en lo que siempre había defendido.
No tengo una respuesta clara ni una solución mágica. Solo sé que aceptar mi cuerpo es mucho más difícil cuando es el mío el que ha cambiado. Y que una cosa es apoyar la diversidad corporal en los demás y otra, muy distinta, aplicarla cuando te toca a ti.
