Nos han vendido que quedarnos en casa trabajando con un portátil es el Santo Grial de la maternidad moderna. Spoiler: es una trampa mortal. Odio el teletrabajo. Lo odio con todas mis fuerzas y con cada célula de mi cuerpo. Os cuento mi historia porque sé perfectamente que no soy la única atrapada en este bucle de culpa, ojeras y multitarea imposible.
Antes de ser madre, tenía el trabajo de mis sueños. Un empleo absolutamente vocacional, de esos que aceptas por pura devoción. Estaba bien pagado en comparación con la media, pero el precio era altísimo: jornadas infinitas, guardias y turnos impredecibles que cambiaban sin previo aviso y localizaciones que podían cambiar en el mismo día. Sabías a qué hora salías de casa, pero jamás cuándo volverías. Ese trabajo me hacía ridículamente feliz, pero siempre supe que era incompatible con fundar una familia. (Abramos un minimelón aquí: luego se preguntan por qué hay más hombres que mujeres en ciertos sectores. Pues porque nosotras seguimos asumiendo la carga del hogar y los sacrificios estructurales, no hay más).
Sabiendo lo que venía, cuando decidimos buscar un bebé, me puse a estudiar otra vez para cambiar de puesto o de gremio. Estando embarazada (casualidades del destino), me crucé con mi antiguo jefe. Me soltó que estaban desbordados de trabajo, que me echaban muchísimo de menos y si conocía a alguien con un perfil similar de confianza. Le confesé que estaba embarazada y la conversación se quedó ahí.
Meses después, estando ya casi fuera de cuentas y con una barriga descomunal, me llamó. Quedamos a tomar un café y me puso una oferta sobre la mesa, me conoce demasiado bien. No me ofrecía el oro ni el moro, ni la realización profesional absoluta: me vendía «calidad de vida» para mi futura familia. Sueldo por convenio, contrato indefinido, horario de mañanas y la joya de la corona: la libertad absoluta de teletrabajar cuando me diera la gana. ¿El único truco? Tenían un proyecto que debían arrancar justo cuando el bebé cumpliera los tres meses. Le di mil vueltas, lo hablé con mi pareja, con mis padres, con la almohada… Y accedí. ¿Cómo no iba a acceder? Sacrificaba mis sueños profesionales —quiero pensar que de forma temporal—, pero ganaba la estabilidad que mi familia necesitaba. Ahora ellos eran lo primordial.
Llegado el día, pospuse al resto de mi baja de maternidad (con idea de retomarla cuando el proyecto estuviera ya encauzado y en marcha), y la volvió a coger el padre. Volver a la oficina los primeros días para ponerme al día fue duro, pero no os voy a mentir: sentí una alegría tremenda al volver a trabajar y sentirme útil más allá de los pañales. Después, acordamos el plan perfecto: iría uno o dos días presenciales a la semana y el resto teletrabajaría desde casa.
Y aquí, amigas, es donde empezó mi descenso a los infiernos.
Teletrabajar solo me ahorra maquillarme, vestirme bien y conducir. Todo lo demás es infinitamente peor. Necesitas a alguien que cuide del peque sí o sí, porque es inviable hacerlo sola. Pero es que, aun teniendo ayuda en casa, es un sinvivir: que si entran a la habitación, que si el niño llora de fondo y te dan pinchazos en el pecho, que si el «, ¿dónde está la crema?», que si interrupciones constantes… Es imposible concentrarse, no digamos ya tener una reunión…
Pero esperad, que la situación siempre puede ir a peor. El padre terminó su baja y regresó a su empleo. Ahora, mi madre y mi suegra venían a rescatarme los días que voy presencial a la oficina. Pero los días que me toca teletrabajar… me quedo completamente sola ante el peligro con el peque.
¿Quién coño fue el iluminado que pensó que se puede producir frente a un ordenador con un bebé al lado? ¡No tengo ni 15 minutos seguidos de eficiencia! Al final del día la realidad es demoledora: ni avanzo con el trabajo ni le dedico tiempo de calidad a mi hijo. Me siento inútil en el trabajo y la peor madre del planeta.
Así que, cuando por fin llega mi pareja por la tarde, me toca encerrarme a contrarreloj para reponer las horas que no he hecho. ¿Resultado? Me acuesto a las 3 de la mañana trabajando, a las 5 me levanto a dar el biberón zombie perdida y a las 7 de la mañana ya estoy reanudando la jornada laboral con el portátil encendido. Es un ritmo inhumano.
A este agotamiento extremo, sumadle la losa del entorno. Todo el mundo —desde tu pareja y tu familia hasta tus propios compañeros de trabajo— se cree que tienes una suerte tremenda. Te miran con envidia porque «tienes muchas facilidades» y estás en casita.
Desesperada y al borde del colapso mental (estaba pensando renunciar, porque no quería asumir el fracaso del proyecto) , decidí claudicar y buscar una escuela infantil. Teníamos solicitado plaza, pero hasta septiembre nada, por lo que la única opción viable está a 15 kilómetros en dirección contraria. Ahora mismo hago 30 kilómetros diarios solo para dejar al peque, más otros 10 kilómetros para llegar a mi puesto (voy tres/cuatro días al trabajo, no voy todos por que no me llamen imbécil, por el gasoil y por no perder el derecho).
¿Y sabéis qué es lo mejor? Que ahora todo mi entorno me tacha de egoísta y de mala madre por llevar al niño a la guardería «pudiendo tenerlo en casa perfectamente mientras teletrabajo». Se me cae el alma.
Estamos quemadas, exhaustas y profundamente incomprendidas. El teletrabajo nos lo vendieron como la panacea de la conciliación, pero la realidad es que es una trampa que nos obliga a hacer dos jornadas completas a la vez, haciendo mal ambas y sintiendonos mal por ello.
Y esta es solo la primera de las muchas mentiras que nos tragamos. Porque ya que estamos con el cuchillo entre los dientes, podemos abrir el siguiente melón: llenar la agenda de los niños con extraescolares, campamentos de verano y escuelas infantiles durante 14 horas al día tampoco es conciliación. Es, simple y llanamente, aparcar el problema porque el sistema no da para más.
¿También os habéis comido la milonga de que el teletrabajo os iba a salvar la vida y os está destruyendo? ¿Os ha tocado lidiar con la culpa y las críticas de la familia por llevarlos a la guardería? ¡Soltad vuestro veneno en los comentarios, que necesitamos desahogarnos juntas!